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La Habana para un Cabrera difunto

Claudio Leal/Terra Magazine
La Habana se volvería el personaje permanente del escritor Guillermo Cabrera Infante en el exilio.

Claudio Leal
La Habana, Cuba

¿Guillermo Cabrera Infante? El librero de la Plaza de Armas, en el centro de La Habana, mueve la cabeza nervioso, con los ojos chispeantes: "No. Entienda: Esos autores no se publican en Cuba...". ¿Pedro Juan Gutiérrez? "Ese tampoco. Está fuera", y el sexagenario y sagaz vendedor entreabre una sonrisa. Confrontado con la permanencia de Gutiérrez en la capital cubana, completa el argumento. "Él es un disidente, piensa diferente del gobierno, usted no lo encuentra en las librerías. Ni aquí, vea".

Lo que hay en la cuadrangular feria de libros es un mar tranquilo de Che Guevara, Fidel Castro, revolución y Ernest Hemingway, además de los toques de santería y mitología. Dos de los más electrizantes autores cubanos contemporáneos están fuera de los anaqueles. Con un detector de malicia, el librero sigue: "Aunque Cabrera, después de muerto... Todavía se encuentra, pero es difícil. Tengo otro aquí, preste atención: Leonardo Padura Fuentes". Ofrece el libro Adiós Hemingway & La cola de la Serpiente. "Mire, son narrativas policiacas, pero solamente en la superficie. ¿Notó? Van más allá, van más allá...", insinúa.

Los pensamientos menos reglados todavía piden a Cabrera Infante, rememoran sus dentelladas históricas en la yugular de los revolucionarios de 1959. Se siente la evocación del poeta Federico García Lorca, en la puerta del Hotel Inglaterra, paralizado con la lluvia caribeña y las "cataratas del cielo".

Cabrera: el calor de sus libelos, los juegos verbales, el manejo irónico de los sustantivos. El exiliado y sus obsesiones. El autor de Tres tristes tigres, Mea Cuba y La Habana para un Infante Difunto, sepultado en el exilio en Londres, en 2005, sigue contorciéndose en la narrativa que venga una ciudad perdida, arruinada y vaciada en sus 40 años de ausencia. Difunta desde que partió de Cuba, definitivamente, en 1965. Vino a enterrar a la madre y a renunciar a las funciones diplomáticas en Europa. Terminó preso. La última prisión.

La Habana debe purgar

Revolucionario de primera hora, rompió con Fidel Castro después de los primeros gestos de censura a la creación artística. Un cerco a la libertad de pensamiento que su rival Gabriel García Márquez calificó, en un reportaje de 1975, como una "valorización desmedida" de la importancia del artista en el mundo. Una condescendencia fantástica con el régimen cubano, merecedora de zapatazos de Cabrera, que detectó en el Nobel colombiano, el "candor que se confunde con cinismo".

En el exilio, La Habana se volvería su personaje permanente, tanto en el periodismo como en la ficción. Denunció el discurso de enaltecimiento de los campesinos, que justificaba el desprecio a la ciudad voluptuosa y prepotente de los cabarés. La Habana debería probar el purgatorio.

Actualmente, el Centro Histórico pasa por un proceso de restauración, financiado por capital español y coordinado por el historiador Eusebio Leal, reconocido como hombre actuante en la defensa del patrimonio habanero. Cuando falta dinero para reformar una casona, recurre a puntales de maderas que preservan los esqueletos de las ruinas.

A pesar de las inversiones, La Habana Vieja sigue reuniendo todas las contradicciones cubanas. De la segregación turística a la diferencia radical entre el estado de palacetes de calles contiguas. Al lado de la bellísima calle Obispo, sobreviven colmenas con sus cableados eléctricos cruzados y expuestos.

Alma en el tendedero

"La Habana era una reducción poética de Cuba, una metáfora. Nerón incendió Roma para reconstruirla. Castro, casi César, transformó La Habana en una ruina que ahora restaura. El proyecto de Nerón era grandioso; los propósitos de Castro, miserables", fusiló Cabrera Infante en 1988, en un ataque considerado injusto por revolucionarios activos.

Para Cabrera, el bloqueo económico y la penuria del País agravaron una indiferencia. "Castro no debía odiar La Habana como Guevara la odiaba, pero las necesidades creadas por su gobierno y el oportunismo con que se resolvieron estos problemas fueron más visibles en La Habana". Eso no representó la pérdida del alma. La pobreza de los ocupantes de las colmenas esconde capas subcutáneas de pillería y dulzura.

Los habitantes de la ciudad vieja exponen sus tendederos en las ventanas de las calles, no exactamente como hacen los portugueses de Alfama, en Lisboa. Aquí hay un trazo cubano en la miseria de los paños rotos y simples, casi sin adornos y en las rejas herrumbradas. ¿Lo idéntico? La libertad de entregar las ropas íntimas a las miradas de los vecinos.

"Una ciudad enferma de la columna", la definió alguna vez el novelista Alejo Carpentier, también blanco de dardos del inquieto Infante. La Habana, al amanecer, recuerda una ciudad devastada por guerras interminables. Enferma de la columna. El sol caribeño forma un panel conmovedor de siluetas arquitectónicas carcomidas. Las terrazas tienen la monotonía de paredes descascaradas y de antenas de televisión torcidas.

Cerdo y salsa

Calle Consulado, 22 de diciembre. La alegría puede irrumpir en los quehaceres alimenticios. Tres hombres tiran un cerdo sobre una mesa de madera, cerca de un barril con agua hirviente. Grande, el animal está muerto, con cortes a lo largo del cuerpo. Los niños festejan el rito. Los cocineros tiran jarros con agua caliente sobre la piel del cerdo, para quemar los gérmenes. Allí mismo lo cortan y lo cocinan.

En otra calle de la vieja La Habana se puede ver la cabeza porcina entre las burbujas. Felices con el plato de fin de año, los dueños de la casa bailan una salsa en la vía pública y llaman a los peatones para bailar. El sol todavía garantiza el brillo del sacrificio.

La oscuridad se extiende del centro histórico al resto de la capital. Postes vacilantes orientan, parcamente, a los conductores. No todos creen en el racionamiento de energía. "La Revolución mantiene la ciudad oscura para probar que no hay ninguna relación entre seguridad y luminosidad", ironiza un periodista.

A pesar de las luces esparcidas, la incidencia de robos es pequeña, pero no tan ínfima como se supone, según relatos de comerciantes. Los turistas deben agarrar con firmeza sus cámaras fotográficas.

Otros pecados son camuflados por el gobierno. En la noche de Navidad de 2008, como si el espíritu de Cabrera Infante caminara por el Paseo del Prado, rumbo a la calle Zulueta, La Habana deja fluctuar las percepciones que driblan el discurso revolucionario. Raros vestigios de catolicismo en los tímidos adornos de las tiendas, en la calle Neptuno. Parejas pobres miran las vidrieras de electrodomésticos, beben en movimiento.

Y en el paseo, la chica

Con una ropa decente y un sombrero rijo, el habanero les ofrece a los extranjeros "cajas de puros" más baratas, por 30 pesos. Sin éxito en la venta de puros, presenta su casa como residencia temporaria. Quince pesos. El fracaso inhibe propuestas altas y abre camino para un pedido más modesto: "Páguele un mojito a su hermano pobre."

Incluso la canción que sale de las casas pobres, donde la Navidad se vacía de los remordimientos cristianos y se transforma en un paso de bolero, asume un tono melancólico en la desnudez de las calzadas. "El 25 de diciembre no tiene más sentido para nosotros. Mi generación, que tiene 30 años, fue formada por el gobierno revolucionario. Tuve una educación atea. Hoy, me voy a casa a dormir", relata un joven taxista pasar por el Malecón.

"Ahora los lacónicos viven en ella y La Habana se volvió una ciudad fantasma para turistas torpes", revuelven las palabras del difunto Cabrera Infante. Escenas de prostitución masculina y femenina se presentan a los ojos ateos.

En los bares, las mujeres pueden venderse por un trago. Pero es otra la prostitución que se ve en ese infierno navideño, bajo una arcada al margen del Paseo del Prado. El proxeneta cruza la calle. Traje apretado, gordito, aborda a los turistas, sin rodeos: "¿Quiere esta chica?". Enmarcada en tirabuzones castaños, en un cándido vestido de algodón puro, la muchacha negra desvía la mirada, delgada y lacónica como la propia La Habana.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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