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AFP
Antiguo guerrillero tupamaro, José Mujica es una de las cartas presidenciales de la izquierda uruguaya.
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Aunque aún falta poco más de un año para las próximas elecciones nacionales, en Uruguay ya se sienten ruidos de urnas, o de candidaturas. Teniendo en cuenta que, por primera vez en su historia, la izquierda accedió en marzo de 2005 al gobierno, la pregunta que se formulan expertos y ciudadanos es si la administración del Frente Amplio terminará repitiendo, en octubre de 2009, los resultados de las últimas elecciones o si habrá sido una experiencia efímera al cabo de la cual retornarán los partidos tradicionales que estuvieron en el poder durante casi toda la vida independiente de este país.
Como ocurre en casi todo el mundo, también aquí los partidos políticos (cualquiera sea su filiación ideológica, si es que la tienen) están convencidos de que el candidato presidencial es la carta de triunfo. La personalización de la política ha llegado a tal extremo que las controversias en el seno de los partidos giran, básicamente, en torno a si la figura A atraerá más votos que la figura B. La izquierda siempre fue tributaria de una tradición política diferente, pero todo indica que en los últimos años también se ha abrazado a la "certeza" de que no hay mejor apuesta electoral que un candidato con carisma y capacidad de seducción.
Descartadas las escasas figuras emergentes, la disputa en el seno del Frente Amplio parece acotada al ministro de Economía, Danilo Astori, y el ex ministro y ex guerrillero José Mujica.
Astori es hoy sinónimo de estabilidad económica, respetabilidad, seriedad y confianza de los mercados. Representa, por decirlo con los términos convencionales, la moderación y la previsibilidad. Mujica no tiene (o al menos no ha expuesto en la arena pública) grandes diferencias con Astori. Es más, mientras fue ministro de Ganadería y Agricultura, apoyó sin reparos la política económica del gobierno. No hay nada en las siempre confusas y contradictorias propuestas de Mujica que sugiera que está inclinado a posturas ultraizquierdistas o experimentos estatistas. La aclaración viene a cuento porque los disconformes con la política ortodoxa del gobierno frenteamplista han echado a rodar el cuento de que esa política fue concebida e implementada por Astori en oposición a la voluntad y las propuestas del resto de la izquierda. El relato es insostenible porque, empezando por el presidente Tabaré Vázquez, y siguiendo por los grupos más importantes del Frente Amplio, todos, absolutamente todos, han apoyado la política económica implementada por el gobierno.
Hay, sin embargo, un aspecto de la trayectoria de José Mujica que no casa bien con su actual moderación, en el fondo nada diferente a la de Astori: su pasado de guerrillero tupamaro. Una mancha de su curriculum que politólogos y estrategas juzgan riesgosa para la izquierda en los momentos culminantes de la campaña.
Entendámonos: Mujica y Astori no representan nada diametralmente opuesto en política. Apenas tienen diferentes personalidades y estilos. Puede decirse incluso que Mujica no es más que un estilo: sus actuales ideas, u ocurrencias más bien, no han hecho época en la política uruguaya... pero han permitido que su organización (el Movimiento de Participación Popular) obtuviera 30% de los votos del Frente Amplio en las últimas elecciones, contra algo menos de 20% del grupo de Astori (Asamblea Uruguay). El estilo campechano y el discurso coloquial de Mujica deleitan a un sector del electorado. El asunto es que ahora ya no se trata de que Mujica encabece la lista de su sector al Senado, sino de la eventualidad de que encabece la fórmula presidencial del Frente Amplio. Y su sector, con uno de cada tres votantes de la izquierda, tiene la llave de esa candidatura.
Ya hace demasiado tiempo que las elecciones las decide una porción relativamente pequeña del electorado. La gran mayoría de los votantes tiene decidido su voto mucho tiempo antes incluso de que se inicien las campañas electorales. Se trata del electorado más desideologizado y para conquistar sus favores los partidos políticos deben evitar a cualquier costo los excesos de izquierdismo o el conservadurismo desmesurado. Por eso no debería extrañar que los discursos de los partidos políticos en tiempos electorales se parezcan cada vez más y sus pretendidas diferencias remitan a aspectos menores, casi de detalle.
Para este enfoque, el gran activo de un candidato es su imagen centrista y su mayor atributo la capacidad de no decir nada que irrite a ese desconocido y despolitizado porcentaje de los electores que tiene la llave del acceso al gobierno. Si el sentido común no está equivocado (algo que no hay que descartar) Mujica no sería el as de triunfo del Frente Amplio. Es una cuestión de imagen, no de ideario. Así son las cosas de la política en esta era liviana.
Por ende, si al momento de elegir al candidato de la izquierda, las encuestas indican que la elección será reñida, aumentarán las presiones para que Astori sea el candidato presidencial. En caso contrario, crecerán las posibilidades de Mujica o incluso las de un tercer o cuarto pretendiente que aún no se avizoran.
En este contexto, no debería extrañar que haya más de un interesado en destacar convenientemente las amenazas que se interponen en el camino de un segundo gobierno de izquierda. En primer lugar, la oposición es la que repite un día sí y otro también que la reforma impositiva implementada por el gobierno y (cuándo no) la inseguridad pública serán algo así como los enterradores de la administración de izquierda y que los sondeos ya anuncian el descalabro del gobierno presidido por Tabaré Vázquez. Llevar agua a ese molino es lo suyo. La oposición conservadora ha encontrado un inesperado aliado a la hora de exagerar sus posibilidades de triunfo: los sectores del gobierno y del Frente Amplio que quieren que el ministro Astori sea el candidato presidencial, entre ellos el propio presidente Vázquez, quien ya ha dejado atrás sus disputas con él y lo considera públicamente su delfín y sucesor.
Las encuestas, no obstante, indican que el Frente Amplio recibe una intención de voto de alrededor del 40% (con casi 20% de indecisos). No parece un porcentaje despreciable para un partido que hace más de tres años que está en el poder. En todo caso, esas intenciones de voto no son inferiores a las que tenía esa misma izquierda un año antes de las elecciones de 2004, que ganó por mayoría absoluta.
La Constitución uruguaya prescribe la realización de elecciones internas de los partidos para elegir a su candidato presidencial. Ello debería ocurrir en mayo del año próximo. Sin embargo, existe una tradición dentro de la izquierda: llegar a esa instancia con el candidato consensuado entre todos los partidos y realizar las elecciones únicamente para cumplir con el trámite legal exigido. Continuar con esa tradición parece ser la apuesta de quienes quieren que Astori sea el candidato. Pero la labor persuasiva de éstos se enfrenta a un obstáculo que hasta ahora parece difícil de remontar: la mayoría del Frente Amplio no quiere a Astori de candidato y llegar a una elección interna sin consenso previo puede depararles la sorpresa de que Mujica (o cualquier otro) sea el elegido.
Así, el dilema al que se enfrenta la cúpula de la izquierda más adicta a Tabaré Vázquez consiste en marchar a la elección abierta que manda la Constitución o convencer a los votantes de que, sin Astori a la cabeza de la fórmula presidencial, el Frente puede perder las elecciones y montar unos comicios internos de puro trámite.
Parece una contradicción que una cultura política que siempre sostuvo que la última palabra la debían tener los ciudadanos muestre ahora reparos en dejar en manos de esos ciudadanos la elección de su candidato. Siempre se puede alegar que los votantes desconocen los entresijos de la política y que, por tanto, pueden elegir mal. Por cierto que esa posibilidad existe, pero ¿la democracia no consiste acaso en dejar abierta esa posibilidad en lugar de encomendarle la tarea a un comité de sabios?
Terra Magazine
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