
|
Cortesía
La cascada de Olafur Eliasson montada en la Isla del Governador.
|
Naief Yehya
Nueva York, Estados Unidos
Últimamente se ha vuelto a poner de moda imaginar lo que será del mundo sin la humanidad. En buena medida esto se debe a la creciente e innegable evidencia de un vertiginoso calentamiento global, que amenaza precipitar las condiciones para nuestra extinción, así como al hecho de llevar casi siete años sumergidos en atroces guerras sin fin. La ansiedad apocalíptica está presente en la cultura popular, tanto en el incremento de religiosidad en diferentes partes del planeta, el renovado auge de fundamentalismos y una explosión de series televisivas en las que se exploran las maneras en que seremos borrados de la superficie de la tierra, y otras que especulan sobre los posibles escenarios de lo que será del planeta una vez que no estemos aquí para seguirlo destruyendo. A esto podemos añadir filmes como la reciente, I am Legend (Francis Lawrence, 2007), en la que una epidemia viral aniquila a la mayoría de la humanidad y Manhattan queda poblada únicamente por el doctor Neville (Will Smith). En un mundo sin futuro, una urbe desértica como el Nueva York de Neville, los objetos y las construcciones adquieren nuevos usos; podemos imaginar la aparición animales salvajes en Times Square, de montañas en el Bronx, géisers en Staten Island o cascadas en el río East.
El mundo sin humanos es imaginado en estas representaciones como el eco de un pasado idílico, que se presenta como algo a la vez atractivo y repulsivo. Mientras estas series televisivas se valen de efectos especiales digitales para representar el colapso de nuestras construcciones, el artista danés-islandés, Olafur Eliasson, ha erigido una geografía ficción que comprende cuatro gigantescas cascadas en el río Este, neoyorquino que, como escribe la crítica de arte, Roberta Smith, se presentan como "reliquias de un edén primigenio". Sin embargo, esta evocación orográfica-fluvial, que puede verse como una parodia, fue creada mediante un complicado sistema de bombas y tubos, y no se quiere nostálgica, por el contrario podemos verla como producto de la ilusión mecanicista de transformar el mundo mediante la tecnología. De hecho al ver las cascadas es imposible no pensar en los andamiajes y las gigantescas grúas que han infestado esta ciudad en perpetua remodelación, reconstrucción y cambio.
Las cascadas de la ciudad de Nueva York es un proyecto gigantesco y ambicioso, que tuvo un costo de más de 15 millones de dólares (conseguidos por el Fondo de Arte Público y una variedad de organizaciones e individuos). Se trata de cuatro estructuras metálicas de entre 30 y 37 metros de altura y 24 de ancho erigidas en las orillas de Manhattan, Brooklyn y la isla del Gobernador, que funcionan como fuentes, al recircular el agua del río para luego dejarla caer en una impresionante cortina, que por momentos permite imaginar que una selva ausente o invisible rodea a la aglomeración urbana. Las estructuras son auténticos edificios de tubos y plomería que, aislados, parecen enormes torres, pero en contraste con la ciudad y sus puentes, se ven relativamente pequeños, como construcciones industriales de uso inexplicable, gigantes abandonados pero que obstinadamente siguen circulando agua día y noche sin sentido.
Por sus dimensiones las cascadas recuerdan, obviamente, a las controvertidas Puertas de Central Park (2005), del artista Christo, y así mismo vienen a heredar y a transplantar, de sus usuales localidades remotas, la tradición del earth art o land art, de las décadas de los '60 y '70, es decir obras como las de Walter De Maria, Robert Smithson, Jan Dibbets, Hans Haacke, Michael Heizer, Neil Jenney, Richard Long, David Medalla, Robert Morris y Dennis Oppenheim entre otros.
Esta instalación es la obra más espectacular que se exhibe en esta ciudad de Eliasson, un artista que ha ingresado al grupo de megaestrellas internacionales de las artes como Jeff Koons, Cai Guo-Qiang, Mariko Mori o el propio Christo, entre otros, capaces de llevar a cabo producciones públicas inmensas, y de tener grandes exposiciones simultáneas en los principales museos o instituciones culturales, como las que Eliasson (a los 31 años) tuvo en el Museo de arte moderno y el museo PS 1, ambas de Nueva York.
Una de las cascadas está localizada exactamente al pie del puente de Brooklyn, con lo cual al verse desde enfrente parece como si el agua saliera propiamente de esa estructura, de manera que el puente se convierte en un monumental y lúdico acueducto. Mientras tanto, la cascada de la isla del Gobernador destaca por sus proporciones al compararse con los edificios localizados a su alrededor. De tal manera el artista establece un juego entre elementos que ha explorado en otras de sus obras monumentales: naturaleza, cultura, comunidad, contexto y especialmente luz. El efecto que producen las fuentes es muy distinto de día que de noche. Si bien de día las cascadas pueden ser objeto de controversia: feos mastodontes mojados de acero, o juguetonas maravillas hidráulicas; en la oscuridad, y con el ruido nocturno de la ciudad, las cascadas adquieren una fascinante característica sedativa muy necesaria en un tiempo como éste, de depresión económica, en que el barril de petróleo vale cerca de 140 dólares, en que una crisis de bienes raíces ha dejado a cientos de miles en la calle, en que las naciones poderosas defienden el uso de la tortura y en que tememos que la paranoia y el terror creado por la administración Bush hagan realidad la fantasía de un mundo sin humanidad.
Terra Magazine