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Perú y el fantasma de la homofobia

AFP
El arzobispo de Lima, cardenal Juan Luis Cipriani (izq.), saludando en 1997 al hoy tristemente mediático y entonces presidente Alberto Fujimori. Para el primero, "los homosexuales no están en los planes de Dios".

Beto Ortiz
Lima, Perú

Colgado en la pared del hospital del cáncer en Lima, el enfático letrero que enumeraba los "tipos" de persona que debían abstenerse de donar sangre parecía, más bien, el infamante listado de los vicios más nefandos de la humanidad: Abstenerse alcohólicos. Abstenerse drogadictos. Abstenerse homosexuales.

Me quedé, la verdad, con un palmo de narices, (que no sé lo que es, pero suena expresivo). Había llegado hasta allí precisamente para obsequiarle unos buenos mililitros de mi sangre plebeya a una gran amiga que había sido internada de emergencia por un repentino cuadro de leucemia. Cualquiera que haya sido marginado alguna vez en su vida podrá imaginarse cómo me sentí: ¿se me estaba prohibiendo ayudar a un ser querido en nombre de un prejuicio moralista? Ah, pero claro, por supuesto. Y habiendo salido del clóset públicamente hace ya buen rato, ni siquiera me quedaba la posibilidad que la mayoría tiene: mentir descaradamente y donar nomás, y que, en vez de discriminar, se tomen ellos la molestia de hacer el despistaje, que para eso se les paga. No hay que haber estudiado medicina para sospechar en qué se basan: nos asumen, a priori, como apestados, suponen que todos los gays del universo somos sidosos mientras no se demuestre lo contrario.

Por respeto a la inteligencia ajena, no me detendré a lidiar con semejante coprolito, mucho menos ahora, cuando cualquier sinsentido parece posible en un país en el que, apenas dos semanas atrás, un hospital público aplicó sangre infectada de VIH a una pobre mujer (Judith Rivera, 44 años, heterosexual) que fue fotografiada luego, al infinito, recibiendo contritas disculpas del mismísimo presidente de la República que, más tarde, le obsequiaría una casa en son de desagravio.

¿Cuál es la lógica de declarar a los homosexuales inelegibles en todos los bancos de sangre del país si todas las muestras -se supone- son sometidas primero a una prueba de Elisa? Ninguna. Es un completo absurdo, claro, pero en el Perú las cosas que no lo son ya constituyen minoría. No es que uno se quiera poner pesado en su plancito militante, pero lo cierto es que cada día se extiende más la lista de los derechos que los gays peruanos (o los peruanos gay) no tenemos: no podemos casarnos, no podemos adoptar niños, no podemos integrar las Fuerzas Armadas y ahora resulta que ni siquiera podemos donar sangre para un amigo enfermo.

"No sé de qué te quejas -me amonesta un amigo peruano que vive en Nueva York- si tú aquí no podrías ser abiertamente gay y tener un programa propio en televisión donde salir a opinar sobre política, religión, cultura y todos los temas que te plazcan. Aquí a los gays sólo los dejan salir en la tele para hablar en joda, para hacer reír; pero, en el fondo, nadie los toma en serio." Puede que tenga razón. Quizás no tenga nada de qué quejarme: hace unos meses, el alcalde de uno de los distritos clasemedieros de Lima desplegó una agresiva campaña pro "decencia" que tuvo entre sus metas clausurar las así llamadas discotecas "de ambiente". Hubo ciertas marchas de protesta en las que flamearon, claro, algunas banderas de arco iris y, aunque dejé de ser animal de pista de baile hace buen rato, esta vez decidí -no sé por qué- participar y acudí llevando a un joven amigo de la mano. Sabiendo perfectamente en qué me metía, fui preparado a que me lanzaran de todo: mofas, silbidos, cáscaras, escupitajos. Pero, para mi sorpresa, nadie se atrevió a decir ni mu. Desfilé varias cuadras tomado de la mano con otro hombre y la gente "normal" que nos vio pasar se limitó a sonreír o a menear la cabeza con una especie de incrédula simpatía.

¿Es el Perú un país homofóbico? Pienso que no cuando constato, entre los jóvenes, el unánime rechazo que generan las declaraciones del arzobispo de Lima, el cardenal Juan Luis Cipriani (del Opus Dei), quien, durante una homilía en la Catedral de Lima, dijo, todito amor y misericordia, que "los homosexuales son mercadería averiada y no están dentro de los planes de Dios." Pienso que sí, en cambio, cuando un estadio entero le grita "¡maricón, maricón!" al varonil crack "Chiquito" Flores, célebre portero del Cienciano, uno de los equipos de fútbol más populares del Perú, días después de que las cámaras de un programa de farándula lo sorprendieran prodigándose en unos escarceos de lo más audaces con un risueño amigo. Con la moral en el suelo, el pobre "Chiquito" recibió esa tarde aciaga una salvaje ráfaga de goles y, en el partido siguiente, la emprendió a patadas contra un recoge-bolas y terminó arrestado por la policía, luego de lo cual su club creyó de suma urgencia contratar los servicios de un psicólogo que, al parecer, le ha recomendado salir al frente a restaurar su vulnerada hombría, pues el morocho no se cansa de repetir a los cuatro vientos: "soy varón", "me encantan las mujeres" y "soy un caballero", como si alguna de esas tres características resultara incompatible con la innegable ternura unisex de la que, con tanta naturalidad, supo hacer gala ante toda la teleaudiencia nacional.

Creo que el Perú no es homofóbico porque le dio un sonoro NO al amigo de Hugo Chávez, el ex candidato presidencial nacionalista Ollanta Humala, cuyos trasnochados progenitores no tartamudeaban nadita al afirmar que todos los homosexuales, sin excepción, serían fusilados en las plazas públicas si su dulce retoño llegaba al poder. Pero temo que sí lo es cuando esta mañana leo al controvertido Agustín Mantilla, ministro del Interior del primer gobierno de Alan García, desplegar extemporáneos esfuerzos por acallar antiquísimos rumores sobre su sexualidad, declarando, a grandes titulares: "No soy gay ni asesino". ¿Qué tendrá que ver una cosa con la otra, por el amor de Dios? ¿No protestarían ustedes acaso si yo dijera "no soy heterosexual ni asesino"? Flaco favor se hace a sí mismo el sexagenario Mantilla metiendo en el mismo saco la "leyenda negra" de su poca o mucha virilidad -que, a estas alturas, a nadie importa- con las acusaciones que, más de una década atrás, lo sindicaban como el creador del "Comando Rodrigo Franco", un criminal escuadrón de paramilitares.

Pero si algo vuelve a convencerme de que no vivo en un país homofóbico es el hecho de que, una vez más, mis compatriotas hayan votado, mayoritariamente, por el Apra, legendario partido cuyo insigne fundador, Víctor Raúl Haya de la Torre -uno de los más preclaros intelectuales de su tiempo- fue, durante su ejemplar y vibrante vida, permanente blanco de absolutamente todas las injurias homofóbicas imaginables pues sus feroces enemigos políticos no se cansaron nunca -ni siquiera después de su muerte- de hacer escarnio de una identidad sexual envuelta, para siempre, en el conveniente velo del misterio, jamás verificada ni desmentida del todo.

En enero del 2001, en la primera entrevista que concedía a un medio peruano tras una década de exilio, Alan García, entonces perseguido por Fujimori y asilado político en Bogotá, no pudo ocultarme su sorpresa cuando me escuchó formular, a boca de jarro, una pregunta que debió haber estado temiendo mucho tiempo: ¿Victor Raúl Haya de la Torre era homosexual? Su impecable respuesta de entonces -me parece- tendría, en nuestro país de hoy, el enorme poder de propiciar tremendo cambio en la manera en que (todavía) nos miran. Si se atreviera a repetirla ahora, siendo presidente, claro, que mucho lo dudo, aunque cuánto me gustaría equivocarme. Lo que me respondió entonces fue casi un manifiesto de tolerancia. Esto fue, cito textualmente, lo que me dijo:

"¿Quiere que sea sincero? Si hace 20 anos usted me hubiera hecho esa pregunta sí me hubiera horrorizado, pero le voy a contar algo: hace poco tiempo yo estaba en Paris y tuve la oportunidad de ver algo que se llama el Euro Pride, que es el desfile de los homosexuales. Cien mil homosexuales desfilando por las calles de Paris. Y yo estaba allí observando como un peruanito curioso. Desfilaban delegaciones de 300 doctores homosexuales, jubilados homosexuales, todos con gran seriedad. Entonces, me dije: 'Oye, Alan García, ¿no serás un poco salvaje? Tú que te crees tan democrata y tan liberal, ¿no será que este es un movimiento social importantísimo? Lo que más me conmovió fue que, en medio de la marcha, aparecieran los ministros de estado de Francia que no eran homosexuales pero que entendían que se trataba de un movimiento social de reivindicación histórica. Me sentí pequeño, conmovido y un poco bárbaro. Por eso le digo que si hace 20 años, usted me hubiera dicho eso, hubiéramos salido peleando. Pero yo viví al lado de Haya de la Torre, mi padre vivió al lado de Haya de la Torre. Fue el hombre más inteligente y más extraordinario que ha dado nuestra patria. Nosotros jamás vimos un indicio de nada. Lo que si sentí es que si usted era un muchacho inteligente que se proyectaba como líder, el sabía que si mañana usted se casaba y tenía tres hijos, la vida se lo iba a llevar y usted se iba a poner a trabajar para darle de comer a su familia y se iba a olvidar de la política. Tenía un misoginismo. Por eso cuando yo me casé en el 73, lo guardé en secreto, porque sabía que, si se enteraba, Víctor Raúl iba a decir: '¿Cómo? ¿El hijo de Carlos García ya se casó? ¿Tan joven? Ahora se va a ir a tener diez hijos'. Yo nunca lo ví, pero siempre lo acusaron de eso, que no es una acusación, finalmente".

Beto Ortiz es escritor y periodista peruano. Conocida figura de la TV peruana, ha conducido y dirigido polémicos programas televisivos. Su columna Pandemonio -que aparece desde 1995- es una de las más leídas en el diario Perú 21. Es autor de libros de ficción y de crónicas. Entre 2004 y 2006 vivió como asilado político en los Estados Unidos.

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