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Paola Ugaz/Terra Magazine
Parte del templo de San Clemente que sobrevivió al sismo.
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Terra Perú / Paola Ugaz
Enviada especial a Pisco, Perú
Desde su cama, en una clínica limeña, José Emilio Torres Motta recuerda cómo los feligreses se levantaron de sus sillas y comenzaron a caminar hacia el frente de la iglesia. Querían saludar a la familia del señor Espino, quien cumplía su primer mes de muerto.
Este sacerdote de 48 años había terminado la misa de difuntos que realiza cada mes en el templo San Clemente de Pisco, cuando comenzó el terremoto más largo del que tenga registro Perú: tres minutos y medio de angustia que han dejado unos 500 muertos y más de 1.500 heridos.
Al comienzo, les pidió a los asistentes guardar la calma. "Fue lo último que dije porque se fue la luz y empezó el movimiento. Lo único a lo que atiné fue a dirigirme a una columna y pegarme a ella lo más posible. Ahí cayó el techo y lo sentí en mi espalda, y tragué polvo, sentía que me asfixiaba", comenta.
Siempre estuvo consciente y pudo salir después del colapso del templo junto a otras personas. Si los medios de comunicación dieron la noticia de su rescate dos días después, fue porque una enfermera le pidió que se atendiera las heridas y los golpes que había sufrido. Muchos pensaron que acababa de ser rescatado.
Con golpes en varias partes del cuerpo, una fractura en el brazo izquierdo y un corte en la cabeza que cicatriza de manera satisfactoria, el religioso contó a Terra Magazine los momentos que vivió junto a unos 300 asistentes a su iglesia, la misma de la que sólo quedan algunas paredes de la fachada, el santísimo y la imagen de un Cristo crucificado.
Hasta el lunes pasado, habían sido recuperados 133 cadáveres del interior de su templo.
Terra Magazine: ¿Qué pasó el miércoles 18 durante el terremoto?
Torres Motta: A diario, tenemos tres misas en la Iglesia San Clemente de Pisco y a mí me toca celebrar la de las seis de la tarde. Ese día, el templo estaba especialmente lleno porque era la misa del mes de muerto del señor Espino, un hombre muy respetado en la localidad.
Es normal, cuando hay una misa de difuntos, que al final los asistentes vayan adelante a saludar a los familiares, como ocurrió el miércoles pasado. Cuando acabó la misa y la gente se empezó a mover de sus sitios, se escuchó el rugido que anunció el primer movimiento (telúrico). Entonces les pedí a todos que se calmaran. Cuando llegó el segundo movimiento, se fue la luz y lo único a lo que atiné fue a abrazar una de las columnas que tenía a mi izquierda. Sabía que mi posición era endeble, porque sentía que se me venía algo encima. Cayó a mis espaldas parte de la cúpula de la iglesia y uno de los carrizos del techo me hizo una herida en la cabeza.
Cayó una nube de polvo que terminé tragando. Ahí me dije "mis días están acabándose" e inicié la ceremonia para prepararme "al buen morir": pedí perdón a Dios y pensé en mis padres. Pero luego me arrepentí de esos pensamientos y reparé en que Dios quiere la vida, así que en el segundo movimiento me decidí a no darme por vencido. Se movió la columna a la que estaba abrazado y por un momento sentí mis pies en el aire.
Caí sobre los escombros de nuevo y me di cuenta de que tenía atorado el pie izquierdo en unos adobes. Luego, escuché una voz que me decía "padre, padre, por aquí". Era la voz de una mujer, y salimos con mucho cuidado por la puerta lateral derecha más cercana al altar. Al salir, escuchamos voces que nos decían: "¡estamos vivos, ayúdennos!". Los quisimos levantar pero no pudimos. Entonces les prometimos que traeríamos ayuda.
Terra Magazine: ¿Es falso que haya estado dos días bajo los escombros?
Torres Motta: Sí. Pienso que los medios buscan crear esperanzas entre la gente, entonces apareció esa historia cuando fui por vez primera a un hospital de campaña en la plaza para tratarme el brazo roto y la cabeza.
La primera noche la pasé en la plaza con la gente, esperando que salieran sus seres queridos de la iglesia. Sin que nos importe la oscuridad ni que no nos conocíamos: estábamos unidos por una misma desgracia. Ahí me di cuenta de que tenía mi ropa sacerdotal ensangrentada.
Me mandaron al hospital San Juan de Dios, donde dejé de sangrar y me di cuenta de que estaba bien. Me puse a ayudar en el hospital, donde vi morir a diez personas, que habían sido rescatadas de los derrumbes por sus familiares. Les di la extremaunción a todos y palabras de aliento a los familiares. Después regresé a la plaza y me quedé armando las brigadas de rescate para los cuerpos del templo, todo en medio de la oscuridad.
En el hospital, una pareja de pisqueños muy jóvenes me preguntó por qué Dios permitía que muera su niño en el terremoto. Les dije que Él permitió que estuvieran vivos en realidad, y que el terremoto es un fenómeno natural. Dios alienta la vida, no quiere la muerte de sus hijos. Debemos agradecer por estar vivos y pedirle que nos haga fuertes para seguir adelante ante la adversidad.
Luego una enfermera de las comunidades que atiendo me encontró en la plaza y me llevó a uno de los hospitales de la plaza con una herida en la cabeza y el brazo forrado con cartón. Ahí me hicieron la primera curación y vieron que mi brazo estaba roto; me dieron entonces la orden de evacuación, vinieron los medios y se armó la historia...
Terra Magazine: ¿Se siente protagonista de un milagro?
Torres Motta: No lo había visto así, pero sí, es un milagro. Entre tantos muertos que hay en Pisco, creo que debo indagar con Dios, cuál es el plan que me tiene preparado y ponerme a trabajar en él hasta el final.
Terra Magazine: ¿Qué quisiera ahora?
Torres Motta: Curarme lo más pronto posible. Me dijeron los médicos que mi brazo no necesita operación, así que quisiera regresar lo más rápido que pueda a Pisco para estar con los feligreses. Es importante que los damnificados sepan que tienen a alguien a su lado preocupándose por ellos. Esa es mi comunidad. Hemos enfrentado una prueba en estos días. Le debemos pedir a Dios la paz para dejar atrás la desesperación y que los que han perdido a sus familiares vean a la muerte como un atravesar una puerta y entrar a otra dimensión. Me genera sentimientos encontrados haber sobrevivido. Sólo sé que al regresar tendremos poco tiempo para llorar a los muertos y deberemos ponernos a trabajar en la reconstrucción.
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