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Pisco, al día siguiente del terremoto

Paola Ugaz/Terra Magazine
Miguel Borja, junto a su casa destruida en Pisco.

Paola Ugaz
Enviada especial a Pisco, Perú

A 280 kilómetros al sur de Lima se ubica el histórico puerto colonial de Pisco, ciudad famosa por darle nombre al aguardiente de uva que es la bebida bandera del Perú y ahora trágicamente conocida como la que más ha sufrido la potencia del terremoto de 7.9 grados Richter que la sacudió y que ha dejado hasta el momento más de 500 muertos.

Tras el sismo, la ciudad está virtualmente destruida, parece haber sufrido un bombardeo de guerra; sus calles sólo pueden ser recorridas a pie, y con mucha dificultad, porque el 80% de sus edificios están derrumbados, según confirmó hoy a Terra Magazine un funcionario del Instituto de Defensa Civil peruano.

La plaza de armas, la Municipalidad, la Catedral San Clemente, la Iglesia de los jesuitas y los bancos del centro histórico están en derruidos y rodeados de cables eléctricos de los postes que cayeron por el sismo, lo que hace muy peligroso que se reinstaure la electricidad. Los edificios y las casas antiguas, hechas con quincha y adobe, que datan del siglo XVI, no soportaron la fuerza del terremoto, uno de los más poderosos de todos los que han azotado Perú en el último siglo.

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Todos los esfuerzos de los bomberos se concentran ahora en remover los escombros de la Catedral San Clemente, donde al momento del terremoto se celebraba una misa a la que asistían cerca de 250 personas, con la esperanza cada vez más remota de encontrar sobrevivientes.

La bella caleta de San Andrés, cuyas casas fueron cubiertas de agua por el maretazo que originó el movimiento sísmico, luce ahora desocupada porque se ha corrido la voz entre los pisqueños de que se viene un tsunami: mucha gente siente que no tiene nada que cuidar de los ladrones y se ha refugiado en una montaña ubicada a diez kilómetros del mar.

El barrio pobre (conocido en Perú como "pueblo joven" o "villa miseria") de San Miguel, cuyas viviendas están hechas de paja y barro, está completamente destruido, y sus pobladores no han encontrado mejor opción que instalarse a vivir en un campo cercano, porque de ese modo cuidan sus pertenencias de los posibles ladrones y pueden compartir los alimentos entre ellos. El hospital San Juan de Dios no puede atender a más heridos; se han instalado entonces en la puerta del establecimiento varias camillas que funcionan como improvisados cuartos para los pacientes.

Como no hay morgue en Pisco, se han llevado todos los cadáveres en bolsas negras al centro de la plaza de armas; allí se observa una escena dramática que se repite una y otra vez: miembros de las brigadas sanitarias intentan sin éxito calmar a la turba de familiares que acaban de enterarse de la muerte de algún allegado.

Los pisqueños caminan en grupos, recogiendo cosas para salvar sus pertrechos y a la vez arman improvisadas camas donde pasan la noche junto a sus seres queridos, porque la mayoría se quedó sin techo o su vivienda se ha vuelto insegura para habitar.

Paradójicamente, la presencia del presidente peruano, Alan García, y la mayoría de sus ministros, que se han quedado a dormir en un comando de campaña que han instalado en el aeropuerto de Pisco, no ha evitado que las donaciones hayan sucumbido a la burocracia: hasta ahora, los damnificados no han recibido agua, comida ni ropa, duermen en la calle, arman improvisadas fogatas para apalear el frío de la noche y utilizan ollas comunes para ingerir al menos un plato de comida en el día.

Las réplicas que se siguen sucediendo en Pisco han causado terror entre los pobladores, que reviven una y otra vez el pánico que les causó el terremoto. Un grupo de turistas europeos que se dirigía al enclave turístico de Paracas, donde hay una reserva natural frente al mar que cobija a miles de lobos marinos, fue trasladado por la policía al aeropuerto pisqueño.

La pareja formada por los belgas Olivier F. y Barbara K. relató a Terra Magazine su pesadilla: "Mientras paseábamos por el centro, de pronto la tierra se empezó a mover de abajo hacia arriba; nos asustamos tanto que no sabíamos hacia dónde ir. Cuando se empezó a caer todo, Olivier me levantó y me llevó a una zona segura", dijo Barbara.

Barbara también comentó que era su última semana de estadía en el país, tras cuatro meses en los que trabajó con su pareja como voluntaria en la ciudad altoandina de Apurímac, ayudando a alfabetizar a los niños de las comunidades indígenas: "Son mis últimos dos días, y es una pena que los pase así, pero agradezco que hayamos salido ilesos del terremoto; nunca en mi vida había pasado por una experiencia así, y no quiero repetirla, claro".

El alcalde de Pisco, Juan Mendoza, no puede evitar que sus ojos se cubran de lágrimas al describir a Terra Magazine la situación en la que se encuentra el otrora más importante puerto del Virreinato peruano: "Mi ciudad está devastada. Todo se cayó, y ahora hay decenas de personas enterradas en sus casas. Mi hermana mayor se encuentra entre una de las desaparecidas, no sabemos por dónde empezar".

"Estamos pensando en la fosa común para enterrar a todos nuestros muertos, es preferible eso a que queden en la intemperie, no se imagina la impotencia que siento, nunca en mi vida pensé que algo así nos ocurriría. Necesitamos médicos, enfermeras, tenemos cientos de personas para ser atendidas", concluyó.

El recorrido por las calles Comercio, San Juan de Dios o Pedemonte, las vías mas importantes de la ciudad, se hace imposible en automóvil, y es considerado muy peligroso hacerlo a pie, porque hay muchos edificios que podrían caerse por completo todavía. Miguel Borjas, de 64 años, cuenta a Terra Magazine que durante el terremoto estaba trabajando en el camal y que las paredes empezaron a caer junto a las reses: "me sentí mareado, como que la muerte me pasó de cerca pero no me llevó ahora", dice el hombre, cuya casa quedó completamente en ruinas.

En tanto, Cristina Bizaeta, de 78 años, relata que gracias a su perro dálmata pudo salir antes de que la casa se venga abajo. Y Justa Sánchez, otra lugareña, asegura que "la tierra se movía como una ola, todos lloraban y rezaban". Cerca de su vivienda, la casa de la familia Cartagena, ubicada en la cuadra cuatro de la avenida Comercio, se desmoronó y sus habitantes murieron enterrados. "A 24 horas de la desgracia, no tenemos agua, comida, nada, señorita. ¿Hasta cuándo durara nuestra pena?", se pregunta Justa.

Frente a otras de las casas destruidas en la avenida Comercio está Zenón Cadena, quien se queja de que hasta hoy no ha recibido "ni una lata de atún" e informa que ya se acabaron los últimos alimentos que tenía. "Estamos con el miedo de que se salga el mar y ahora sí nos aplaste por completo, pero no nos podemos mover de nuestras casas caídas, porque tenemos miedo de perder lo poco que queda de nuestras cosas, por los ladrones que acechan", explica entre sollozos María Calderón.

Durante el recorrido a la calle Comercio, Terra Magazine fue testigo de dos velorios improvisados frente a las casas destruidas y en las que -entre tinieblas- los familiares y amigos de las víctimas buscaban amparo y resignación ante la tragedia.

Carmen Hayo, de 70 años, cuenta que su nieta, de 18, "estaba cambiándose cuando empezó el terremoto, y el cuarto se le vino encima. Cuando la sacamos tenía muchos golpes, fueron momentos desesperantes antes de llevarla al hospital, porque había mucho tráfico. Llegó muerta", señala entre lágrimas.

Por ahora, en Pisco el panorama general no cambia: el afán de los rescatistas por encontrar supervivientes, la identificación y recolección de cadáveres y la leve esperanza de que vendrán tiempos mejores.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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