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US Library of Congress/Gentileza
Gabriela Mistral.
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Felipe Bianchi Leiton
Santiago, Chile
Hay tanto que descubrir todavía de esa mujer... Tanta autenticidad tapada, tanta mentira asquerosa en torno a su vida. Tanta ignorancia y por razones tan espurias. Es cierto que lo más importante es su obra, pero es imposible entender la obra artística de alguien sin conocer su vida. La verdadera, compleja y profunda vida de Gabriela Mistral. Una Gabriela Mistral rotundamente distinta a la que nos han querido mostrar, desde que somos niños, los profetas de la mediocridad y del conservadurismo que pueblan nuestra sociedad.
Hay que sacar alguna vez a Gabriela Mistral de ese nicho pobre, gris, helado, de escaso vuelo, donde tanto imbécil decidió ponerla un día para que no molestara, para que se acomodara mejor a la "sociedad chilena", a nuestra cultura llena de subterfugios, mentiras y dobles caras.
Por años no hemos respetado su talento como artista, ni su brillo como pensadora, ni sus reflexiones pedagógicas. Peor aún, por años no hemos respetado su vida. Su forma de vivirla. ¿O usted cree que es casualidad que Gabriela Mistral se fuera de acá y no quisiera volver nunca más? ¿O usted cree que es casualidad que se quedara habitando para siempre el país de la ausencia? ¿Que es casualidad que muriera no como chilena sino como ciudadana norteamericana? ¿Que es casualidad que haya rechazado venir a recibir a Chile el Premio Nacional de Literatura? ¿Que es casualidad que tantos años después de su muerte, recién ahora, en el 2007, conozcamos casi el 40% de su obra, todavía inédita?
No es casualidad. Es la reacción lógica de un ser humano despreciado, de una mujer despreciada. Despreciada como poetisa, ya que no recibió el Premio Nacional de Literatura en Chile sino hasta que ganó el Nobel. Despreciada como educadora, ya que mientras acá no querían darle el título de profesora, México se la llevó para encabezar su reforma educacional en la epoca de Vasconcelos. Despreciada como embajadora, ya que pese a ser nombrada cónsul vitalicia, nunca fue aceptada por los desdeñosos miembros del Ministerio de Relaciones Exteriores. Y despreciada, finalmente, como persona. Vaya a saber uno por qué -¿miedo? ¿envidia?- una tropa de imbéciles, de mediocres, de guardianes de morales victorianas, decidieron inventarle una falsa vida que nos han contado a todos por generaciones, desde chiquititos, y que no tiene nada, pero nada que ver con la verdadera vida y personalidad de Gabriela Mistral. Una mujer de mundo, a ratos farandulera, rodeada siempre de intelectuales, gran amiga de Frida Kahlo, de Diego Rivera, de María Félix. Una mujer nada de tibia en lo político, antifascista total, patrona emérita del ejército de Sandino para quién incluso movilizó armas. La primera que recibió a Neruda en París cuando fue expulsado de Chile. ¿No sabía? Bueno, ahora sabe.
¿Maestra tímida y callada, de tonos grises? Por favor. Gabriela Mistral era una mujer de pueblo, cierto, pero que gustaba mucho de las fiestas, que pasó largas temporadas en Francia codeándose con la creme de la creme del arte, la música y el cine, entre ellos su buena amiga Edith Piaf. Una mujer que gozó de la vida en La Habana y en Rapallo, Italia, cerca de Portofino (vaya estilo), una mujer que terminó viviendo -y muy bien- en un palacio en Santa Bárbara, Estados Unidos. De hecho, en eso gastó el dinero del premio Nobel. ¿No sabía? Ahora sabe.
¿Tampoco sabía que era amiga del premio nobel Stefan Sweig? Era: iban juntos todos los sábados al cine en Petrópolis, Brasil, antes de trasladarse a Río de Janeiro tras la muerte -¿asesinato?- de Yin Yin. Y ahí solía visitar el fastuoso Hotel Copacabana. Una mujer amante del cine, fundadora del Instituto de Cinematografía de Roma, que solía participar en grandes fiestas con los mayores productores de cine de Hollywood, que vivía al frente de ese gran escritor alemán que era Thomas Mann (La Montaña Mágica) y a lado de Clark Gable, no sé si le suena...
Una mujer abiertamente, absoluta y totalmente lesbiana, durante sus mejores años y hasta el fin de su existencia. Enamorada a muerte de Doris Dana, secretaria del propio Mann que, tras volver éste a Alemania, se quedó con Gabriela para siempre. Lesbiana, sí. ¿No sabía? Ahora sabe.
El punto es ¿y qué? Basta de calumnias, basta de decir que no tenía pareja, que era triste, que nunca tuvo a un hombre: era feliz, tenía pareja, le gustaban las mujeres. ¿Hasta cuándo los simuladores, los embusteros, los hipócritas del doble discurso? ¿No se dan cuenta la justificada repulsión que sentía Gabriela Mistral por nuestro país debido a la falta de respeto mayúscula con la que aquí cambiaron su historia? ¿No entienden que gracias a las mentiras de barrio, de viejas tercermundistas, terminó odiando y menospreciando a su tierra natal?
Gabriela Mistral era una mujer infinitamente más sofisticada, saludable, compleja y atractiva que esa señora seriota, triste, con abrigo feo y pies descalzos que nos han vendido de contrabando, por generaciones, los malos chilenos. Los chilenos cobardes, incultos y mal nacidos. Chilenos irresponsables y vulgares. Toda una tropa de falsarios que taparon con sus cochinas formas de pensar las supuestas "inmoralidades" de la artista. Esa parte de la historia que no les convenía aunque fue, seguramente, el principal alimento y la razón de ser de su talento y sensibilidad artística. Los chacales, los piratas, las aves de rapiña de esta tierra ocultaron, taparon concientemente, los signos de profundidad y belleza que había en Gabriela y nos dejaron el lado B, el peor, el que tiene menos matices, el más fome. Asesinaron su imagen y la siguen asesinando.
No era como nos dijeron, Gabriela Mistral. Era mucho mejor. Y se cansó de luchar contra la idiotez de los que, hasta el día de hoy, quieren pintarla de otro modo. Por eso no volvió más y por eso hoy, que retornan sus restos -las obras inéditas guardadas por años por su pareja Doris Dana-, no estaría demás romper con la chatura ambiente y decir, de una vez por todas, quién era la verdadera Gabriela Mistral. A ver si todavía estamos a tiempo de pagar la deuda. A ver si podemos leer y gozar sus "nuevas" obras sin la mentira y la tontera pegoteada otra vez en cada discurso y en cada falso recuerdo. Como decía el gran Clint Eastwood, "mientras más verdaderos, más héroes son los héroes". La pura verdad.
Terra Magazine