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Los milagros del tenis argentino

EFE
Gastón Gaudio, campeón de Roland Garros 2004, en plena acción 2007. La "Legión argentina" batiendo records.

Ezequiel Fernández Moores
Buenos Aires, Argentina

A treinta años de la hazaña de Guillermo Vilas, el tenis argentino inició la edición 2007 de Roland Garros estableciendo un nuevo record, pero obligado también a limpiar toda mancha de doping. La presencia nunca antes alcanzada de quince jugadores argentinos clasificados al cuadro principal del Abierto francés que empezó esta semana es un dato inédito, destacado inclusive en un artículo de fondo por el célebre diario parisino L'Equipe, que se pregunta el por qué de los éxitos de la llamada "Legión argentina".

Una década atrás, Argentina tenía un único tenista cerca del puesto 100 del ranking (Hernán Gumy), penaba en la Zona Americana de la Copa Davis y vendía apenas 20.000 raquetas al año, contra las 120.000 que vendía sólo la marca de Vilas en 1981, cuando el tenis era el segundo deporte nacional en ese país, detrás del rey fútbol.

Vilas, que el 5 de junio de 1987 aplastó al estadounidense Brian Gottfried 6-0, 6-3 y 6-0 en la final más corta en la historia de Roland Garros (duró una hora y 53 minutos y fue el primer título de Grand Slam del tenis argentino), masificó al deporte de la raqueta en su país y fue el "padre fundador" de la "Legión".

Sin embargo, tuvieron que pasar veintisiete años para que otro tenista argentino repitiera esa hazaña en Roland Garros. Fue el 6 de junio de 2004, cuando Gastón Gaudio ganó a su compatriota Guillermo Coria una final increíble: perdía 0-6, 3-6, hasta que el público lo levantó, Coria acusó una lesión y el Gato ganó los sets siguientes 6-4, 6-1, 8-6 en tres horas y 31 minutos.

Gaudio, como bien lo refleja su inestable presente, tiene un carácter absolutamente opuesto al de Vilas, un gladiador que ganó 62 de los 174 títulos obtenidos a partir de él por los tenistas argentinos. "Yo era un pitbull, no tenía límites", confesó Vilas alguna vez.

Gaudio sí los tiene. "¡Qué vida de mierda!" o "¡Soy un fracasado!", suele gritarse aún hoy en pleno partido. Antes de aquella final de 2004, no podía con sus nervios y hasta se le ocurrió pedirle un consejo a otra gloria del tenis, el estadounidense John McEnroe, que tenía como favorito a Coria, como casi todos. "No tengas miedo -le dijo McEnroe-. Miedo sí pueden tener los chicos de tu edad que ahora están combatiendo en Irak". La respuesta no hizo más que aumentar la inseguridad de Gaudio, que terminó ganando, pero no experimentó grandes cambios en su personalidad: sólo minutos después del triunfo, una de los primeras reflexiones que pasó por su mente fue que "no debería haber en la historia un peor campeón de Roland Garros que yo".

Coria, su rival de aquella final, era en cambio pura seguridad y confianza en sí mismo. Carismático y arrogante. Pasta de número uno. Pero Coria se desinfló cuando el título estaba en sus manos, estalló en un llanto desconsolador ante la prensa tras aquella increíble derrota y casi nunca pudo recuperarse. Hoy, tres años después, parece un ex jugador, alejado del circuito por su mente, las lesiones y los cambios permanentes de entrenador.

Pero en la "Legión" nadie se parece a nadie. Podría decirlo su representante número uno de la actualidad, David Nalbandián, finalista en Wimbledon 2002 y campeón del Masters de Shanghai de 2005, torneo al que fue convocado a último momento como reemplazo, cuando estaba de pesca en el sur de Argentina. Ocurre que Nalbandián ama la pesca, los autos de carrera, el asado y la buena vida. Y no le obsesiona ser número uno o número diez del ranking.

Su contracara es a su vez Guillermo Cañas, el nuevo "verdugo" del número uno del ranking, el suizo Roger Federer, a quien ya le ganó dos veces en el año. En menos de diez meses, Cañas volvió a los primeros veinte puestos del mundo. Y lo hizo desde la nada, porque venía de cumplir una suspensión de quince meses por doping, el lado oscuro del gran fenómeno en que se ha convertido el tenis argentino.

Siete casos positivos de doping entre 2002 y 2006 marcan un dato inquietante. Preparación irresponsable, por un lado, y ambición desmedida, por otro, podrían ser las causas de ese lado oscuro. Pero el tenis argentino eligió aferrarse casi siempre a la teoría de la conspiración, la de jugadores de Tercer Mundo que no representan a grandes marcas y están lejos de los centros de poder y, por ello, son más vulnerables y más fáciles de castigar que ídolos de renombre cuyas muestras, según esa teoría, también arrojaron positivos.

Cañas, acaso el más parecido de todos a Vilas, no tanto por su juego, sino por su notable espíritu de lucha, se sobrepuso de modo notable a su positivo de doping. Pero el escándalo, que ya había arrastrado a otros nombres de peso como Coria y Juan Ignacio Chela, vivió su caso testigo con la reincidencia de Mariano Puerta, cuyo segundo positivo estalló nada menos que tras la final de Roland Garros 2005, en la que fue derrotado por el español Rafael Nadal.

Puerta había llegado a esa final tras superar no sólo un primer caso de doping, sino también diversas operaciones y hasta una caída en un ascensor en Buenos Aires. Devolvió casi un millón de euros y en estos días, cumplida la suspensión, se apresta a retornar al circuito, convencido de que él también podrá seguir los pasos de Cañas y volver a los primeros puestos. Sería, en tal caso, un nuevo milagro del ya milagroso tenis argentino.

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