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Bettie Page, la posibilidad de un erotismo alegre

Hulton Archive/Getty Images
Se calcula que a Bettie Page le tomaron entre 20.000 y 500.000 fotos durante los pocos años de su vida que se dedicó al modelaje.

Naief Yehya
Nueva York, Estados Unidos

Su belleza era de una simplicidad apabullante. Su cabello naturalmente negrísimo, siempre largo, suelto y con un inconfundible copete que le cubría buena parte de la frente se convirtió en su sello característico, un emblema que en medio siglo no parece haber perdido su poder de seducción. Bettie Page fue la modelo sexy más popular de la década de los 50, una joven radiante que posaba en bikini, en lencería, en botas de altísimos tacones, largos guantes negros y en una variedad de atuendos fetichizados (la mayoría confeccionados por ella misma) para fotógrafos profesionales y clubes de amateurs.

Hay quienes estiman que hay unas 20,000 fotografías suyas circulando (muchas más que todas las que fueron tomadas de Marilyn Monroe y Jane Mansfield juntas). Aunque el escritor Buck Henry cree que entre todos los fotógrafos profesionales y amateur que apuntaron su lente a Bettie crearon alrededor de medio millón de imágenes. En cualquier caso las fotos de Bettie Page no solamente dieron la vuelta al mundo sino que se convirtieron en elementos fundamentales del acerbo erótico universal y moldearon el gusto y fantasías sexuales de millones.

La siempre sonriente Bettie Page proyectaba una sexualidad alegre, desprejuiciada y gozosa. Bettie se adelantó a la revolución sexual de los años 60 no por mostrar su cuerpo desnudo en fotos y cortos, sino por demostrar de manera convincente que podían existir sexualidad y perversiones alegres, además de que el cuerpo no era motivo de vergüenza ni de culpa. Page reflejaba una especie de ingenuidad juguetona, un despertar a la sexualidad sin temor, pero a la vez Bettie no pretendía parecer una niña ni se evocaba el espectro de la pedofilia, una fantasía tan recurrida en la actualidad.

Se ha dicho muchas veces que la belleza de Bettie radicaba en su naturalidad, en su cuerpo sinuoso y bien proporcionado pero no artificialmente inflado, en sus caderas ligeramente anchas y sus dientes imperfectos, en su piel impecable y bronceada, en la apariencia juvenil y moderna que le daba su peinado, el cual evocaba un eco vanguardista, presente desde el peinado de Louise Brooks en la década de los 20 hasta nuestros días pasando por la moda beat y las corrientes dark y gótica.

Page nació en Nashville, Tennessee, en el seno de una familia muy pobre. Muy joven fue víctima del abuso sexual de su padre, un mecánico inestable que se pasó la vida entrando y saliendo de la cárcel. Bettie y sus cinco hermanos fueron a dar por un año a un orfanatorio, cuando su madre se vio incapaz de mantenerlos. Tras un primer matrimonio fracasado se mudó a Nueva York en 1948, donde rentó un apartamento en la calle 46, consiguió trabajo como secretaria en Wall Street y se ejercitaba diariamente en un gimnasio. Según algunos, cargaba un ladrillo en su bolsa para defenderse de cualquier acosador. Page pertenecía a una generación en que las jóvenes que emigraban a la ciudad eran aún vistas con suspicacia y temor. Era claro que las jóvenes que emigraban a la ciudad como Bettie escapaban de las tradiciones, de la opresión social de la provincia, de la familia, y de la condena a vida marital.

El jueves 11 de diciembre de 2008 Bettie Page falleció de un ataque cardiaco en un hospital de Los Ángeles, casi medio siglo después de haber posado para una foto por última vez. La carrera de Page como modelo fue relativamente corta, comenzó modelado abrigos durante la Segunda Guerra Mundial, después se mudó a Nueva York donde conoció al fotógrafo aficionado y policía Jerry Tibbs, mientras paseaba por Coney Island. Tibbs, quien era afroamericano, le ofreció tomarle algunas fotos y ella aceptó gustosa. Algunas de las imágenes fueron luego publicadas en un diario de Harlem. Es muy revelador del carácter de Bettie que a pesar de ser un mujer sureña que había vivido la segregación racial no tuvo el menor problema por dejarse fotografiar con poca ropa por un hombre negro. De hecho, fue Tibbs quien le sugirió el corte de pelo que conservó prácticamente hasta su muerte.

A partir de entonces Bettie posaba regularmente para clubes de fotógrafos amateurs y en poco tiempo apareció en revistas para caballeros pero nunca en poses abiertamente sexuales ni desnuda ni en la compañía de hombres. En 1951 posó para Irving Klaw, un fotógrafo que vendía fotos de estrellas de cine y celebridades, y hacía sus propias fotos eróticas sobre pedido para sus clientes. Klaw filmó a Bettie en algunas de sus más exitosas películas fetichistas (cortos mudos en blanco y negro, de entre 5 y 10 minutos, en película de 8 ó 16 milímetros) también viajaba regularmente a Florida para posar para la fotógrafa y ex modelo Bunny Yeager.

En poco tiempo Bettie se convirtió en la modelo más requerida y popular de Klaw, para quien posaba en ropa interior y para sus tímidas puestas en escena sadomasoquistas y de bondage. Algunas de sus fotos se distribuían por correo, otras aparecieron en numerosas revistas, álbumes de discos y libros. Posaba a veces el día entero por diez dólares la hora en casi cualquier locación, desde apartamentos decrépitos hasta fabulosas playas. En 1955 Bettie apareció en las páginas de la revista Playboy vistiendo un sombrero de Santa Claus, en una foto de Yeager. Page regresó a las páginas de esa publicación varias veces, ya para entonces era justificadamente una leyenda viviente en el medio de los aficionados a las pinups (las modelos que posaban con poca ropa y cuyas fotos se pegaban en las paredes).

Bettie estaba interesada en actuar pero se sentía vieja para comenzar una carrera como actriz. Estudió actuación con Herbert Berghof y apareció en algunas obras de teatro off-Broadway, y en un par de series de televisión, pero según comentó ella misma en su famosa entrevista con Playboy, no se presentaba a las audiciones ya que a los 34 años pensaba que era demasiado tarde para ella. Aparte de los cortos de Klaw (alrededor de unos 50) y unas cuantas cintas donde hacía strip-tease (sus desnudos se incluyen en colecciones de burlesque como Striporama, 1953; Varietease, 1954; Teaserama,1955), no llegó a aparecer en ningún filme "legítimo".

Si bien las fotos de Klaw eran de una obvia naturaleza sexual, difícilmente podían considerarse pornográficas, ya que no mostraban desnudos ni close ups de genitales ni sexo real o fingido ni penetraciones de ningún tipo ni eyaculaciones externas ni ninguno de los elementos que definen al género.

Sin embargo, sí existen fotos donde Page aparece completamente desnuda. Supuestamente fueron tomadas durante una sesión en la que participaron varias modelos y en la que todo el mundo bebió mucho alcohol. Las modelos se desnudaron y varios miembros del foto club tomaron fotos con el compromiso de no comercializarlas. Sin embargo uno de los fotógrafos vendió algunas de esas imágenes por 800 dólares y éstas fueron a caer a manos de la policía.

Las imágenes de Bettie, se dividen en aquellas convencionales donde aparece con poca ropa, las fetichistas de Klaw, donde aparece como dominatriz, como sumisa, o como mujer pony, donde se le conoce como Dark Angel y las fotos de Yaeger donde aparece con atuendo de leopardo es conocido como la serie de Jungle Bettie. Bettie al posar ni siquiera pretendía imitar las miradas de enajenación deseosa, las expresiones lúbricas o los gestos lujuriosos tan comunes en este tipo de fotos. Su apariencia siempre era desenfadada y honesta.

Por un lado es obvio que Bettie, la mujer que se dio el lujo de despreciar una invitación a ser evaluada por Howard Hughes, estaba plenamente consciente del poder de su belleza y por otro ofrecía una provocadora ingenuidad repleta de matices. El poder de su sonrisa era apabullante, ya que en principio la alegría no va bien con las imágenes sexuales, pero Bettie lograba parecer a la vez feliz y deseable.

En eso radicaba probablemente su principal transgresión, en que el discurso dominante en la cultura occidental predica que una mujer que persigue sus deseos y hace lo que se le da la gana, en particular en lo que respecta a su sexualidad, eventualmente tiene que pagar un precio. Bettie parecía salirse con la suya y eso en los 50 parecía intolerable.

En 1955 Klaw fue acusado de vender pornografía y fue objeto de una investigación del senado sobre una obscenidad lanzada por el senador demócrata de Tennessee, Estes Kefauver, en un desesperado esfuerzo por promocionarse. Es bastante obvio que en el clima censor y puritano que reinaba en la década de los 50, las imágenes de Bettie en ropa interior golpeando las nalgas de otra modelo con poca ropa resultaban insinuaciones intolerables. Había algo aparentemente pecaminoso y perverso en esas fotos y películas que en ese tiempo ni siquiera podía ser articulado públicamente. La controversia más intensa se debía a la ausencia de un discurso censor que pudiera explicar con claridad en qué consistía la transgresión de esas imágenes.

El proceso generó bastante escándalo y a pesar de que no había evidencias en contra de Klaw lo presionaron para que destruyeran casi todo su archivo y para que dejara el negocio. A la larga Klaw enfermó y murió. Las imágenes que se salvaron fueron rescatadas ilícitamente por su secretaria. Bettie fue obligada a dar su testimonio pero se negó a hacerlo. Aunque trataron de presionarla para declarar en contra de Klaw, amenazándola con enviarla a la cárcel por las fotos de sus desnudos totales. Esas imágenes se publicaron tan sólo a finales de los años 70, en la revista High Society. Por lo menos en parte esta investigación la llevó a tomar la decisión de retirarse.

En 1957 Bettie desapareció, abandonó Nueva York y el mundo del modelaje. La historia pudo haber quedado en eso, en la fallida aventura de una muchacha más que intentó hacerse famosa en la industria del espectáculo pero terminó humillada, usada y desechada. El tiempo pudo simplemente borrarla como sucede a menudo, y como pasó a tantas otras pinups, sin embargo su ausencia tan sólo fue nutriendo su mito, en vez de pasar al olvido poco a poco fue creciendo un culto a su imagen y al misterio de su desaparición súbita. Si bien Bettie era una figura reverenciada en círculos de fanáticos y entre un público underground, la bettiemanía incendió la cultura popular tras el estreno de la película The Rocketeer (Joe Johnston, 1991), inspirada por el comic del mismo nombre de Dave Stevens, de 1982, en el cual Bettie era la protagonista.

Finalmente Bettie reapareció en 1992. No había muerto aunque sin duda pasó años terribles. Se había casado un par de veces, había obtenido una maestría, había dado clases, viajado, se volvió cristiana renacida y se entregó a estudiar la Biblia (llegó a convertirse en asesora de la cruzadas del reverendo Billy Graham).

Cuando su tercer matrimonio comenzó a desmoronarse fue víctima de una crisis nerviosa y una depresión. Escuchaba voces de ángeles, demonios y de dios en su cabeza. En una ocasión aparentemente amenazó a su marido y a los hijos de éste a rezar mientras los amenazaba con un cuchillo. Por esto y otros actos semejantes fue enviada por cuatro meses a un psiquiátrico en Florida. En otro incidente se le acusó de herir a su casera con un cuchillo de pan, Bettie tenía un cuchillo en la mano pero asegura que estaba cortando papas. Lo que es cierto es que el marido de la casera golpeó a Bettie con un martillo en la cabeza. El juez no le creyó a Bettie y fue condenada a otra institución siquiátrica, el hospital Patton, de San Bernardino, California, por veinte meses. Tiempo después volvió a tener otra confrontación con otra casera, igualmente tenía un cuchillo en la mano, esta vez la condena fue de ocho años.

Pero mientras ella luchaba por recuperar su vida, en la era de internet su fama había crecido inmensamente, sus fanáticos se habían multiplicado por millones y los hijos de los hijos de quienes la admiraban cuando aún posaba eran ahora sus fans. Gracias a Hugh Hefner, el editor de Playboy y otros amigos logró finalmente recibir regalías que justamente le correspondían.

En las muchas entrevistas que ofreció (en las que no permitió que se le tomaran fotos para que la gente la recordara siempre por sus fotos de los años 50) declaró que a pesar de su renovada fe cristiana no se sentía culpable ni avergonzada por su carrera como modelo. Hasta el final de su vida se refería a esas imágenes como algo que hacía para divertirse. Nunca sintió que fue utilizada ni fue víctima de abusos. Dijo a Playboy en 1998: "Nunca lo consideré vergonzoso. Se sentía normal. Era mucho mejor que teclear en una máquina de escribir ocho horas al día". Y en esa misma entrevista declaró: "Cuando le entregué mi vida a nuestro señor Jesucristo me dio vergüenza haber posado desnuda. Pero ahora la mayoría del dinero que tengo se debe a que posé desnuda. Por lo tanto no me avergüenzo ahora. Pero aún no lo entiendo".

Cada sesión de fotos era como un juego, aunque Bettie nunca se sintió excitada por el sadomasoquismo ni por los complejos amarres que hacía magistralmente la hermana de Klaw, Paula. "Tenía menos actividad sexual en esos siete años que pasé en Nueva York que en cualquier otro momento de mi vida", dijo. Los juegos sexuales en los que empleaban la parafernalia victoriana apropiada para la ritualización de los juegos de poder sexual parecían muy distantes de cualquier cosa imaginada por el Masques de Sade, en gran medida debido al carisma cálido, exótico y vibrante que exhalaba Bettie, quien parecía precisamente estar jugando.

La fama de Bettie Page dio lugar a una gran colección de imágenes (pinturas de Olivia de Bernardinis, Robert Blue, Vargas y Dave Stevens), un par de libros, un centenar de páginas en el web (www.BettiePage.com, ha recibido alrededor de 600 millones de visitas en los últimos cinco años), comics, juguetes y toda clase de objetos de colección. Más recientemente se estrenó un documental para la televisión y un largometraje, The Notorious Bettie Page, de Mary Harron, 2006, en donde Gretchen Mol interpreta el papel de Bettie.

Como señaló Margaret Talbot, ("Chicks And Chuckles. Bettie Page and the fate of pleasure in America". The New Republic, 8 de septiembre de 1997) si algo hace únicas a las fotos de Bettie Page es que en ellas hay una especie de objetivización sin anonimato. La porno, con lo que nos referimos en esta caso a cualquier producto que tiene por objetivo último producir la excitación del consumidor, requiere de una pérdida de identidad de los protagonistas, quienes deben convertirse en símbolos sobre los que el observador puede proyectar sus deseos.

El poder que reconocemos y que hace singulares las imágenes de Bettie Page, no radica en su evocación nostálgica de un tiempo en que éramos capaces de sorprendernos con un poco de piel desnuda ni en el encanto retro de las modas eróticas de los 50 ni en el espectáculo de ver mujeres jugando a las luchas sobre el tapete mugroso de un motel de mala muerte, sino en que Bettie mantiene neciamente su personalidad en sus fotos, resistiéndose a convertirse en simple carne intercambiable, imponiendo su sexualidad feliz y carente de misterio, aún cuando lleva puesta una pelota en la boca o un látigo en la mano.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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