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Tema Irak, ausente del Festival de Cine y Derechos Humanos

Cortesía
Imagen promocional de la cruda Under the Bombs, del libanés Philippe Aractingi.

Naief Yehya
Nueva York, Estados Unidos

La palabra festival lleva implícita la idea de celebrar, de una ocasión para alegrarse y disfrutar. Sin embargo, desde hace casi dos décadas el inicio del verano en Nueva York viene acompañado de uno dedicado a temas que más bien mueven a la reflexión, el Festival Internacional de Cine de Human Rights Watch, organizado por la prestigiosa organización dedicada a proteger los derechos humanos y la Film Society del Lincoln Center. El evento, que empezó el 12 de junio y termina el 26 de este mes, ofrece en cada edición una selección de films documentales y de ficción inspirados en casos reales. El tipo de materiales seleccionados tiene que ver con algunos de los casos de abusos, crímenes e injusticias más estremecedores de la historia. En su 19na. edición, presentará precisamente 19 largometrajes y 13 cortos de 20 países distintos. Además, en un año en que la misoginia ha sido discutida apasionadamente en Estados Unidos (debido a la candidatura frustrada de Hillary Clinton a la presidencia) se han incluido 20 películas dirigidas por mujeres.

El film inaugural, copresentado con la heroica distribuidora de cine latinoamericanos en los Estados Unidos Cinema Tropical, fue A Promise to the Dead: The Exile Journey of Ariel Dorfman (Una promesa a los muertos: el viaje del exilio de Ariel Dorfman), dirigida por el canadiense Peter Raymont. La película, del 2006, describe el emocional regreso del reconocido escritor y asesor cultural de gobierno de Salvador Allende a Chile, y recoge las impresiones, conversaciones y recorridos del autor de La muerte y la doncella por su ciudad natal, en un esfuerzo por reconciliar la realidad actual con el cataclismo al que él mismo sobrevivió milagrosamente en septiembre de 1973, cuando Augusto Pinochet encabezó un golpe de estado que derrocó al gobierno socialista elegido por voto popular.

El Oriente cercano, en particular el conflicto israelí-palestino, no está nunca ausente de este festival consagrado a los derechos humanos. Este año se estrena un documental particularmente perturbador, To See If I'm Smiling (Para ver si estoy sonriendo; Israel, 2007), de Tamar Yarom, directora que entrevista a varias muchachas que han ingresado al servicio militar de Israel, el único país del mundo que lo impone obligatoriamente a personas de ambos sexos a los 18 años. Los testimonios son devastadores, y ponen en evidencia la "normalización" de la cultura de la opresión y de la deshumanización que sufren los palestinos. Resulta angustiante ver a esas jóvenes tratando de racionalizar su experiencia, intentar encajarla forzadamente dentro de moldes culturales aceptables y justificar sus acciones, abusos y en ocasiones crímenes cometidos bajo la protección de un uniforme militar. Sin dudas, las entrevistadas por Yarom no son asesinas ni psicópatas antisociales, sino un evidente producto de una cultura fascinada por la guerra, de una sociedad esquizofrénica que dice creer en la democracia, pero mantiene la ocupación en Gaza, Cisjordania y el Golán, donde la numerosa población árabe padece la opresión desde hace décadas.

Otros films de la región parecen un poco más convencionales, como el corto Deadly Playground (Parque de juego mortal; Líbano, 2007), de Katia Saleh, en el cual se presenta el problema de las bombas de racimo (cluster bombs) usadas por Israel en Líbano y que permanecen sin explotar (se estima que alrededor de un millón de bombas activas pueden estallar en cualquier momento) como trampas mortales en contra de la población civil. El uso de estas armas es un claro crimen de lesa humanidad, pero algunos países las siguen empleando indiscriminadamente en contra de poblaciones civiles. Otra perspectiva del conflicto la ofrece This Way Up (Subir por aquí; Francia, 2007), de Georgi Lazarevski, película que muestra la cotidianidad en un asilo de ancianos católico para palestinos localizado en Jerusalén este, a pasos del gigantesco y espantoso muro de separación construido por el gobierno israelí con el pretexto de la seguridad. Este microcosmos resulta muy revelador: los ancianos van quedando aislados de las visitas de sus familiares, del personal que los atiende y del resto del mundo. La metáfora es tristemente apropiada y devastadora.

Open Heart (Corazón abierto; Inglaterra/Palestina, 2006), de Claire Fowler, presenta otro aspecto de la lucha desesperada de los palestinos. Aquí se trata del demolido sistema de salud palestino y en particular de los servicios para casos graves. El film muestra descarnadamente las complicaciones por las que debe pasar una familia palestina para obtener tratamiento para su hijo con problemas cardíacos.

Una película que destaca por su crudeza y su punzante simpleza es Under the Bombs (Bajo las bombas; Francia-Líbano-Inglaterra-Bélgica, 2007), de Philippe Aractingi, una interesante fusión de ficción y documental en la que una mujer, Zeina, regresa a Líbano durante la reciente guerra de agresión israelí del verano del 2006 y se lanza desesperadamente a buscar a su hijo. Los personajes protagónicos, la mencionada Zeina y Tony, un taxista maronita, van recorriendo los paisajes desolados por la destrucción masiva causada por las bombas israelíes mientras atraviesan el país, y en ese trayecto observan las cicatrices en la infraestructura y en la sociedad, las reacciones de la población, los militantes, el ejército y la prensa internacional a la destrucción.

Otra película recomendable es Traces of the Trade (Rastros del comercio; Estados Unidos, 2008), de Katrina Browne, en la que la directora hace un recuento de sus ancestros, los DeWolf, la principal familia importadora de esclavos de los Estados Unidos. La historia es apasionante y terrorífica, pero el énfasis de la cineasta por curar su culpa transforma al film en una especie de reality show que exhibe el recorrido de los esclavos, desde Ghana hasta Rhode Island, pasando por Cuba, en busca de una forma de expiar los pecados de su familia.

Curioso, paradójico, preocupante y hasta sospechoso es que no se haya incluido en esta edición del festival ni un sólo film acerca de la guerra de Irak o Afganistán. Se puede imaginar que dado que varios de los trabajos sobre las guerras de agresión estadounidenses han logrado abrirse paso en la cartelera comercial, se pretendió no redundar sobre el tema, pero no deja de parecer una grave omisión, dadas las proporciones, la importancia y las consecuencias en todos los ámbitos de esta guerra. Sería muy triste que los organizadores de este festival suscribieran a la idea de que hay ya una "fatiga" entre el público frente a todo lo que tiene que ver con Irak. Lo más cercano al tema es USA vs. Al-Arian (Noruega, 2007), de Line Halvorsen, una obra que documenta el increíble caso del profesor universitario palestino Sami al Arian, un militante de la causa palestina que fue acusado en 2003 de financiar y apoyar grupos terroristas. Al-Arian fue encarcelado entonces y permanece en prisión hoy, aunque no ha sido condenado por ningún crimen.

El 2008 Human Rights Watch International Film Festival se lleva a cabo en el Lincoln Center neoyorquino.

» Hable con Naief Yehya

Naief Yehya es Ingeniero Industrial, periodista, narrador y crítico cultural, escribe en La Jornada, El Financiero, Letras Libres y Art Nexus, entre otras. Ha publicado tres novelas, dos colecciones de relatos y tres ensayos (El cuerpo transformado: cyborgs en la realidad y la ficción, Guerra y propaganda: el mito bélico en los Estados Unidos y Pornografía: sexo mediatizado y pánico moral). El trabajo de Yehya tiene que ver con en el impacto cultural y social de la tecnología, los medios masivos, la propaganda y la pornografía. Yehya nació en México DF en 1963 y vive en Brooklyn desde 1992.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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