
|
AFP
Algunos integrantes del combo Buena Vista Social Club son un buen ejemplo de la longevidad cubana.
|
Ximena Torres Cautivo
Santiago, Chile
No soy de las que dicen "hay que ir a Cuba antes de que muera Fidel". Quizás porque he tenido la suerte de haber estado muchas veces en la isla y de conocerla de lado a lado, con Fidel y su revolución en distintos estados de salud. Mis "antes de" en relación a Cuba se inician antes de la caída del Muro, época en la U.R.S.S. mantenía a los cubanos mejor aprovisionados que después de 1991, cuando la Unión Soviética pasó a mejor vida, la ayuda económica cesó y el bloqueo estadounidense se dejó sentir sin atenuantes.
Recuerdo una llegada a La Habana una noche sin luna del 93; la oscuridad de la ciudad era impresionante, apenas alumbrada (no digamos iluminada) por una agonizante luz de tubo fluorescente que se colaba por las celosías de las casas. Esos tenues faroles guiaron nuestro trasporte hasta el característico Hotel Nacional. Durante el trayecto no reconocí ni una calle. Ni al Malecón, al que llaman "el sillón de la ciudad", pude divisar.
Por la mañana, convencida de que había sido víctima de un ataque fulminante de cataratas, comenté el caso con algunas personas que literalmente me iluminaron: "Chica, han dejado de llegar las ampolletas soviéticas y las que teníamos se han ido quemando". Así de pobre fue esa etapa.
Bueno, he ido a Cuba en tiempo de vacas flacas y de vacas muy flacas. Y en cada una de esas ocasiones hice el trámite al que se someten todos los periodistas que visitan la isla: solicitar una entrevista con Fidel Castro en la Oficina de Prensa Internacional, gestión que cuesta unas decenas de dólares y es una modesta pero permanente entrada de divisas para el Estado.
Ingenua, las primera veces, dormí vestida esperando que llegaran a buscarme en cualquier momento, como cuentan varios periodistas que han tenido la suerte de entrevistarlo. Dentro de las muchas fábulas que envuelven la mítica figura de Fidel y que los cubanos cuentan llenos de admiración está aquella que alude a su permanente estado de vigilia y a su vocación por la larga charla nocturna en cualquier rincón de la isla, porque él nunca pernocta en el mismo lugar dos noches seguidas.
Todos esos mitos son los que afirman la sensación de que Fidel Castro no puede morir. Existe como una sensación ambiente de que sería una pérdida para el periodismo, el turismo y para una población que ha sido educada al amparo de su carisma y que probablemente se sentirá huérfana sin él, porque incluso los que se oponen a su régimen, rara vez lo critican. Perder a Fidel sería como quedarse sin el souvenir viviente.
Desconozco si se sigue vendiendo la inscripción para entrevistas con él ahora que le cedió el control a su hermano Raúl y que se están empezando a vender otros bienes, más tangibles y útiles para la ciudadanía: celulares, microondas, televisores, lo que puede ser indicio de una incipiente apertura. Fidel sólo se dedica a escribir columnas en Granma, aunque los escépticos desconfían de que sea él quien escriba. Sí fuera él, se entiende. Sin duda, debe tener más tiempo, mucho tiempo. Quizás incluso por eso Granma ha aceptado que los cubanos envíen cartas al director, una sección que había desaparecido del periódico. Tal vez ahora que está jubilado puede poner oído a las voces tímidamente disidentes que se empiezan a oír y a leer en esas misivas.
Si uno se ciñe a las estadísticas, Cuba es uno de los países del mundo con mayor porcentaje de personas mayores de ¡120 años! Un logro geriátrico visible para cualquiera que se pasee por La Habana Vieja a la hora del fresco, esa que convoca a los abuelos a ver pasar la vida sentados junto a la puerta. Cuestión evidente también a la luz de la abundancia de músicos tan añosos como talentosos, encarnados en Buena Vista Social Club.
En consonancia con la dialéctica marxista que siempre divide las explicaciones en más de un aspecto, el récord se funda en los cinco principios básicos de la buena salud identificados por Fidel. A saber: motivación, alimentación, salud, genética, actividad física, cultura y medio ambiente. Hoy el jubilado Comandante en Jefe tiene 81 años. O sea, le quedarían ¡39 años de vida! En suma: no hay que apurarse en ir a Cuba antes de que muera Fidel, pero hay que ir pronto. Con toda su rica pobreza, la isla es un destino que merece visita, independientemente del carismático y jubilado líder.
» Hable con Ximena Torres Cautivo
Terra Magazine