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Reproducción
Última edición en inglés de When the Sleeper Wakes de H. G. Wells en 2003 con introducción de Orson Scott Card.
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Roberto de Sousa Causo
When the Sleeper Wakes, H.G. Wells. Nueva York: The Modern Library, 2003 1899, 274 páginas. Introducción de Orson Scott Card. (*)
En la introducción de esta edición de Modern Library, Orson Scott Card discute por qué Wells aún es leído en la actualidad por placer y no por curiosidad académica, sugiriendo que los lectores, que "ya habían visto y continuaban viendo su mundo -sus patrones sociales- radicalmente alterados por la introducción de nuevas tecnologías, reconocían que aquí finalmente había un escritor que, en lugar de renegar sobre el pasado perdido, estaba preparado para hacer conjeturas inteligentes acerca del destino a que la nueva oleada de invenciones conduciría a la sociedad humana, y cómo ésta podría convertir al mundo en algo mejor o peor".
Scott también compara When The Sleeper Wakes con la novela de Edward Bellamy, Looking Backward (1888). El mismo Wells se refiere a Bellamy dos veces en su obra, reconociéndolo como influencia.
En la obra de Bellamy, el protagonista Julian West "viaja" al futuro, después de dormir durante 113 años. Despierta en un mundo transformado por la utopía.
Tomando el legado de Bellamy (y de Wells, como veremos), por algún tiempo, en las primeras décadas de la ciencia ficción popular impresa en revistas pulp, el recurso de viaje al futuro por efecto de sueño o hibernación fue bastante común, destacándose la serie de Laurence Manning iniciada con The Man Who Awoke, de 1933. El protagonista de Wells, un agitador socialista del siglo 19, va más allá que Julian West y, atacado por insomnio en razón de una disputa política con colegas de su movimiento, acaba durmiendo durante 203 años.
Looking Backward es una utopía; su héroe despierta para encontrar una realidad socialista bien estructurada, y la visión de este mundo, entregada por Bellamy, llevó a la creación de casi 200 "Clubes Bellamy" en los EE.UU. de fines del siglo XIX, para promover sus utópicos ideales. Aún cuando Wells también fuera socialista, su propósito era el cuento cautelar, por tanto su héroe, Graham, despierta (espontáneamente) en los primeros años del siglo XXII y encuentra aquéllo que en verdad es un mundo en que ciertos aspectos del capitalismo fueron exacerbados violentamente, y él se ve irónicamente en el centro de todo.
Dos amigos de Graham, presentes en los primeros capítulos del libro, acaban dejándole (a él, que duerme en una profunda catalepsia) sus fortunas resultantes de avances tecnológicos que ellos introdujeron en el mundo. Graham no está oficialmente muerto, y de ese modo las fortunas de los dos no se perderán después de sus muertes. Se organiza un Consejo de doce consejeros para administrar estas posesiones acumuladas en torno a una persona inconsciente. Con el paso de las décadas (y la substitución de los doce consejeros), este Consejo va alargando su influencia, reuniendo más y más posesiones en torno al dormilón, manipulando gobiernos y dirigiendo avances tecnológicos y situaciones financieras para acumular más y más poder. Al despertar, Graham es el "propietario" -dueño de la mitad del mundo, patrón virtual de miles de millones de seres humanos que lo consideran un lider mesiánico, envuelto en mito y leyenda, adorado, mientras estuvo dormido, en una habitación expuesta al mundo -como el aún venidero cajón de vidrio de Lenin.
Una vez despierto, el héroe al principio se interesa más por las novedades tecnológicas del momento -el avión, en especial, al que dedica mucha atención, hasta que la joven Helen Wotton se hace escuchar: le informa que el pueblo lo espera. Hasta entonces, y a pesar de los apuros que debe enfrentar, cuando llega ante el actual Consejo de los Doce y se entera de que será ejecutado por orden de ellos, y más tarde a pesar de haberse distanciado del grupo de revolucionarios que lo rescata en el último instante, Graham se había manifestado satisfecho por dejarse llevar por el grupo del líder rebelde Ostrog. Queda claro, Ostrog ahora desea ser el líder de la situación, manteniendo la estructura social y económica vigente, teniendo a Graham únicamente como figura de proa.
Lo que el héroe aprende, luego de "despertar" por segunda vez, es que no es tan sólo el mundo futuro que vive esta grotesca situación de acumulación de capital y de propiedades, sino que la clase trabajadora fue extirpada de toda y cualquier identidad de clase y de poder de organización. Sus miembros son tratados por el sistema como indigentes, y trabajan literalmente por un plato de comida y por un lecho donde dormir, volviendo a la indigencia y la "caridad" de la Empresa del Trabajo, al día siguiente.
Confrontado por Graham, Ostrog lanza tanto a la elite como a los trabajadores una misma mirada, fría y dura, de darwinismo social: Un grupo se extinguirá por el deleite de la indolencia millonaria en ciudades de placer, y el otro ya fue vencido por la evolución -sus miembros, que no consiguieron una vida mejor, también van a encontrar la muerte por la explotación de su trabajo. Quedará apenas el omnipresente aparachnik.
La novela es intensa y relativamente corta, y es meritorio que presente tanta variedad de situaciones e implicancias, en un flujo vigoroso de narrativa exaltada. El despertar de Graham está envuelto en situaciones farsescas, para dar lugar enseguida después a la movilización caótica de sublevación popular en una ciudad-domo a oscuras. Pasado el pandemónium, éste puede vislumbrar la superficialidad de la elite del futuro, y lo que ella hizo con las artes y la literatura -los filósofos son usados para entretener jóvenes mujeres en el estudio de las relaciones amorosas de los personajes literarios, y el artista plástico más loado de la época es un peluquero. Más tarde, Graham vuela desde Londres, donde transcurre la acción, hasta Europa Continental, en una panorámica que alarga los horizontes de la narrativa. El hecho de que toda la organización urbana se limite a las ciudades-domo es otro argumento de un capitalismo hipertrofiado -todas las personas viven como si fuese en un hotel, analiza el protagonista, un hotel que le pertenece, y en el que todos los servicios son cobrados.
J.D. Beresford argumenta, en un estudio sobre Wells, que When the Sleeper Wakes marca el momento en que el autor se aparta de la novela de ciencia ficción que venía escribiendo hasta entonces, y se vuelve más abiertamente moralizador. No obstante, hay mucha aventura, desbandadas, una bocanada de love story y muchas maravillas científicas en la novela -incluyendo el transporte aéreo internacional y la enseñanza de la hipnosis, la telecomunicación visual, y todo el mundo llevando sus i-pods wellsianos (las Máquinas Parlantes, de acuerdo al libro) publicitando los productos del momento. Pues Wells nunca fue un lúdico, como Scott resalta en la introducción, sino un autor fascinado por la tecnología.
Es interesante, para los fanáticos de la ciencia ficción, entrar en esa visión de un futuro alternativo, pintado por la ciencia ficción del siglo 19, y del cual sobresale uno de los leitmotivs más constantes, el de la conflagración urbana que traducía la ambigüedad con que los intelectuales de la época (Wells entre ellos) recibían la democrática promiscuidad de clases en el urbanismo creciente del siglo 19. Y, como exige la simetría de la novela, el desorden inicial debe ser seguido por otro, ahora marcado por una batalla aérea (¿la primera de la ciencia ficción?), en que Graham, ya conquistado por el lado rebelde y piloteando un pequeño aparato, intenta interceptar al vasto escuadrón de aeronaves de transporte que avanza sobre Londres, como un ejército de "policías" negros importados de África del Sur.
En When the Sleeper Wakes Wells derrumba el temor del "peligro amarillo" tan en boga en la literatura popular de entonces, afirmando que en el futuro el europeo aprendió por fin que el "hombre amarillo" tanto desea la paz y el trabajo como cualquier otro ser humano, y los personajes orientales aparecen aquí y allá, como Asano, un paje de Graham. Pero la reacción del héroe a la llegada de los africanos es de prejuicio racial: "Estos negros no deben venir a Londres", dice a Ostrog, mientras aún había diálogo entre los dos. "Los hombres blancos deben ser gobernados por hombres blancos." Pero esa visión del hombre del siglo XIX es relativizada por Wells más adelante: "Estos negros son salvajes, controlados por la fuerza, usados como fuerza", argumenta Graham en esta oportunidad dirigiéndose a Hellen. "Y han estado bajo el control de los blancos durante doscientos años. ¿No se trata de una disputa racial? La raza (blanca) pecó... la raza pagará."
Wells, escribiendo un cuento cautelar y cercado de discursos deterministas, no se libra del determinismo en esta novela notablemente compacta e intensa, que arroja una mirada fatalista sobre el héroe, quien al final de su trayectoria, al menos deja para el mundo una herencia abierta.
(*) Nota del traductor: existe una traducción al castellano bajo el título "Cuando el dormido despierte" (Toribio Taberner Editor, Barcelona, 1905). El autor aparece en esa edición como H.J. Wells.
Terra Magazine