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Pulp Fiction: pulpa de madera

Especial
Pulp Fictioneers: Adventures in the Storytelling Business, de John Locke.

Roberto de Sousa Causo

Vale la pena revisar Pulp Fictioneers: Adventures in the Storytelling Business, de John Locke, ed. Silver Spring: Adventure House, 2004, 240 páginas. Es un libro con profusión de fotos e ilustraciones en el que se revisa la historia del que hoy se considera un género: las pulp fictions.

Arthur J. Burks fue un autor de aventuras aéreas para las pulp magazines. No creó un héroe pulp como el G-8 y sus clones, aunque también escribió historias de detectives y vaqueros. Fue, durante algún tiempo, un "autor de un millón de palabras por año", en una época en que las revistas pagaban 1-3 centavos de dólar por palabra.

Pulp Fictioneers comprende cuatro artículos de Burks, una antología de textos de y sobre autores pulp y su particular mundo, reunidos por John Locke para Adventure House, editorial americana que mantiene vivos la memoria y el espíritu de la pulp fiction en el siglo 21. Algunos de los artículos de Burks son conmovedores.

Es curioso, porque la literatura de las revistas pulp era vista como parte de un gran negocio, el entretenimiento colectivo de mayor difusión en su época, base de productos llevados a la radio, al cine y a los comics. Sin embargo, Burks nos hace ver que tanto él como sus colegas estaban tan comprometidos con la honestidad artística como los escritores "serios".

"Cuando no estoy escribiendo, o pensando en una historia, no me siento vivo", dijo "¡Pero cuando estoy escribiendo, todo es diferente! Me gusta escribir, si no escribo me enloquezco. Y cuanto más quiero escribir, más se atropellan las palabras para llegar al papel. Soy feliz. Estoy tan interesado en el final de mi historia como espero que lo estén mis lectores - aunque en ese momento yo no pienso ni en los lectores, ni en los editores, en lo único que pienso es en plasmar la historia en el papel. Me quema por dentro intentando salir..."

Burks, a pesar de vivir de la escritura, evitaba adaptar sus historias a las políticas editoriales de la revista que las publicaba, y decía escribir no sólo por dinero, sino para expresarse.

El término "pulp" viene de pulpa (de madera), material con que se hacía el papel de esas revistas y que resultaba ser el perecedero y barato "papel de diario". En contraposición existían las revistas "slick" - referencia al papel liso, más caro y duradero. Esas revistas - The New Yorker, Saturday Evening Post, Esquire y otras - estaban dirigidas a la elite y vivían de anuncios, por eso pagaban más a sus colaboradores; las pulps llegaban a la clase trabajadora y sobrevivían de la circulación, pagaban menos y recurrían más a una temática sensacionalista. En la década de 1920 se las conocía como "revistas pulp"; ya en la década siguiente, el término pulp se referiría al tipo de ficción reproducida en sus páginas.

Algunos de los artículos tratan del naciente mercado de revistas de cienca ficción. H. Bedford-Jones, escribiendo para Author & Journalist en 1931 (la mayor parte de los artículos de esa antología salió de revistas dirigidas a escritores profesionales, como ésta y la aún existente Writer's Digest), ironiza: "El fenómeno más raro de la historia reciente de las revistas es el grupo llamado historias extrañas o terroríficas. Este género, considerado popular durante los últimos treinta años, produjo, el año pasado, una amplia gama de revistas especializadas, algunas de las cuales afirman, extrañamente, basarse en la ciencia. Estos cuentos fantásticos son, por lo general, muy toscos, aunque algunos están escritos con asombrosa imaginación y una intensidad cautivante. La popularidad de ese tipo de revista es un triste reflejo de la mentalidad de sus lectores."

Hugo Gernsback, el creador de la expresión "ciencia ficción" y de la primera revista especializada en el género, Amazing Stories, aparece con un artículo y una nota solicitando historias. En esa nota emerge un Gernsback diferente al atacado por Brian Aldiss y otros, al que llamaron promotor de una visión estéril y cientificista de la CF. Desvinculado de Amazing Stories, y ya editando Wonder Stories, pedirá cuentos sobre "...seres humanos teniendo aventuras humanas, escritas desde el punto de vista humano... Las historias deben ser razonables y lógicas. No queremos historias demasiado sexuales, ni de fantasmas o espíritus."

En 1940, Amazing Stories editada entonces por Jerry K. Westerfeld, dice en el artículo The Sky's No Limit, que "la gran ventaja de las pulps de ciencia ficción sobre las otras revistas pulp es que los lectores son leales y están muy encima del Q.I. promedio del lector pulp". El artículo de Westerfeld es largo y rico en informaciones, y le comenta a los fans de CF que: "De 500 mil lectores de ciencia ficción, sólo unos 500 son fans. Pero estos 500 hacen mucho ruido y acaparan la atención".

Por ese entonces ya ejemplificaba esa devoción de los fans citando a Jack Darrow, un fan que escribía a todas las revistas y tenía una colección de revistas pulp valorada, en 1940, en mil dólares. Los Fanzines también fueron mencionados por Westerfeld. Eando Binder, hoy prácticamente olvidado, es citado como el autor número uno de CF.

Durante la guerra, Nat Schachner, activo escritor de CF de esa época, escribió Pulp Writers Have a Job to Do (1945), convocando a sus colegas a integrar en sus historias a las minorías como judíos, negros, italianos y mexicanos, en otros papeles además de los de villanos, como "individuos envueltos en situaciones humanas, con el amplio abanico de carácter y rasgos de personalidad comunes a todos los seres humanos", y así "ayudarían, más que mil sermones y mil editoriales, a eliminar los viciosos mitos y propaganda nazi".

Frente al conflicto, los autores y editores pulp levantaron otras causas. La causa feminista fue alentada por la editora Jane Littell en Now's Your Chance (1943), y en War and the Escape Writer (1943) Joel Townsley Rogers, otro autor de aventuras aéreas, observa que algunos escritores profesionales que no se habían podido alistar tenían algo que aportar, y anunciaba el papel de las pulp magazines como entretenimiento de las tropas.

Rogers evoca una batalla entre alemanes e ingleses en Flanders, en mayo de 1940: "¿Y qué son esos tesoros en el barro sangriento de Flanders que sólo una gran y terrible derrota obligaría a esos hombres a abandonarlos?" Entre algunos items aparece, "copias muy usadas de Western Stories, Action Stories, Argosy y Thrilling Tales".

Irónicamente, la necesidad de atender a las tropas provocó el fin de la era de las revistas pulp -durante la guerra surgió el paperback (libro de bolsillo) como una alternativa editorial barata. El paperback fue la tendencia de post-guerra y se ubicó en la cima de las reediciones (muchas veces no remuneradas) de historias ya vistas en las pulps.

Pulp Fictioneers está lleno de datos, anécdotas, cartas, reproducciones de tapas y encuestas de opinión y de mercado que amplían su rol documental. Hay también testimonios de cómo los militantes de la ficción pulp eran concientes de su posición menospreciada en el escenario de la cultura americana. Provocador, en su artículo Rogers dice que Hemingway era "un escritor pulp, por supuesto, y de los buenos", afirmación que llevaría a un crítico como el brasileño Otto Maria Carpeaux (autor de Hemingway: Tiempo, Vida y Obra) a arrancarse los pocos pelos que le quedaban.

Estos artículos hablan también sobre la diferencia entre pulps y slicks. Los Hacks o "escritores fantasma", según el elitismo de la época, escribían para las pulps; los autores serios, para las slicks. Se decía que un escritor pulp "se graduaba", cuando pasaba a escribir para las slicks. Pero muchos autores de los artículos de Pulp Fictioneers consideraban esa diferencia entre ficción popular y el mainstream literario como una simple cuestión de énfasis en el enredo y en la acción, por un lado, y en la caracterización de los personajes, por el otro. Nada de la "charla artística" - artsy fartsy, para esos americanos - de la que tanto se ocupan los cursos de Letras y los cuadernos culturales -, aunque a veces resulte un alivio.

Esos hombres y mujeres eran ante todo profesionales que se dirigían al lector con la firme misión de comprometerlo, hasta los huesos, con la lectura. Todo lo demás - y, sin duda que autores como Raymond Chandler, Dashiell Hammett, Isaac Asimov, Ray Bradbury, Stanley G. Weinbaum y muchos otros enriquecieron sus textos - venía después de esa simple regla de honestidad literaria que descalifica la pretensión y el elitismo.

Escritor y crítico, Roberto de Sousa Causo es autor de la novela A Corrida do Rinoceronte.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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