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La revolución inconclusa de Juan Ramón Carrasco en Uruguay

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Juan Ramón Carrasco: para nuestro columnista uruguayo, un "charlatán".

Jorge Barreiro
Montevideo, Uruguay

Huérfano de hazañas en las que inspirarse, el fútbol uruguayo viene arrastrando hace ya cuarenta años su desafilada garra charrúa por los yermos campos de juego. Desesperanzado, el pueblo futbolero se embriagó con ese fatal cóctel de tradiciones y mercado que impregna al fútbol y a tantas otras esferas de la vida social. Unas condiciones inmejorables para que crezcan y se multipliquen los profetas y ayatolás, para que pululen las teorías más extravagantes y estrafalarias sobre el fútbol y la vida. Y en eso llegó Juan Ramón Carrasco, a revolucionar el fútbol uruguayo, a hacer temblar hasta las raíces del césped. A subvertir un orden decadente, sostenido por la ignorancia. Y, como era de prever, una parte de la masa se alistó en las falanges del carrasquismo.

Ahora tenemos a sesudos analistas que nos cuentan que hay un antes y un después de que Carrasco iniciara su larga marcha como director técnico. Los hay incluso que hablan de un Carrasco inmaduro y un Carrasco maduro, como se habla de un Marx hegeliano y un Marx científico. Su escuela fueron las catástrofes de Rocha FC, Fénix y la selección uruguaya, pero en River Plate se habría operado el salto cualitativo y aparecido el Carrasco maduro, el que aprendió la lección.

River Plate les ganó durante el campeonato, conviene recordarlo para no perder la perspectiva, a todos los equipos chicos. Nombres insignificantes que tal vez nadie conozca fuera de las fronteras de este país. Bella Vista, Rampla Juniors, Miramar Misiones, Fénix y un largo etcétera, que sólo con buena voluntad pueden llamarse profesionales, sufrieron las goleadas de los dirigidos por ese Lenin futbolístico en el que al parecer quiso transformarse Juan Ramón Carrasco.

Pero las mieles de esos triunfos resultaron un espejismo: una cosa son las escaramuzas previas al asalto del poder y muy otras las batallas decisivas. Por no apartarse de su audaz libreto, el River Plate de Juan Ramón Carrasco perdió sin atenuantes contra aquellos equipos a los que debía vencer si quería ser campeón: Nacional, Defensor, Peñarol.

Resultó conmovedor asistir a la final del campeonato Clausura en la que unos jóvenes desinhibidos tuvieron a Peñarol contra las cuerdas y le endosaron tres goles, que pudieron ser un par más. Pero cuando la sensatez, el sentido común y la experiencia de los clubes más importantes del mundo recomendaban seguir aquella estrategia leninista de dar un paso atrás para poder dar dos adelante, Carrasco se afilió a la tesis trotskista de la revolución permanente. Como muchos revolucionarios inexperientes, creyó que el asunto dependía de la voluntad. Tras ir ganando por dos goles en medio del silencio de 60.000 incrédulos espectadores, siguió atacando, quién sabe si con la expectativa de ocupar la Bastilla futbolística en medio de fuegos de artificio y su nombre coreado por la multitud. El adversario sumaba atacantes, pero ante el estupor generalizado River Plate defendía con tres hombres, que trataban de multiplicarse para detener la avalancha. Pero su zaga tenía más agujeros que la frontera afgano-paquistaní y el comité central carrasquista no movió un dedo para obturar las incursiones del talibán aurinegro. Tan incomprensible e impotente resultó la actitud de Carrasco que, más que una revolución, parecía estar encabezando una misión de cascos azules. Lo que siguió fue la crónica de una derrota anunciada: Peñarol dio vuelta el partido, como Nacional un mes antes. Y Carrasco con la misma cara de desconcierto que un abadejo atrapado en un trasmallo. Eso sí, riéndose, como diciendo "si me hubieran hecho caso...". Eso es lo que pasa, que no le hacen caso. Como buen líder revolucionario, Carrasco también alimenta el culto a la personalidad. Los errores son siempre de los demás.

Es que Carrasco (y su coro de admiradores lo acompaña) se ufana de un mérito por demás dudoso: morir con las botas puestas, resistir, jamás cambiar el libreto. O sea, ¡que se agrieten los campos de fútbol, que nos trague la tierra, pero retroceder jamás! Mi credencial es la coherencia. He aquí la consigna de un idiota (sea en su versión futbolera como ciudadana).

La corrección política, que también existe en el universo del fútbol, indica que hay que rendirle tributo al fútbol lírico, ofensivo y revolucionario de Carrasco. Pero a diferencia de la política o la moral, en el fútbol no existe el deber ser ni los merecimientos ni la justicia. En el fútbol el único criterio para el reconocimiento son los triunfos. Y el gran subversivo de las tradiciones futbolísticas que pretende ser Carrasco sólo ha cosechado pequeños triunfos y monumentales derrotas.

El problema, el irresoluble problema del fútbol uruguayo es que siempre está a la espera de un Renacimiento que le devuelva las glorias pasadas, esas que supo saborear en la prehistoria de este deporte, porque, seamos francos, el primer Mundial y Maracaná pertenecen al Paleolítico. En la era moderna Uruguay apenas conquistó un cuarto puesto en el Mundial de México 70. Y cuando las expectativas son tan desmedidas como para pensar en que Uruguay puede regresar a corto plazo a la élite del fútbol mundial, la masa (convenientemente acicateada por esos nigromantes y prestidigitadores que son los periodistas deportivos) está dispuesta, como también ocurre en política, a creer casi en cualquier cosa. Por ejemplo, en charlatanes como Carrasco, capaz de sacar a un jugador a los diez minutos de haber entrado a la cancha o de ofender el buen juicio futbolístico incluyendo en sus equipos a columnas jónicas como Cono Aguiar y Nelson Abeijón, o estructuras metálicas como Germán Hornos y el ¿Hueso¿ Romero, tal como hizo cuando dirigía a la selección uruguaya. El regreso de Carrasco a la selección uruguaya que muchos ansían, bien podría terminar confirmando aquella sentencia de Marx de que la historia suele repetirse, la primera vez como tragedia y la segunda como farsa.

El fútbol moderno que se supone practica Carrasco desconoce el abecé de ese deporte, que sí dominan el Manchester United, el Chelsea, el Real Madrid o Boca, equipos que cuando tienen que defender porque van ganando, defienden. Y cuando pueden contraatacan. Entre otras cosas, Carrasco no ha aprendido aún que para atacar hay que tener la pelota, que no basta con acumular delanteros. Tampoco se dio por enterado de que nadie juega del mismo modo contra el Livorno que contra el Milan, ni contra Bella Vista como contra Peñarol. Quiso inventar la pólvora y el invento le explotó en la cara. Carrasco se quedó a las puertas del Palacio de Invierno. Con cara de abadejo desconcertado.

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