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Wikimedia/Gentileza
Para el autor de esta nota, Guevara tiene muchas menos virtudes de las que se le pretende asociar.
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Jorge Barreiro
Montevideo, Uruguay
Cada aniversario del asesinato del Che Guevara es una ocasión para que la prensa, la industria editorial y partidos políticos del mundo entero (iba a decir de izquierda, pero el asunto la trasciende ampliamente) divulguen los aspectos más angelicales de su biografía y su pensamiento político, le rindan culto y devoción y lo eleven a la categoría de santo. A cuarenta años de su muerte, puede decirse con propiedad que la figura del Che Guevara ha sido deshumanizada e instalada fuera de la historia. El Che está hoy por encima del bien y el mal y quien se atreva a impugnar sus dogmas será tratado de la misma forma que los feligreses tratan a los herejes.
Este 2007 no ha sido la excepción a la regla. Sin embargo, muchas apologías que he tenido la oportunidad de leer este año ponen el acento en un fenómeno específico: la trivialización y mercantilización de la figura del "guerrillero heroico". La indignada denuncia de este uso espurio de un líder revolucionario, cuya preocupación primordial habría sido enterrar el capitalismo, lleva implícita la idea de que hay un Guevara de escaparate (el impreso en llaveros, postales y camisetas, que habría sido domesticado y convertido en políticamente correcto) y un Guevara "auténtico", el de las esencias revolucionarias, que el puro negocio se habría propuesto -y conseguido- ignorar.
Estas líneas pretenden ocuparse del auténtico Guevara.
Uno de esos aspectos ausentes de la versión soft del Che, pero centrales en su vida, habría sido su coherencia entre pensamiento y acción. Incluso aquellos que casi nada saben de lo hecho y deshecho por el Che destacan este aspecto de su personalidad, la insobornable fidelidad a sus ideas, el heroísmo con el que se entregó a la causa revolucionaria que le llevó incluso a sacrificar su propia vida. Puede entenderse semejante énfasis en los nada heroicos tiempos que corren, pero nada excepcional hay en esos caracteres biográficos del Che Guevara. Desde tiempos inmemoriales ha habido hombres y mujeres que fueron capaces de defender sus convicciones aun en las circunstancias más adversas. Cada día asistimos a actos de heroísmo, incluso al martirio, de combatientes al servicio de las causas más diversas y estrafalarias. Militares fascistas, sacerdotes de todos los credos, políticos liberales, fanáticos de todas las ideologías y miembros de todas las sectas han sido y siguen siendo capaces de dar la vida por su dogma. De modo que nada hay de excepcional en este aspecto de la vida del Che Guevara.
Nada de excepcional ni nada que justifique convertir esos atributos en virtudes, porque el culto al heroísmo, la celebración del coraje y la valentía (de la muerte incluso) son como navajas de doble filo, sobre todo cuando se está dispuesto a morir pero también a matar por las propias ideas. Ya lo dijo Juan Carlos Onetti: un hombre valiente y con fe es tan peligroso como una fiera herida. Por mi parte, no acierto a ver nada de revolucionario ni de libertario en el culto de la valentía y el heroísmo, sino más bien de reaccionario, aunque comprensible en un país de machos tangueros, donde tenemos muchos antecedentes de esta idolatría del coraje que no repara en los fines a cuyo servicio está puesto ese atributo. Por mencionar apenas uno, recuerdo el de los ex guerrilleros que no tienen remilgos en exponer sus respetos a los "enemigos" que se "jugaron por sus convicciones", como si el arrojo fuera en sí mismo una virtud y los fines políticos un detalle del que se puede prescindir olímpicamente.
Pero no se puede. Y menos que menos en el caso del Che Guevara, cuya actividad e ideas políticas marcaron una época, dividieron las aguas de la izquierda y condujeron a miles de jóvenes latinoamericanos a empuñar las armas en selvas y montañas, donde encontraron la muerte o fueron víctimas de la indiferencia de quienes en el imaginario guevarista estaban llamados a sumarse a su rebelión. Con todo, no es únicamente el pasado -me refiero al itinerario del propio Che- el que nos impide divorciar una actitud ética supuestamente ejemplar de su ideario y su conducta política, ya que aún hoy asistimos a la reivindicación de un vago e incierto guevarismo con pretensiones políticas y hasta quienes en su momento tomaron profiláctica distancia de sus postulados e iniciativas se consideran sus herederos.
Por eso mismo estoy de acuerdo en que no es de recibo confinar sus primitivas ideas políticas a los archivos del departamento de historia de alguna Facultad y quedarnos con el Che impoluto, el de las buenas intenciones.
Cuando me refiero a sus ideas, no estoy pensando únicamente en su aspiración a una sociedad más justa y libre, sino también a las formas de acceder a ella. Ambas cuestiones son inseparables en cualquier estrategia y teoría del cambio social. Dado que entre los muchos que aspiran a desterrar la injusticia y la opresión de este mundo hay más desacuerdos que acuerdos (como ocurre incluso entre los que descreemos que tan loable propósito pueda alcanzarse cabalmente bajo el capitalismo), las ideas acerca de cómo lograrlo son acaso tan o más importantes que aquél. Afirmar que se comparte el ideal del Che Guevara de una sociedad justa e igualitaria (una afirmación nada sencilla de sostenerse por cierto) y al mismo tiempo desentenderse de la discusión sobre cómo acceder a ella es afirmar una perfecta banalidad, que todo el mundo podría suscribir. Proclamar que se está en contra del estado actual de cosas y apelar a la mera voluntad para superarlo se parece más a una ensoñación que a un posicionamiento político. Aquí reside precisamente la diferencia entre las buenas intenciones y una política fundada en argumentos que expliquen quiénes, por qué y cómo emprenderían ese cambio radical de la sociedad. En el caso del Che se echa en falta lo segundo o, más precisamente, cuando intentó ponerse a la altura de ese desafío desembocó en un delirio teórico y en una tragedia práctica.
¿Qué queda, pues, del Che si se lo despoja de su aura romántica y heroica?, ¿hay algo que rescatar de su legado para la acción política en los tiempos presentes? Después de haber leído buena parte de sus escritos y mucho de lo que otros han escrito sobre su "pensamiento", creo que nada. Quienes pretenden lo contrario, dirán que su idea del socialismo ("hombre nuevo" incluido) y su teoría de la guerra revolucionaria han sido aportes originales al desarrollo del ideario socialista. Ninguna de las dos son inventos del Che Guevara, hay que decirlo.
El Che Guevara, al igual que Stalin y Mao, tenía una idea completamente mistificada del socialismo; estaba convencido de que en Cuba se estaba construyendo una sociedad sobre bases enteramente diferentes a la capitalista. Creer, como creían el Che, Mao y Stalin, que era posible un archipiélago socialista en un océano capitalista hubiera hecho sonrojar a su supuesto mentor ideológico, el señor Carlos Marx. Precisamente esa ilusión fue la que condujo a erigir los opresivos regímenes que imperaron e imperan en el llamado socialismo real, porque sólo por la fuerza puede fundarse (intentar fundarse más bien) un régimen para el cual no están dadas las condiciones económicas, sociales y culturales.
Pretender instaurar un orden que no esté regido por las determinaciones de la producción mercantil en un país atrasado desde el punto de vista del desarrollo capitalista, sometido a la tiranía de la necesidad, y en particular cuando en los países más desarrollados impera una economía de mercado, es una gigantesca quimera. Y a ella se aplicaron tanto los revolucionarios cubanos como rusos y chinos. Al menos al principio, puesto que una vez consolidadas sus respectivas dictaduras sospecho que tenían plena conciencia de que aquello no era el "paraíso socialista" que evocaban.
De más está decir que el Che jamás despertó de ese sueño. Ni siquiera cuando el mismo ya se parecía más a una pesadilla. De ello dan cuenta su fracasada pretensión de que los intercambios comerciales entre países "socialistas" no estuvieran regidos por estrictos cálculos de costos de los bienes intercambiados y su famosa teoría de los estímulos morales para aumentar la productividad de los trabajadores cubanos. El "hombre nuevo", al que el Che Guevara quería dar forma como se le da forma a una figura de plastilina, faltó con aviso. Y no podía ocurrir otra cosa en una isla monoproductora de caña de azúcar en la que el trabajo suministrado por cada uno siguió siendo la medida de lo poco que se podía adquirir en el mercado.
Eso no lo empujó a revisar sus consideraciones sobre la Unión Soviética y Cuba, a las que siguió considerando sociedades socialistas, lo que da cuenta de forma más que elocuente del tipo de sociedad justa y libre que tenía en la cabeza el "romántico" guerrillero. En su desvarío, Guevara llegó a sugerir en un artículo que en Cuba se estaban dando los primeros pasos hacia el comunismo.
El Che jamás se apartó de la ortodoxia, a pesar de que algunos quisieron creer que detrás de sus tímidas críticas al burocratismo soviético se ocultaba un trotskista tropical. Otro tanto puede decirse de la supuesta oposición entre un Che libertario y un Fidel prosoviético, de la cual no hay más que especulaciones y conjeturas, pero ningún documento, dato o testimonio que la confirme.
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