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Periodismo deportivo elige entretener antes que informar

Reproducción
El Soccer 2008, videojuego oficial de la FIFA. Otra forma de distracción del ente deportivo más cuestionado del planeta.

Ezequiel Fernández Moores
Buenos Aires, Argentina

Más de mil periodistas presenciarán la final de la Liga de Campeones del fútbol europeo que se jugará el 21 de mayo en el estadio Luzhniki, de Moscú. Apenas ocho periodistas estaban, en cambio, el 12 de marzo pasado en el tribunal suizo de Zug cuando el juez Marc Siegwart denunció el máximo escándalo de corrupción en la historia del deporte mundial, sobornos de casi 140 millones de dólares para corromper a dirigentes de Federaciones como la FIFA, el Atletismo (IAAF) y el Comité Olímpico Internacional (COI), entre otras.

No es casual. La ONU declaró en 2005 que ese era el Año Internacional del Deporte y la Educación Física. Sólo tres artículos aparecieron al día siguiente publicando el anuncio, sobre un total de 10.000 que fueron analizados en 37 diarios de diez países del Primer Mundo. La noticia central de ese día de la prensa deportiva había sido el nuevo peinado del crack inglés David Beckham.

El colega chileno Felipe Bianchi Leiton enumeró hace unos días en su columna en Terra Magazine las limitaciones de la prensa deportiva de su país y de la Argentina a la hora de informar. Es que informar -dar forma- ya no importa. En el periodismo deportivo del mundo entero lo esencial es entretener.

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En Argentina, la señal de TV deportiva por excelencia, Torneos y Competencias Sports (TyC Sports), despidió sobre fines de 2007 a periodistas que apenas insinuaban hablar de los trapos sucios de la Asociación de Fútbol Argentino (AFA), que es socia del canal.

Ya lo había sufrido años antes el programa El Sello, levantado por preguntarle a Julio Grondona, presidente de la AFA, por qué no había árbitros judíos en la Primera División del fútbol argentino. Peor aún fue con un documental que ventilaba páginas oscuras del Mundial 78. Jamás salió al aire.

¿Y la sorpresiva suspensión aplicada al relator de Fox, Mariano Closs, por criticar al árbitro paraguayo de la final de ida de la última Copa Mercosur, ganada por el club Arsenal de Sarandí, fundado por Julio Grondona?

¿Podría investigar la cadena mexicana Televisa si además de negligencia hubo corrupción en la pésima campaña del América, club que, igual que la TV, pertenece a la familia Azcárraga? ¿Y los canales de Silvio Berlusconi investigarían por qué los árbitros italianos favorecieron en su momento al Milan, club que también pertenece al futuro jefe de gobierno de ese país?

Se trata, apenas, de algunos de los tantos vínculos entre la prensa y las instituciones deportivas. Los nuevos empresarios de los medios, liderados por el magnate Rupert Murdoch, establecieron fuertes vínculos comerciales con Federaciones o clubes deportivos. Son socios. ¿Acaso esos medios podrán investigar libremente eventuales chanchullos? ¿No correrían el riesgo de terminar salpicando a su propio patrón?

Muchos de los nuevos patrones de la prensa deportiva proceden además del mundo del espectáculo. Y a ellos les gusta entretener, no informar. Más que periodistas, prefieren entonces a opinionistas que favorezcan sus negocios, a comerciantes que promocionen técnicos o vendan jugadores, a bonitas de escote generoso que leen cables, a amigotes del jugador y a irascibles que se enfurecen en el micrófono presumiendo independencia, aunque más no sea porque les prohibieron mirar un entrenamiento.

¿Preguntar qué empresas pagaron y qué dirigentes recibieron los 140 millones de dólares de coimas ventilados en el juicio por la quiebra de ISL? ¿Pretender saber a cuánto asciende el salario de Joseph Blatter, presidente de la FIFA? ¿Preguntar por qué la AFA de Grondona entregó el fútbol argentino a la productora TyC desde 1986 y hasta 2014? ¿Y por qué el triniteño Jack Warner sigue al frente de la Concacaf y el paraguayo Nicolás Leoz, de la Conmebol, apañados ambos por la FIFA, no obstante las denuncias de corrupción en su contra?

Hay excepciones, por supuesto. Pero la norma es participar de la explotación comercial del deporte. Y celebrar además la conquista del ídolo. No preguntar de qué modo construyó su hazaña y mucho menos si lo hizo a través del doping. Así como el dirigente es necesario para formalizar contratos, el ídolo deportivo hace falta para mejorar el rating. Ya habrá tiempo para tomar distancia cuando sea necesario. Bien lo saben la ex velocista Marion Jones, diosa del atletismo hasta que fue puesta entre rejas en una cárcel de Estados Unidos. Y el presidente de la Federación Internacional de Automovilismo (FIA), Max Mosley, ahora también en la picota tras la difusión del video de la orgía con tintes nazis que celebró en Londres.

Algunos pocos recordaron estos días en Argentina el trigésimo aniversario de la muerte de Dante Panzeri, mítico periodista deportivo en ese país. Su estilo desprejuiciado y su coraje civil le provocaron 74 querellas judiciales, de las cuales sólo perdió una. Sufrió despidos, retos a duelo y marginación. Escribió libros célebres, como Fútbol: dinámica de lo impensado y Burguesía y gangsterismo en el fútbol. Se fue de la revista El Gráfico para no mentir, lo echaron de la TV y terminó en una publicación sensacionalista, pero publicando siempre fiel a su estilo. Fue la clara oposición al estilo servil y demagógico del popular relator radial José María Muñoz, inventor de la frase de que los argentinos éramos "derechos y humanos" en los años en los que el régimen militar del general Jorge Rafael Videla secuestraba, torturaba y asesinaba ciudadanos.

Panzeri, fallecido el 14 de abril de 1978, hubiese recordado seguramente cuando hace unos años el ex crack brasileño Tostao, que era comentarista de TV, replicó a una definición del empresario de la productora Traffic, José Hawilla, quien había dicho que la trasmisión de un partido de fútbol "no es periodismo, es show". Tostao le contestó: "La narración de un partido no es show, es información y educación".

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