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AFP
De primera dama a presidenta, Cristina Fernández de Kirchner demostró ser mejor oradora que su esposo.
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Oscar Raúl Cardoso
Buenos Aires, Argentina
Probó una vez más que es una mejor oradora pública que su marido, el presidente saliente Néstor Kirchner, hablando sin leer un texto escrito -apenas se apoyó en un breve ayuda memoria- y sin que esto le causara el mínimo problema de exposición. Al mismo tiempo ratificó la impresión de que es una dirigente política que no gusta de esquivar el bulto a las cuestiones más espinosas, aun cuando una ceremonia como la de su asunción en el Congreso le ofreciera la oportunidad de hacer a un lado lo más polémico.
Ver » Análisis del discurso de Cristina Kirchner por Oscar Cardoso 
El discurso de la presidenta sugirió tanto continuidades como cambios, aunque ella se declaró más favorable a la manutención de las políticas exitosas "porque nadie puede vivir -explicó- en un país en el que todo cambia cada cuatro años", que es el límite de los mandatos presidenciales.
La reivindicación de la gestión de su marido estuvo presente desde el inicio mismo del mensaje, lo que, al mismo tiempo, presentó como una serie de éxitos logrados "a través de la política". El accionar de los políticos y la práctica misma de la política habían sufrido en los últimos años una seria desvalorización en el imaginario colectivo de los argentinos.
Presentó el crecimiento, el desendeudamiento -sobre todo el pago de la deuda del país con el Fondo Monetario Internacional- la caída del desempleo, la reforma de la justicia y el crecimiento económico para muchos asombroso que ha tenido la Argentina después de largos años de una crisis que parecía terminal, como los estandartes de la gestión que construyó su marido. Obviamente prometió continuar las políticas que hicieron esto posible.
Después eligió algunos pocos pilares domésticos para basar su futura tarea. El primero de ellos estuvo referido a "la calidad y el equilibrio institucional". Aseguró que los tres poderes eran hoy mejor, más activos y más libres para decidir los destinos del país.
Este es un punto que, seguramente, será cuestionado por la oposición, que cree que a través de mecanismos de excepción "leyes de emergencia" y "decretos de necesidad y urgencia" en verdad el oficialismo ha disminuido el rol del Congreso como control del Ejecutivo.
El segundo punto estuvo referido "al modelo de acumulación con inclusión social" que tiene como norte. En esto insistió en su llamado al diálogo de poder público, empresarios y gremialistas para definir el modelo de crecimiento de la Argentina. Es un esquema que es fácil rastrear en la prédica de Juan Domingo Perón (a quien no mencionó en toda su alocución; sí nombró a Evita, sobre el final) y su idea de "una comunidad organizada", aunque las condiciones son hoy diferentes de hace 50 o 30 años y la globalización ha cambiado mucho del poder que cada uno de los estamentos posee.
Es interesante notar que en este contexto la presidenta ratificó que valores como "pueblo y nación" siguen estando vigentes a pesar de quienes dicen que han sido superados. Cristina también advirtió que no estaba llamando a negociar sólo sueldos y declaró que no había sido elegida "para actuar de gendarme de las ganancias de los empresarios o a dirimir internas sindicales".
También intentó dejar atrás la tradicional rivalidad entre campo e industria, aunque admitió que a ella le gustaría vivir en un país en el que esa industria fuese responsable del grueso de la riqueza nacional. No obstante, agregó, el modelo económico argentino precisa de los dos pilares, sin antagonismos.
Dedicó un tramo a reivindicar la importancia de la educación pública y también de la tecnología -creó un ministerio para este último rubro-, lo que es una forma de destacar la importancia que en sus planes tiene el llamado capital social.
Probó, al menos en la oratoria, la suposición de muchos de que la nueva mandataria tiene un mayor interés en la proyección internacional de la Argentina que el que tuvo su marido en sus cuatro años de gestión. En este punto se destaca la crítica que hizo, sin nombrarlo, a Estados Unidos, diciendo que la Argentina buscará la preeminencia del multilateralismo "porque el unilateralismo" no construye un mundo mejor y se vuelve en contra del combate contra el terrorismo internacional. Las alusiones a Washington y sus aventuras en Irak y Afganistán fueron claramente reconocibles.
El párrafo que dedico al presidente uruguayo Tabaré Vázquez y al diferendo por la planta que fabrica pasta de celulosa sobre el río Uruguay resultó otra muestra clara de su idea retórica de tomar el toro por las astas. La flamante presidenta le prometió a Vázquez -presente en la ceremonia- no hacer nada por profundizar el diferendo, pero reiteró que este era un producto de la violación uruguaya de tratados como el del río Uruguay y prometió seguir defendiendo la posición argentina.
Tampoco fue demasiado piadosa con el Reino Unido al que acusó de mantener una "ocupación colonial" en las islas Malvinas. Y aceptó la posibilidad de mediar entre las FARC y el gobierno colombiano para la liberación de Ingrid Betancourt, aunque sin compromterse demasiado claramente.
Un dato final importante descansa en sus referencias elogiosas a los grupos de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo y en la reivindicación de su propia juventud en el entonces llamado peronismo revolucionario de los años 70, asegurando que esa generación nunca, "a pesar de la derrota", había perdido su voluntad de construir una Argentina mejor.
Terra Magazine