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Ximena Torres Cautivo/Terra
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Ximena Torres Cautivo
La Habana, Cuba
-Que el ciclón viene y nos va a dar candela, muchacha. Hay que ver cómo nos protegemos.
-¿Cómo lo van a hacer?
-Rezando, muchacha, rezando.
La mujer que vende arte y artesanía en el monumental Palacio del Capitolio de La Habana, donde funcionó el Poder Legislativo cubano hasta 1959, y que ahora es sede del Ministerio de Ciencia Tecnología y Medio Ambiente, se encomienda a la divinidad para la que este domingo 7 de septiembre parece ser la peor amenaza natural que ha debido afrontar la isla. La vendedora es parte de un verdadero ejército de funcionarios estatales que se ganan la vida como pueden en estas desangeladas dependencias. A su sueldo agregan "colaboraciones" de los turistas por tareas menores: mostrar un poco más de cerca el salón donde firmaba los decretos el presidente de la Asamblea Constituyente, vender puros a menor precio, ofrecer toda suerte de artesanías, cobrar entrada en los baños públicos, en algunos casos con la radio a transistores pegada a la oreja para no perderse el radioteatro.
La vendedora de arte, como sus compañeras, ahora está atenta a las transmisiones de Cubavisión, donde a lo largo del día el doctor José Rubiera, el meteorólogo más reputado de la isla, va dando cuenta del desastre inminente: Ike, se acerca, desde el oriente, dispuesto a cruzar la isla de este a oeste, cubriéndola entera, con vientos que pueden llegar a los 240 kilómetros por hora. Rubiera, el jefe del centro de pronósticos del Instituto de Meteorología, con su bigote negro, su corbata chillona y su talante sereno, explica con calma chicha y argumentos científicos por qué el Ike "es peligrosísimo".
Pedro es taxista, un negro de visos azulados, que habla con más sapiencia que el propio doctor Rubiera. Comenta que nunca había sucedido que hubiera dos huracanes tan fuertes y tan seguidos en Cuba. "Apenas nos estamos reponiendo de las penurias provocadas por Gustav en Pinar del Río y la Isla de la Juventud y ahora viene Ike", se lamenta. Comenta que los peores ciclones que recuerda la historia de isla son "el de 1926", ocurrido el 20 de octubre de ese año, que arremetió contra la Isla de Pinos y La Habana, matando a 650 personas y dejando pérdidas millonarias, y el Flora, que en 1963, más que duplicó la cifra de víctimas fatales, con mil 500 muertos.
Desde entonces y de tanto en tanto hubo algunos "meteoros" (así los llaman) importantes y muchos "vientos plataneros", de baja intensidad, pero este domingo 7 el panorama se ve negro.
Refugio en "El Floridita"
-Lo peor son los daños que puede provocar Ike en las cosechas y en los negocios, justo ahora que la economía estaba mejorando, y están las posibles pérdidas en vidas humanas.
Pedro menciona, y no es el único, que esta es la oportunidad de que Estados Unidos termine con el "infame bloqueo".
-¿Sabe lo que contestó el gobierno de Bush a nuestro canciller, cuando se solicitó un levantamiento del embargo para adquirir las medicinas y materiales necesarios para componer los daños que provocó Gustav y que dejará Ike? Que antes ellos debían mandar una comisión para que calificara la magnitud de los daños. Nosotros dijimos de vuelta que acá contamos con personal calificado para hacer esa evaluación y que si no quieren prestar ayuda lo digan francamente.
Puestos en el plano de las comparaciones odiosas, conmueve la inutilidad de las acciones que proponen por televisión las autoridades revolucionarias: quedarse en casa, abandonar las zonas bajas, refugiarse en el Capitolio si la situación se pone fea en La Habana.
Eso, mientras en New Orleans, Texas, Louisiana los norteamericanos evacuan en masa y con muchísima antelación zonas que no tienen ni la mitad del riesgo que hoy afronta Cuba. Es claro: Cuba en una isla por partida doble, insularidad geográfica sumada al aislamiento económico. Y los cubanos asumen esta condición con una suerte de telúrica resignación; están habituados a las penurias.
El Floridita, turístico bar en la Habana Vieja donde Hemingway, el segundo Ernesto más famoso de Cuba (el primero es el Che Guevara) le puso su firma al mojito y al daiquiri, está lleno de turistas mojados como diucas. De pronto un aguacero bíblico se dejó caer y aunque es la hora del té, no queda más que adelantar la hora del aperitivo. El chaparrón es apenas una muestra de la proximidad de Ike. Aquí dentro, un equipo de la televisión finlandesa graba un programa de TV en la onda de Ciudades y Copas, un cuarteto canta en vivo Bésame Mucho y los camareros hacen gala de la ya aludida resignación frente a la inexorabilidad de la tragedia que se avecina.
-Su hotel tiene buen subterráneo, señora, no se preocupe ¿me tranquiliza uno de ellos. Y agrega en semiserio: -Ojalá el meteoro se desvíe y le pegue a los Estados Unidos.
-Ojalá -le digo por solidaridad.
Él se emociona y saca conclusiones:
-Bien, parece que la señora es comunista¿
Por la calle del obispo
De pronto, la lluvia escampa y la Calle del Obispo, casi completamente restaurada, se ofrece lavada y brillante para recorrerla en su magnífica integridad desde el Floridita hasta la zona del puerto a la hora del crepúsculo. Es la columna vertebral de la nueva Habana Vieja, que está llena de signos de la mayor apertura económica que Raúl Castro, el hermano de Fidel, impulsa desde que asumió el poder. Abundan las galerías de arte (negocios de gestión privada), algunos bares, cafés (también privados), algo así como fuentes de soda (ídem), varias tiendas con vitrinas que, aunque recuerdan el comercio de pueblos como Lonquimay, hace cinco años eran impensables. Nuestra primera parada consumista es cultural: una librería del Estado muestra abundantes textos políticos, mucha poesía latinoamericana comprometida y uno que otro título de la literatura universal, como un pequeño y modesto libro de Joseph Conrad: Tifón, se llama, y fue publicado por Ediciones Huracán. La macabra coincidencia merece compra inmediata. Por un peso cubano y si los horribles pronósticos meteorológicos se cumplen, tendré lectura en el subterráneo del hotel, cuando la luz se corte, el aeropuerto José Martí se cierre y la Guardia Civil deba actuar.
El paseo por La Habana Vieja es magnífico, aunque el temor de los cubanos ante la inminente llegada del "organismo ciclónico" ensombrece la natural alegría de un pueblo que ni en la peor de sus pesadillas deja de cantar.
En el hotel, la televisión insiste en mostrar al doctor Rubiera y sus siniestros cuadros predictivos, mientras un funcionario de la agencia de turismo receptivo estatal nos avisa que nuestra partida a un resort en Cayo Coco se suspende hasta nuevo aviso. Por ahora se está evacuando a los turistas que buscaban arena y sol, ya que será justamente por esas provincias que el Ike entrará en tierra. El funcionario entiende que nos queramos ir de Cuba. Nosotros somos dos que emprenderemos el vuelo, mientras acá se quedan 12,2 millones de cubanos. El taxista; la vendedora de arte, el funcionario de turismo, el camarero del Floridita¿ Cada uno a su manera buscará refugio sin perder su proverbial capacidad de ponerle al mal tiempo buena cara, y no hablo sólo de huracanes. Nos vamos. En el aeropuerto, atiborrado de turistas que han adelantado sus regresos, escuchamo el comunicado oficial. Dice: "En las pocas horas que nos separan del momento en que los efectos de Ike se hagan sentir en el oriente del país hay que aprovechar cada minuto para adoptar todas las medidas de protección".
Cuáles.
Rezar. No se me ocurre otra.
Epílogo
Al terminar su recorrido de 42 horas por Cuba, Ike mató a siete personas (ya había dejado 66 muertos en Haiti), obligó a la evacuación de 1,2 millones, dañó medio millón de viviendas y dejó importantes secuelas en la agricultura, la industria del níquel y los tendidos eléctricos y de telecomunicaciones.
En su paso posterior por las costas de Texas, hubo graves daños económicos, y se estima que la recuperación de las áreas costeras afectadas se estiman en entre 8 mil y 20 mil millones de dólares.
Terra Magazine