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The New York Times
Thomas L. Friedman
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Thomas L. Friedman
The New York Times
El 3 de septiembre, el New York Times publicó un muy revelador artículo en su portada sobre un asalto a banco en Irak que, de cierta forma, representó nuestra posición en Bagdad y Kabul y la necesidad de elaborar una estrategia para actuar mejor en esos lugares.
El artículo empezó con una noticia espeluznante: Los guardaespaldas de uno de los hombres más poderosos de Irak, el vicepresidente Adel Abdul Mahdi, amarraron a ocho empleados de seguridad de un banco en Bagdad, ejecutándolos a quemarropa enseguida, y se llevaron 4,3 millones de dólares en efectivo. Es el tipo de historia que provoca reacciones parecidas en dos grupos diversos. Aquellos que son a favor de la guerra preguntan en tono de ironía qué es lo que los EE.UU. conquistaron en seis años allá y los que son contra dicen, "Lo sabíamos".
Pero entonces, de repente, la historia toma un giro interesante. Decía que los asaltantes fueron prontamente identificados por testigos y se arrestó a la mayoría de ellos. Después de un corto juicio, una corte en Bagdad condenó a cuatro de los nueve sospechosos a la muerte. A uno de ellos lo absolvieron; a los otros cuatro todavía no se los encontró.
Aunque los mandantes del crimen todavía estén sueltos, "el asalto también demostró, a su manera, que las recién creadas instituciones de Irak, el poder judicial, la media de noticias y su política cada vez más democrática, están probando hasta para la gente más poderosa que no basta chasquear los dedos y enterrar un caso embarazoso", decía el artículo. "Y, al contrario de lo que ocurría bajo el bajo el mando de Saddam Hussein, hubo un juicio justo y abierto a todos, incluso los que deseaban criticar, a pesar de que las sentencias hayan sido decididas en sólo dos días y medio. Se localizó todo el dinero".
¿Y por qué la historia fue tan reveladora? Primero, los iraquíes y afganos tienen una cosa importante en común: Ellos son como niños víctimas de violencia doméstica. Y niños así se vuelven adultos violentos. O sea, sobrevivir a Saddam en Irak o a la ocupación rusa y al talibán en Kabul significó sobrevivir a niveles de brutalidad asustadores. Lo que hizo que muchas personas se volvieran violentas y corruptas para poder sobrevivir.
Lo que se nota en esa noticia del asalto al banco es la lucha entre la antigua cultura política de brutalidad y corrupción de Irak y el nuevo abordaje democrático donde la ley impera.
Ahora que Saddam se fue, tenemos la esperanza de que "la nueva generación crezca con justicia, libertad de expresión y de pensamiento, y democracia para que pueda dejar para atrás la cultura de brutalidad impuesta por Saddam", dijo Joseph Sasson, escritor nacido en Bagdad, autor del libro "Iraqui Refugees" (Refugiados Iraquíes) y profesor adjunto de la Universidad de Georgetown. "Pero no debemos tener ilusiones: los que perpetúan la violencia todavía pueden vencer".
Esto es lo que hemos logrado hasta ahora en Irak: A un altísimo costo, conseguimos hacer una cultura política democrática emerger en el mundo árabe musulmán. Y eso no es algo insignificante. Pero, cambiar una cultura política es difícil. Lleva mucho tiempo para que una nueva tendencia venza -y, para mantenerla, será necesaria una ayuda continua de los Estados Unidos.
En Afganistán, el ejército norteamericano está desarrollando una nueva estrategia, para que el pueblo afgano se sienta más seguro y auxilie en la derrota del talibán. Eso también requiere modificar la política y la estructura del país desde abajo, otro proceso histórico demorado. Allí es imposible visitar una de las escuelas para niñas del humanitario Greg Mortenson y no notar la necesidad urgente de esos esfuerzos. Por otro lado, también es imposible ver una ciudad afgana hecha de casas de barro u observar cómo nuestros "aliados" afganos subvirtieron las últimas elecciones y no notar cómo será difícil.
Cuando visité Afganistán en julio, estuve con un diplomático en la provincia de Helmand y él me contó la siguiente historia: Él había servido en Anbar, en Irak, y un día un oficial de la marina lo vio cargando en sus espaldas a un colega herido y le dijo: "Es mejor que toda esa política valga nuestro sacrificio".
En Irak, por mucho tiempo, nuestra política no correspondió al sacrificio de nuestros soldados. Fue mal planeada y no contó con los recursos necesarios. Antes de seguir adelante con esta nueva estrategia en Afganistán, necesitamos darles a nuestros generales la oportunidad de presentar su estrategia, y tenemos también que insistir para que el Congreso debata la cuestión con más empeño, oír a otros especialistas y, si se decide aprobar la propuesta, autorizar formalmente la acción. Como en Irak, involucraría una larga batalla, y no podemos exigir de nuestros soldados que hagan una cosa que no tenemos estómago para hacer.
En resumen, el presidente Barack Obama necesita comprometerse con Afganistán como George W. Bush lo hizo con relación a Irak, porque Obama tendrá de soportar muchas malas noticias hasta que las cosas mejoren.
El almirante Mike Mullen, presidente del Joint Chiefs of Staff, grupo de las fuerzas armadas de los EE.UU., dijo recientemente en una convención de la Legión Extranjera sobre Afganistán: "Vamos todos a mirar atentamente a esta lucha que trabamos, vamos a evaluar lo que estamos haciendo y los que no estamos haciendo. Prefiero que discutamos nuestra posición con relación a la guerra, intentando hacer lo mejor, que simplemente ignorarla. Porque cada vez que yo voy a la base aérea de Dover y veo cómo vuelven nuestros hermanos, padres y madres, yo me convenzo más de que necesitamos hacer de todo para garantizar que los sacrificios de esas persona no hayan sido en vano".
Terra Magazine