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La trampa del incentivo

The New York Times
Paul Krugman.

Paul Krugman
De The New York Times

Tan pronto como la administración de Obama en ejercicio anunciaba su plan de incentivo -esto fue antes del Día de la Posesión- algunos de nosotros nos preocupábamos de que el plan acabara mostrándose inadecuado. Y también estábamos preocupados que pudiera ser difícil, como materia política, para volver a la siguiente ronda.

Infelizmente, estas preocupaciones se justificaron. El mal resultado del informe sobre el desempleo de junio dejó claro que el incentivo fue, de hecho, muy pequeño. Pero él también afectó la credibilidad de la administración económica del gobierno. Hay ahora un riesgo real de que el presidente Obama se vea preso en una trampa político-económica.

Dentro de poco hablaré sobre esta armadilla, y de cómo él puede escapar de ella. Mientras tanto, déjenme primero volver y preguntar cómo ciudadanos preocupados deberían estar reaccionando a las noticias económicas decepcionantes. ¿Debemos ser pacientes y dar un tiempo para que el plan de Obama funcione? ¿Deberíamos exigir acciones más grande y osadas? ¿O deberíamos declarar que el plan fue un fracaso y exigir que la administración suspenda todo?

Antes de dar su respuesta, considere lo que ocurre en tiempos normales.

Cuando hay una recesión común, normal, el trabajo de luchar contra aquella recesión se lo designa a la Reserva Federal. La Reserva responde cortando tasas de intereses de forma gradual. Reduciendo las tasas un poco cada vez, ella continúa cortando hasta que la economía dé señales de progreso. En ciertos momentos ella da una parada para evaluar los efectos de su trabajo; si la economía todavía está débil, los cortes continúan.

Durante la última recesión, la Reserva cortó las tasas repetidamente conforme la recesión se profundizaba -11 veces a lo largo de 2001. Entonces, en medio a las primeras señales de recuperación, ella paró, dando a los cortes tiempo para trabajen. Cuando quedó claro que la economía todavía no estaba creciendo rápido lo suficiente para crear empleos, se siguieron más cortes de tasas.

Entonces, normalmente, esperamos que las autoridades respondan a los malos números de empleos con una combinación de paciencia y determinación. Ellos deberían darle a las políticas existentes tiempo para que trabajen, pero ellos también deben considerar un refuerzo a estas políticas.

Y es esto lo que la administración Obama debería estar haciendo ahora con su incentivo fiscal. (Es importante recordar que el incentivo fue necesario porque la Reserva Federal, habiendo cortado las tasas hasta cero, se quedó sin munición para luchar contra esta recesión.) O sea, las autoridades deberían permanecer tranquilas de cara a los primeros resultados decepcionantes, reconociendo que el plan llevaría tiempo para proporcionar sus beneficios completos. Pero ellos deberían también estar preparados para reforzar el incentivo ahora que está claro que la primera ronda no fue grande o suficiente.

Desafortunadamente, las acciones políticas de la política fiscal son muy diferentes de las acciones políticas de la política económica. A lo largo de los últimos 30 años, oímos que los gastos públicos son malos, y la oposición conservadora al incentivo fiscal (que puede hacer que las personas cambien de opinión con relación al gobierno) es amarga e implacable, incluso delante de la peor recesión desde la Gran Depresión. Entonces, como se esperaba, los republicanos -y algunos demócratas- trataron cualquier noticia mala como prueba del fracaso, en vez de tratarlas como una razón para reforzar la política.

Por esto el peligro de que la administración Obama se encuentre atrapada en una trampa político-económica, en la cual la propia debilidad de la economía coloca en jaque mate la habilidad de la administración en responder de forma eficaz.

Como lo dije, temía que esto ocurriera. Pero eso son aguas pasadas. La cuestión es qué es lo que el presidente y su equipo económico deben hacer ahora.

Está perfectamente correcto que la administración defienda lo que hizo hasta entonces. Está bien que el vicepresidente Joe Biden viaje por el país, destacando las muchas cosas buenas que el dinero del incentivo está haciendo.

También es razonable que los economistas de la administración pidan paciencia y que destaquen, correctamente, que nunca se esperó que el incentivo tuviera su impacto total este verano, o incluso este año.

Pero hay una diferencia entre defender lo que se ha hecho hasta ahora y estar a la defensiva. Fue perturbador cuando Obama volvió a la confesión de Biden que la administración "interpretó mal" la economía, declarando que "no hay nada que hubiéramos hecho diferente". Había un vestigio del complejo de infalibilidad de Bush en aquella declaración, un indicio de que la actual administración tal vez comparta un poco de la inhabilidad de su predecesor en admitir errores. Y esta es una actitud que ni Obama, ni el país, pueden permitirse.

Lo que Obama debe hacer es hablarle francamente al pueblo estadounidense. Él debe admitir que puede no haber hecho lo suficiente en el primer intento. Él debe recordarle al país que está intentando conducir el país por una seria tempestad económica, y que algunos ajustes de curso -incluyendo, muy posiblemente, otra ronda de incentivo- puedan ser necesarios.

Lo que él necesita, en resumen, es hacer por la política económica lo que ele ya hizo por las relaciones interraciales y por la política externa -hablarles a los estadounidenses como adultos.

Paul Krugman es economista, profesor de la Universidad de Princeton y columnista de The New York Times. Fue galardonado con el premio Nobel de economía de 2008. Artículo distribuido por The New York Times News Service.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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