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The New York Times
Christopher Hitchens
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Christopher Hitchens
De The New York Times
A veces es importante escribir sobre las cosas que no están sucediendo y sobre los perros que no ladran.
Claro que hacer esto es algo peligros, por eso muchos columnistas prefieren no arriesgarse. Puede muy bien haber algún fanático, en este exacto momento, escondido planeando algo que me contrariará. Pero yo insisto en preguntar: ¿Qué les habrá pasado a los terroristas suicidas de Jerusalén?
Hace bien poco tiempo, la combinación de auto flagelo y asesinatos en masa era bastante frecuente en suelo israelí. Muchas personas sacaron las más variadas conclusiones de las investidas, que afectaban tanto os judíos de Israel como los árabes e drusos -que eran muchas veces las víctimas de los ataques- además de los turistas en visita al país. Ya lo pensaron liberales -personas bastante conocidas como la esposa de Tony Blair, Cherie Blair- que la verdadera causa de tácticas tan horrendas y pungentes fuese la desesperación: la reacción de las personas sujetas a la ocupación que no tenían acceso a cualquier otro medio para expresar su miseria y frustración.
Bien, claro que nadie osaría decir que hay menos desesperación los palestinos hoy en día -especialmente desde los terribles eventos en la Franja de Gaza, el retorno al poder de la derecha israelí y la expansión de las actividades de asentamiento de los fanáticos judaicos. Aún así, no hay estimativas comprobadas de que una mayor desesperación causara más suicidios. No hay dudas de que, si hubiera alguna correlación, ella sería al contrario. ¿Cómo es posible eso?
Entre todas las alternativas de explicación, una sería el éxito del muro o "cerca", construida por Israel, parecida -aunque no exactamente con el mismo objetivo- con la "línea verde" de la frontera de 1967. Otra explicación habla de la campaña inescrupulosa de "asesinatos dirigidos", en los que los agentes israelíes eliminaron a líderes importantes del Hamas y del Jihad islámico, las dos organizaciones más involucradas en las "operaciones martirio". Una tercera hipótesis es la tregua temporal, o cesar fuego, que el Hamas (pero no el Jihad islámico) concuerda hacer de vez en cuando.
Pero, en realidad, ninguna de estas teorías realmente explica porqué los ataques suicidas cesaron. O, por lo menos, ellas no explican porqué cesaron si la causa original era realmente la desesperación. Si es desesperación lo que usted siente, entonces nada impide que usted se explote contra la pared como un gesto final de repudio a la arquitectura colonial israelí. Si la desesperación domina su psique, entonces los asesinatos dirigidos de los otros no impidieron que alguien colocara su vestimenta sagrada y tomara un atajo al paraíso, aunque sea protestado en una barricada. Si la desesperación invadió su mente, ¿por qué a usted le importaría eso o las treguas temporales?
Incluso antes de que los ataques disminuyeran, había buenas razones para dudar de que la desesperación fuera el motivo o la justificativa. Primero porque casi todos los ataques suicidas estaban dirigidos a los civiles, especialmente en las zonas judías de Jerusalén o en ciudades de la costa israelí (y una vez en un hotel en Netanya, durante el Pessach, la pascua judaica). Se puede decir con razonable seguridad que nadie toma la actitud extrema de explotar el propio cuerpo por una solución comedida e inconsistente. Esos ataques a sangre fía no sólo evitaban los bien los protegidos asentamientos de Cisjordania o las bases militares israelíes, sino también expresaban la exigencia de que los judíos dejaran Palestina o arriesgaran morir. A desesperación no se la puede dirigir tan fácilmente de forma a resaltar un objetivo político/ideológico tan rígido.
Otro motivo posible para la disminución de los ataques suicidas es que aquellos que los planeaban llegaron a la conclusión de que la práctica traía cada vez menos resultado. La desesperación puede haber ayudado a reclutar voluntarios, pero las necesidades inmediatas del Hamas y del Jihad islámico no requerían la desesperación constante. No hay dudas de que algunas discusiones privadas acaloradas deben haber ocurrido para decidir cómo cesar la desesperación. No todas las desesperaciones logran hacer en casa las fórmulas necesarias para crear explosivos letales. Esas cosas sólo se llevan a cabo con incentivo. Lo que me trajo la siguiente duda: ¿Qué diremos cuando retornen los ataques? Seguramente algunos tontos sugerirán que la desesperación volvió a reinar, aunque esté muy lejos de que esa relación sea verdadera.
Entre la última zafra de terroristas suicidas había niños, algunos que incluso sucumbieron a la presión y se entregaron en el último minuto. Había también jóvenes mujeres, algunas que -al parecer- matarían por asuntos de "honor" y que recibieron la oferta de la alternativa indolora del martirio. Bellacos peligrosos y fanáticos, incapaces de emociones humanas, que estaban decidiendo los días y las horas en los que la muerte llegaría. Y las celebraciones histéricas ululantes, que festejaban el éxito de las misiones suicidas, no significaban desesperación, sino una exaltación religiosa asustadora en la cual a familiares se los animaba a hacer una fiesta conmemorando la muerte de sus niños y de las víctimas de los ataques.
La promesa de que un terrorista gana el paraíso después de una atrocidad de esas, es la prueba cabal de la enfermedad mental y espiritual; pero hacer de él un paraíso sexual es pura obscenidad. (Las mujeres mártires obviamente no reciben el mismo nivel de placer y promiscuidad del Alcorán)
Mientras tanto, el muro continúa firme y creciendo, expresando irónicamente el hecho obvio y mundano de que hay dos pueblos en Palestina. Más tarde o más temprano habrá también dos estados.
The New York Times