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The New York Times
Christopher Hitchens.
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Christopher Hitchens
De The New York Times
La noticia más expresiva, y al mismo tiempo la menos divulgada, de las últimas semanas en Irán fue la de que el mayor oponente al frenético y aislado "Líder Supremo", el ayatolá Ali Khamenei, es el ex presidente Ali Akbar Hashemi Rafsanjani. Y Rafsanjani visitó recientemente la ciudad de Najaf en Irak para una conferencia con el ayatolá Ali Husaini Sistani, oponente de muchos años de las doctrinas de Khamenei, además de encontrarse con Jawad Al Shahristani, el representante de Sistani en Irán.en la ciudad de Qom.
Es justo esa dialéctica entre los chiitas de Irak y de Irán la que permea la declaración sorprendente dada en Qom, la semana pasada, de que el gobierno de Ahmadinejad debe reivindicar su posición de representante del pueblo iraní.
Una de las paradojas flagrantes que involucran la visita a Irán es esta: para encontrar la oposición más inflexible a la autocracia clerical, bastaría sólo visitar las ciudades sagradas de Mashhad y Qom. Es en lugares como esos, sacramentados a los muchos imanes de la mitología chiita, que la oposición más insistente y vívida se hace presente, como también aquel tipo de crítica con la cual los mulás en el poder tienen más dificultad de tratar.
Entonces es muy difícil destacar el significado de la declaración hecha el sábado pasado por la Asociación de Investigadores y Profesores de Qom, una fuente respetada de dogmas religiosos, que no tuvo miedo de exponerse y declaró que el plebiscito reciente, una farsa planificada, fue exactamente esto: un evento falso. (Sobre ese tema, los religiosos de Qom saben mucho más que muchos estadounidenses que se dicen "especialistas" en la opinión pública iraní, que estaban demasiado ocupados en describir a Mahmoud Ahmadinejad como el hombre bruto del pueblo.)
Es fácil interpretar dos cosas de la declaración dada por la asociación. La primera es que el descontento público con los ultrajes de las últimas semanas debe ser más profundo y generalizado que lo esperado. Las diferencias entre los religiosos normalmente se resuelven de forma más discreta. Si los académicos chiitas de Qom se dispusieron a ir a público y a llamar impostor al régimen de Ahmadinejad, realmente deben estar impresionados con la intensidad de la opinión pública. Y la segunda interpretación se origina de la primera: No es un exageración decir que la república islámica, como se presenta ahora, está pasando por una seria crisis de legitimidad.
Un artículo excelente de Abbas Milani, en la edición del 15 de julio de la publicación Nova República, da una fundamentación histórica e ideológica para las fuerzas discrepantes entre los chiitas, en especial el desacuerdo entre los que piensan que el clero debe gobernar en nombre del pueblo (la noción exageradamente reaccionaria del velayat-e faquí, sobre la cual hablé en la columna anterior) y los que discuerdan.
Entre los miembros más sorprendentes de la oposición antiKhomeini está el nieto del ex ayatolá, Sayeed Hossein Khomeini, un religioso relativamente nuevo en Qom, sobre quien ya escribí también. Y entre los más famosos que creen que es profano que el clero se involucre en asuntos políticos está el ayatolá Sistani, líder espiritual de Irak. (Para enfatizar más todavía esa mezcla de los dos países, es bueno recordar que Sistani es, en realidad, iraní y que el ayatolá Khomeini empezó su filosofía de despotismo religioso durante el exilio en Irak.)
Lo que me lleva a una pregunta necesaria: ¿Tendrían alguna influencia la caída del régimen de Saddam Hussein y las elecciones, en las cuales muchos partidos chiitas rivales compitieron, en los acontecimientos recientes en Irán? Hace algunos años, cuando entrevisté a Hossein Khomeini, en Qom, el habló sobre la "liberación de Irak" y parecía desear y creer que el ejemplo se multiplicaría.
Una sola golondrina no hace verano. Pero recuerde: Muchos iraníes van a los lugares sagrados de Najaf y Karbala, en el Sur de Irak, como peregrinos religiosos. Vieron cómo suceden las elecciones nacionales y locales, más o menos justas y abiertas, con partidos rivales chiitas iraquíes compitiendo por votos (y los partidos aliados al régimen a los que les va muy mal). Vieron un Parlamento Iraquí casi siempre turbulento, administrando debates auténticos y retratados de forma bastante justa en la prensa iraquí.
Mientras tanto, una casta de mulás iraníes que llama "hijo" a su pueblo, y que no pasa de un grupo de carceleros del estado, promueve una elección "de mentiras" e intenta fraudar el resultado. A los iraníes nunca les gustó tomar a los árabes como ejemplo -mucho menos a los iraquíes- pero asistir a algo real que está sucediendo en el país vecino puede haber aumentado el apetito del pueblo iraní por un cambio.
Hay, sin duda, otros factores determinantes. Al contrario de la distinción simplista entre lo "urbano liberal" y lo "rural conservador", que a tantos comentaristas les gusta usar, Irán es un país en que la rápida urbanización de la población rural está en franco desarrollo y, como todo buen marxista debe saber, históricamente este es un momento fértil para el descontento revolucionario.
En el Irak de Saddam, el que tenía una antena parabólica era condenado a pena de muerte. Ya en Irán, todos saben que los mulás no pueden forzar su veto a los medios de comunicación informales o a las transmisiones no oficiales. Y asimismo, especialmente porque son tan densos y fanáticos, se condenan a intentos vanos. Hoy, todos los iraníes saben que este no será el fin del sistema Khamenei, pero puede ser un pre anuncio del fin.
Terra Magazine