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Recordando a Amos Elon

The New York Times
Christopher Hitchens.

Christopher Hitchens
De The New York Times

En una semana de apocalípticas noticias sobre la península de Corea y de Pakistán -esos dos notorios ejemplos de la horrible falla de la partición de territorios- me sentí muy afectado por la muerte de Amos Elon, cuya vida y trabajo tan hábilmente rastreó las líneas conturbadas de otra partición en Palestina.

Amos era una de esas personas cuya historia de vida tiene semejanzas desconcertantes con el siglo XX. Nació en Viena, Austria, en 1926 en una familia que era el ejemplo del éxito de los judíos en la Europa Central. Pero la fragilidad de sus logros históricos fue demostrada siete años más tarde, cuando sus padres decidieron irse de Europa y empezar de nuevo en Palestina. (Para tomar esta en el momento en el nazismo asumía el poder en Alemania, y no haber esperado para hacerlo después Anschluss de Austria, como hizo Sigmund Freud, indica que la familia tenía esa intuición premonitoria o telúrica por la cual se conocen algunos judíos).

Asimismo, como observó Amos irónicamente, si los judíos fueran tan inteligentes y si se preocuparan tanto con su preservación, a lo mejor hubieran pensado mejor antes de irse a vivir a una colonia británica ardorosamente contestada, en la que el nacionalismo árabe estaba en ascensión. Como él mismo insistía en decir -él, que fue biógrafo de Theodor Herzl e historiador de los fundadores del movimiento sionista- la clave para comprender la situación era aceptar que a los no judíos no se preocupaban tanto con aquella tierra como los judíos.

Durante muchos años Amos fue el escritor más conocido de su país, dentro y fuera de él. Como un ensayista irónico, lúcido y mordaz del diario Haaretz, escribió sobre Israel y los territorios que tomó después de 1967; sobre Alemania, donde vivió durante muchos años; y sobre Estados Unidos, país con el que tenía una relación de amor y odio. A continuación, algunas historias.

A muchos israelíes no les gustaba el libro de Amos sobre la república federal, porque escribió sobre Alemania y los alemanes sin hipérboles o histeria. Cierta vez lo vi pasar por una prueba muy reveladora sobre esta actitud. Fue a comienzos de 1992 en Berlín, cuando, durante la cena, nos mencionó a Ian Buruma y a mí que había recibido una invitación para visitar "en primera mano" un nuevo museo en la propiedad de Wannsee. Era la casa del lago en la que los barones del imperio nazi se reunieron hace medio siglo, a comienzos de 1942, bajo el liderazgo de Reinhard Heydrich, para discutir los detalles de la Endlossung, más conocida como "La Solución Final". "Si quieren pueden acompañarme", dijo.

Fue una tarde difícil de olvidar: estábamos solos allá y vimos la casa como había sido vista por los integrantes de aquella reunión fatídica. Yo me acuerdo haberle dicho a Ian, "Mire, los choferes deben haber estacionado los vehículos aquí para fumarse un cigarrillo. Dentro de la casa, jóvenes alemanes sorprendentemente educados y serviciales nos ayudaron a encontrar la salida. Entonces nos dimos cuenta de que Amos había desaparecido por unos instantes. Después de algunos minutos reapareció: estaba consultando los nombres de las víctimas del holocausto en una nuevísima base de datos de una computadora, buscando a sus parientes. ¿Y encontró alguno? "Yo creo que uno o dos. Tal vez tres". Yo no quise preguntarle sobre su proximidad con los parientes, él era muy discreto.

Su vida como periodista israelí le dio las fuentes más extraordinarias. Un día en Washington, hace muchos años, cuando quedó obvio que las cosas en Bagdad estaban infernales para la alianza liderada por los estadounidenses en la guerra de Irak, me contó la siguiente historia.

Cuando se preparaba para intervenir en Irak, Estados Unidos abordó a los israelíes y les preguntó cuántos ciudadanos tenían que supieran hablar árabe iraquí -es decir, quién había vivido en Irak antes de partir o de haber sido expulsado, y que entendieran las lenguas y los dialectos locales. La respuesta fue que todavía algunos lo hacían. Enviaron a un grupo de esas personas al extranjero, en un avión de control, que sobrevolaba el espacio aéreo iraquí. Y les pidieron que escucharan el tráfico de radio entre los oficiales iraquíes, mientras se acercaba el plazo final del ultimátum dado por Bush a Saddam.

Cuando les preguntaron, todos los ex judíos iraquíes tenían la misma opinión: el ejército de Saddam no lucharía, y muchos de sus soldados ya habían decidido fugarse cuando empezara el ataque. La anécdota me pareció muy interesante y se lo dije en el balcón del edificio Watergate, donde estábamos en aquel momento. Él se enojó conmigo. Me dijo: "¿No ve usted que toda esta opresión, todo el daño causado a Bagdad, todo eso fue completamente innecesario? Nosotros podríamos haber derrotado a Saddam sin destrozar a Irak". Amos me hizo meditar sobre esto desde entonces.

Pero ha sido su carrera como disidente político israelí lo que lo definió. Fue uno de los primeros a denunciar la ocupación de los territorios en el pos 1967 y en predecir el desastre moral y militar que sucedería si la colonización y los asentamientos siguieran sucediendo. Él se volvió más desvalorizado y más triste con el paso del tiempo, incluso diciendo en su viejo periódico Haaretz, al final de 2004, que Israel salía de Gaza, principalmente, para escapar de la responsabilidad de la explosión social entre los 1,3 millones de refugiados, ocasionada por sus políticas. En la misma entrevista, usó el término "casi fascista" para describir a los fanáticos religiosos en Israel, quienes "estaban dictaminando nuestro destino sin ningún proceso democrático". Sin embargo, en nuestro último encuentro en Nueva York, ya no estaba tan mordaz con la idea de que Hamás y Hezbollah fueran la reencarnación de la revolución argelina contra Francia.

Al fin y al cabo, él realmente se hizo un disidente, abandonando su casa en Israel y yéndose a Europa para unirse nuevamente a la Diáspora - en la que concluyó que los judíos tenían las mismas posibilidades de sobrevivir y prosperar que en los asentamientos de Palestina. En realidad, no regresó a sus tierras ancestrales -las que él describió en su libro The Pity of It All- en el que describía el gran éxito de los judíos alemanes entre 1743 y 1933. Y, además de eso, vivió en Toscana, motivo de burla para muchos, pero no se puede culpar a un hombre de 80 y pocos años por hacer esta elección. No había nada risible en Amos. Para él, había una trama necesaria que unía los judíos al internacionalismo y al iluminismo, y su vida y su obra atestiguaron esta amplia conexión.

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