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The New York Times
Christopher Hitchens.
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Christopher Hitchens
De The New York Times
A fines del otoño de 1978 me contactó un grupo que luchaba por los derechos de los tamiles de Sri Lanka. Visitaban la oficina del Socialist Weekly en Londres, donde yo trabajaba, y me invitó a que visitara su país.
En verdad, ellos denominaban Ceilán a su país: el nombre dado durante la colonización británica que siguió siendo el nombre del país después de su independencia, en 1948. Sólo cambió en 1972. La palabra Lanka es un sustantivo que simplemente significa isla en sánscrito, el prefijo Sri tiene una connotación de veneración y el cambio reflejó las aspiraciones y las preferencias de la mayoría budista y hablante de singalés. Entonces la diferencia de enfoque ya era muy grande.
Sin embargo, lo que los tamiles querían era que alguien hiciera reportajes de cuño humanitario en su país. Un fuerte ciclón acababa de llegar a la costa Este de la isla, cerca de la ciudad de Batticaloa, en áreas de alta densidad de población tamil. Ellos temían que el gobierno no se esforzara para recuperar un área tamil, y me pidieron que actuara como un observador.
Entonce pasé algún tiempo, en diciembre de aquel año, en la ciudades y en las villas devastadas por aquel ciclón y descubrí que los esfuerzos de ayuda del gobierno eran realmente muy inadecuados, con materiales frecuentemente, desviados al mercado negro o de los que se apropiaba el ejército.
Yo también descubrí que los tamiles se sentían ciudadanos de segunda clase. Muchos de ellos eran nativos de la isla, mientras otros habían sido traídos en balsas, en el siglo XIX, por los británicos, de las áreas tamiles al Sur de India, para trabajar en plantaciones que hasta hoy producen el mejor té del mundo. Como tienden a ser un poco más pequeños y tienen la tez un poco más oscura que los cingaleses, además de que son más proletarizados, menos budistas y más hindúes, los tamiles fueron despreciados y sometidos a varias formas de discriminación.
Terminé por interesarme, escribí algunos artículos, impartí algunos discursos en cenas en beneficio de las víctimas tamiles de las inundaciones, ironicé los budistas nacionalistas radicales que veneraban el diente de Buda y organizaban pogroms antitamiles, y empecé a hacer amigos tamiles.
Yo también me di cuenta de que, por detrás de la letanía, de los reclamos y del rencor tamil, muchos de ellos justificaban que había otra fuerza actuando. A la que se referían más bien en tono discreto como los Tigres y sus simpatizantes podían ser identificados por el hábito de referirse al país no como Sri Lanka o Ceilán, sino como Elam: el nombre de un futuro estado exclusivamente tamil.
Sin darme cuenta, estuve presente en el nacimiento de esta organización, que obtuvo mucho apoyo, como sucedió con los irredentistas y ultranacionalistas, entre las diásporas. Existen muchas comunidades ricas de tamiles en los países de la Comunidad Británica así como en Europa y América del Norte, y su apoyo dio una gran contribución para que la mayor insurgencia de Asia o (si usted así lo prefiere) la guerra civil: una lucha que posiblemente acaba de terminar.
Aunque sumemos las dos poblaciones tamiles reconocidas de Sri Lanka, ellas no llegan a siquiera un quinto de la población total del país. Pero en el auge de su militancia corajosa, hace más o menos diez años, los Tigres de la Liberación de Tamil Eelam tal vez controlaban un tercio del territorio del país, incluyendo la costa de Batticaloa-Trincomalee, en el Este, y la península de Jaffna, en el Norte.
Nunca hubo la posibilidad de que los partidos cingaleses o, incluso, de que muchos de los tamiles urbanos, aceptaran un punto final. Y tampoco habría la posibilidad de que China y Paquistán permitieran que una isla tan obviamente estratégica, con los extinguidos puertos de la Marina Británica, fuera dividida en pro de una minoría con vínculos tan fuertes con India.
Bajo el mando del ya fallecido Velupillai Prabhakaran, el LTTE fue demasiado lejos. El grupo establecía dictaduras en las áreas que controlaba y reclutaba tanto a niños como a terroristas suicidas. Uno de ellos, incluso, asesinó al primer ministro de India, Rajiv Gandhi, en 1991: algo realmente suicida, dada la necesidad que lo tamiles tienen del apoyo indio. El endurecimiento de los sentimientos cingaleses, las inevitables rupturas y defecciones que resultaron del tipo de liderazgo fanático al estilo Jonestown de Prabhakaran y, principalmente, la adquisición de aviones de guerra y otros materiales de China y Paquistán, le dio fuerza al gobierno central en Colombo.
Al decidir luchar con un ejército convencional que pertenecía a otro estado, el LTTE, ahora, ha sido derrotado como un ejército convencional, y su estado ha dejado de existir. Desde que los británicos derrotaron a los comunistas malayos (quienes estaban muy restringidos por la población malaya china) en las décadas de 1940 y 1950, ninguna rebelión en Asia fue tan sumariamente derrotada.
Y queda, como siempre sucede, la cuestión de la población tamil. No parece muy probable que el régimen victorioso del presidente de Sri Lanka, Mahinda Rajapaksa, que actualmente está en un espasmo de triunfalismo, esté en una posición de darles una mano a los líderes civiles de los tamiles. Pero sería una muy agradable sorpresa si lo hiciera.
No es cierto, como ciertos liberales tienden a creer, que las insurgencias, cuando están en actividad, tienen la historia a su lado. Naciones como Gran Bretaña y Rusia fueron derrotadas por ciertos países del tercer mundo, tales como Argelia en la década de 1990 y, también, Irak en esta década. Los líderes insurgentes normalmente cometen el error de ignorar el lado más humanitario de la historia, como hacen algunos gobiernos. La diferencia es que los gobiernos no son tan estúpidos al punto de prohibir la prensa, expulsar a las agencias de derechos humanos y usar solamente el clamor popular para mantener la ley y el orden. También es importante recordar que, como nos muestra Sri Lanka, las mayorías también tienen derechos.
Terra Magazine