Terra
Terra
 
 

Terra Magazine

› Terra Magazine › Columnistas › Milton Hatoum

Un ilustre refugiado político

Hulton Archive/Getty Images
Alfredo Stroessner contemplaba todas las mañanas el Lago Norte. Vivió casi 17 años en Brasilia, donde murió en 2006.

Milton Hatoum
Sao Paulo, Brasil

No visitaba Brasilia hace más de 30 años. Volví al distrito federal en 2002, invitado por el Correio Braziliense para escribir un texto sobre el bienio 1968/1969, cuando viví en la capital y fui estudiante de un colegio de aplicación que ya no existe, el CIEM.

Estaba ansioso para rever los lugares que había frecuentado; la ciudad, que en la década de 1960 suscitaba miedo y angustia, ahora era un espacio de libertad, sin los amenazadores tanques del ejército y automóviles de la policía que circulaban en los ejes, en la terminal de autobuses, a la entrada del campus de la Universidad de Brasilia.

Antes de irnos al hotel, mi amigo del Correio Braziliense dio una vuelta por el Plan Piloto. Me acordé del poema Brasilia enigmática, de Nicolas Behr:

Brasilia, faltan exactos 3.232 días

para nuestro acierto de cuentas

me debes un poema

te debo una mirada tierna

a la orilla del Paranoá agarro un trozo de madera

entre un neumático viejo y un pez muerto >(una garza como testigo)

no me reconoces

no te reconozco.

No me reconoces, no te reconozco. Y entonces paramos frente al lago Norte, desde donde vi la ciudad que escondía su periferia pobre: las demás ciudades habitadas por los hijos y nietos de inmigrantes que construyeron la nueva capital. Casi no reconozco a Brasilia de la década de 1960, pero mi memoria giraba y daba vueltas y yo podía rever escenas de brutalidad y terror.

Desde lejos, yo contemplaba el asa norte cuando noté, cerca de la orilla del lago, una figura sentada entre dos hombres altos y fuertes. Me acerqué a la orilla y vi el hombro caído y la cabezota de un hombre muy anciano. Un viejo delgado, sentado en una silla de ruedas, contemplando un lago. Era un cuadro casi sublime, uno de esos cuadros que inspiran un poema sobre la decadencia, el fin, la fugacidad de todo. Le pregunté a mi amigo quién era aquel pobre anciano.

¿Quieres saberlo?

Claro, le contesté.

Es Alfredo Stroessner, nuestro más ilustre refugiado político, me contestó mi amigo.

Sentí un repelús. Pensaba que era solamente un chiste que me hacía mi amigo. Pero no. Allí estaba él, el personaje en carne y hueso, uno de los dictadores más sanguinarios de esta América.

Él contemplaba el agua tranquila del lago, como si la superficie oscura reflejara el pasado glorioso del hombre ahora sentado, un pasado lleno de sangre y sufrimiento. Sangre y sufrimiento del pueblo paraguayo.

Antes de escribir esta crónica, leí algunos artículos sobre la investigación de los crímenes de Alfredo Stroessner, que gobernó su país en el período de 1954 a 1989. El informe de la comisión de verdad y justicia, presidida por el obispo católico Mario Medina es un inventario de atrocidades: 128.000 víctimas de persecuciones, casi 20.000 registros de tortura y detenciones arbitrarias, más de 3.000 exilios forzados, además de centenas, tal vez miles de muertos y desaparecidos.

Me acordé de la lectura de Yo el supremo, de Augusto Roa Bastos, una de las más importantes novelas históricas de América Latina. La locura feroz y homicida del dictador Gaspar Rodrígues de Francia solamente encuentra paralelo en el poder tiránico, absoluto y no menos homicida de Alfredo Stroessner. Yo el Supremo está ambientado en la primera mitad del siglo XIX, pero se puede leer como si estuviera situado en el largo y terrible gobierno de Stroessner, reelecto varias veces presidente en elecciones robadas por el partido colorado, que era una grotesca copia de una asociación política democrática. Por eso, el libro de Roa Bastos fue prohibido en Paraguay y en Argentina, cuando esos dos países fueron gobernados por dictadores.

¿Estaría pensando el viejo sentado en una silla de ruedas, en los cientos de miles de paraguayos asesinados, torturados o exilados? ¿En los indígenas y hacenderos cuyas tierras fueron usurpadas y donadas a los amigos del dictador? O ¿pensaba con nostalgia en el tiempo en que él, el supremo, era el propio estado y su aparato represivo? El estado que, sí, es el supremo terrorista de la era moderna, capaz de asesinar deliberadamente a niños, mujeres y civiles indefensos. No por casualidad los archivos encontrados después que Stroessner dejó el poder son conocidos como "Los archivos del terror".

Alfredo Stroessner contemplaba todas las mañanas el Lago norte. Él vivió casi 17 años en Brasilia, donde murió el 16 de agosto de 2006. No sé si dormía con sueños nostálgicos del poder tiránico o si se despertaba con los gritos de hombres y mujeres torturados por sus subordinados.

A los lectores que desconocían la larga y tranquila temporada de ese ilustre señor en Brasilia, conviene hacerles acordar que, en 1989, el gobierno brasileño le concedió asilo político a Alfredo Stroessner. No sé si eso sucedió en el gobierno Sarney o Collor, pero ¿tiene eso alguna importancia? ¿Nos inclina eso hacia la bondad y la política de buena vecindad?

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

Terra Magazine

Últimas de Milton Hatoum

» Un ilustre refugiado político

Terra Magazine América Latina, Vea las ediciones en español