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"La salida de la ateología a la plaza pública ha sido un reto para el pensamiento y para los creyentes que, al ver cuestionadas sus arraigadas convicciones, las están afinando y refinando", dice Restrepo.
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Javier Darío Restrepo
Bogotá, Colombia
El ateísmo está saliendo del closet en que lo habían encerrado su conciencia de ser minoría entre muchedumbres de creyentes y de crédulos; el desdén por formas de pensar que desde su visión aparecen indignas por lo supersticiosas, timoratas y de indecorosa ignorancia. Aumentaba el enclaustramiento de los ateólogos la idea de ser política y socialmente incorrectos.
Hoy la ateología y sus creyentes gritan en la propaganda de los buses de Londres, razonan en exitosas ediciones de libros, aparecen en las portadas de las revistas, ocupan a los columnistas y son el tema de titulares y artículos de periódico.
Como fenómeno de opinión, esta ofensiva pública de los discretos ateos se explica como una respuesta al colapso de credos colectivos, a la crisis interna de iglesias y sectas, a la desintegración de la sociedad, o como una onda post- racionalista defensiva frente al empuje de las religiones orientales, del fervor de los cristianos renacidos, pentecostales, fanáticos de la autosuperación, canales religiosos de la televisión o la propaganda de persona a persona de folletos y revisas con mensajes de salvación.
El tratado de ateología de Michel Onfray, que encendió en el 2005 una viva polémica en Francia, recogió en todo o en parte las reflexiones que otros autores habían difundido bajo distintos títulos: El fin de la fe, Dios nace en el cerebro, Dios como espejismo, Dios no es bueno, que recuerdan el viejo grito de Niezche, Dios ha muerto.
En ediciones nuevas y con un lenguaje de hoy, están saliendo del closet las dudas, certezas o indignaciones individuales, o los memoriales de agravios que buena parte de la humanidad ha mascullado, susurrado y proclamado contra Dios.
Razones para no creer
El agravio más común es el que se denuncia en nombre de la inteligencia, que se rebela contra lo que no comprende, o no acepta, por ilógico. A Dios se le ve como una conjetura imposible, y como el centro de un mundo de lo incierto y oscuro; que se opone al mundo de actividades y claridades de la ciencia.
Para el ateo, y para quien está en camino de serlo, la ciencia y la filosofía proveen mejores explicaciones que las religiosas. Comparen una página de ciencias en internet, o un programa de Discovery en televisión, con la retórica exaltada de los tevepúlpitos o los mensajes abstractos de las iglesias y notarán la diferencia que los ateólogos alegan en su favor.
Cuando los estudiantes de bachillerato comparan el relato de la creación en siete días con la teoría de la evolución de Darwin, tienen el primer sobresalto que puede concluir en formulaciones como la de Dawkins en El espejismo de Dios: la hipótesis religiosa es una ilusión errada que invalida la teoría de la selección natural, que es una mejor explicación. Al proclamar su adhesión a la ateología, muchos han sentido como el escritor inglés A. N Wilson, que podían integrarse al credo de sus contemporáneos inteligentes.
Este mismo autor y muchos de sus correligionarios rechazan a Dios porque es absurda la idea de un Dios amoroso en un mundo lleno de injusticias y sufrimientos. "Dios es la causa de guerras y calamidades," acusa Hitchens en su libro Dios no es bueno. A sus representantes les achaca la connivencia con el poder político, la represión sexual, las prácticas indigna sde obediencia ilimitada, el enriquecimiento y disolución del clero, y su sistemática obstrucción al progreso humano.
La proclamación de estas ideas y actitudes, que no agrega nada a la ateología de siempre, está sonando como nueva y provocando reacciones. Los nuevos creyentes en la ateología reciben descalificaciones apologéticas: que la ateología es una moda; que es el síndrome de los 40 años, que "hay ateismos por ignorancia, por resentimientos o por amargura.. hay, desde luego, personas honestas y sinceras" apunta un columnista de iglesia; la ateología es, en todo caso " una opción personal; no se necesita un dios para ser bueno y obrar bien," escribe el muy conocido Richard Dawkins.
Por qué creer
Esta salida de la ateología a la plaza pública ha sido un reto para el pensamiento y para los creyentes que, al ver cuestionadas sus arraigadas convicciones, las están afinando y refinando.
Es el caso de las polémicas relaciones entre ciencia y fe, en que los creyentes proclaman la acción creadora de Dios, no a partir de la lectura literal del Génesis, ni fundados exclusivamente en las elaboraciones racionales de Santo Tomás, sino en hechos que se leen como indicios.
N. Wilson, cuya primera conversión fue al ateísmo y que finalmente optó por el teísmo, da cuenta del fenómeno del lenguaje que, para él, no tiene otra explicación que la acción de Dios. Aún si la primera palabra fue un gruñido, fue un gruñido con sentido; la complejidad de una frase, el misterio de la gramática, son hechos que desafían, descartándola, una explicación racional. Para el líder del proyecto Genoma, Francis Collins, su borrador del genoma humano le dejó la sensación de haber descifrado el lenguaje de Dios. Después de haber transitado por los campos de la ateología Anthony Flew sorprendió con un libro sobre el cambio de mente del ateo. Las investigaciones sobre el ADN lo habían puesto ante la increíble complejidad de los mecanismos necesarios para generar la vida; el ADN, concluía, ha demostrado que "para generar la vida tiene que haber participado una inteligencia superior".
Las recientes celebraciones de los 200 años del nacimiento de Charles Darwin trajeron de nuevo la polémica en la que el citado Collins aportó su convicción: Darwin estaba en lo correcto, y es un error creer que su teoría invalida el papel de Dios, salvo que se lea el Génesis como si fuera un tratado científico.
Hay otros hechos que los teístas leen como indicios: para el británico Wilson, ver morir a los que uno ama pone a prueba la consistencia de la ateología; otros han llegado a entrever que Dios es la única explicación para el perdón y la bondad de tantos seres humanos. Para ellos es un argumento tan contundente, como el mal, la crueldad o las perversiones en la Iglesia convencen a los ateólogos de la muerte o inexistencia de Dios. Pero en esta operación de revisión, provocada por la ateología, los creyentes están descubriendo que en muchos casos el problema no es con Dios sino con las religiones y que la negación de Dios no conduce a su muerte, sino a una saludable búsqueda. En efecto, todos los argumentos de los teistas valen poca cosa porque concluyen en un Dios creado por la razón, lo cual los vuelve tan racionalistas como los ateólogos. Por tanto, si dejan a un lado apologéticas y dialécticas, descubren que creen en Dios, no porque su existencia se pueda demostrar, sino porque les da la gana. Creer no es solo un acto del entendimiento, es sobre todo una acción libre de la voluntad la que lleva a los hombres al encuentro de Dios.
Terra Magazine