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AP
El padre Alberto Cutié, reconocido por su labor en medios, reconoció hace pocos días que está enamorado de una mujer de Miami.
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Javier Darío Restrepo
El mundo de hoy está curado de espantos sexuales: el sexo oral es tema de sobremesa desde que la prensa fisgoneó las intimidades del presidente Clinton; las secciones sobre sexo en periódicos y revistan abordan sin rubores temas que se le olvidaron al kamasutra y que la picaresca dejó de lado a pesar de su cínico desenfado. Ningún secreto de sexo parece sernos ajeno.
Sin embargo están sonando chillidos de escándalo y de curiosidad adolescente ante el amorío de una pareja en una playa, porque él es un apuesto y popular sacerdote de la televisión, la radio y la prensa. ¿Escándalo sincero? ¿Curiosidad? ¿Hipocresía?
Un sacerdote enamorado en Miami, o las mujeres seducidas y embarazadas por el presidente Lugo cuando aún llevaba la mitra, ocupan espacios e imágenes en la televisión, columnas en la prensa, hacen santiguar a las beatas y sonreír, socarrones y satisfechos, a los incrédulos y convirtieron en un tema deliciosamente picante el del celibato de los sacerdotes.
El celibato en el Concilio
A pesar de que la prensa de entonces que afirmó que el Concilio Vaticano se reunía para autorizar el matrimonio de los curas, lo cierto es que no fue un tema de su agenda, a pesar de la multitud de folletos, cartas, estudios y propuestas que circularon por los pasillos del aula conciliar y en los apartados postales de los casi 2000 participantes en sus sesiones. Hasta un escrito firmado por 81 médicos, sociólogos y escritores, urgía un estudio sobre el tema. El Papa consideró inoportuno el debate público, pero dejó abierta la posibilidad de que los padres conciliares presentaran sus escritos, que la presidencia del Concilio haría llegar a sus manos.
Uno de esos escritos fue el de monseñor Koop, obispo de Lins, en Brasil. Pedía por un clero casado para salvar a la Iglesia en América Latina, un continente con un 35% de los fieles de toda la Iglesia y solo con el 6% de sus sacerdotes. Se calculaba entonces que para el año 2000 el continente necesitaría 125.000 sacerdotes más y que a ese número solo se llegaría con sacerdotes casados. Uno de los teólogos asesores del concilio escribió por esos días que la Iglesia debería renunciar al celibato con tal de encontrar un clero suficientemente numeroso.
Pero, además, ¿cómo resolver el problema de los sacerdotes que no habían sido capaces de cumplir sus votos y que se habían convertido en motivo de escándalo?
En una dramática confesión de Juan XXIII al filósofo francés Etienne Gilson, le confió: "me parece que oigo como un llanto, como voces que piden a la Iglesia que los libere del pesado fardo". Y admitía: no es dogma, la Escritura no impone el celibato, "es incluso fácil de hacer: tomo una pluma, firmo un papel y mañana todos los sacerdotes que lo deseen podrán casarse. Pero no podemos hacer eso. No podemos consentir eso".
¿Por qué insistir en el celibato?
Los obispos que aplaudieron hasta el delirio una carta de Pablo VI al Concilio, en que reiteró las expresiones de Juan XXIII, tenían muy claras las razones de esa negativa y las compartían. De hecho, 1971 de ellos habían aprobado una proposición que calificaba el celibato como riqueza positiva.
El teólogo alemán, Kart Rahner, del grupo de asesores del Concilio, explicaría que la vida no se puede reducir al diario y al sexo. De ella también forman parte la responsabilidad, el misterio, el dolor aceptado y la renuncia. Al comparar el compromiso del célibe con el compromiso matrimonial encontraba que los dos sin difíciles.
El casado y el célibe necesitan amor generoso, dominio personal, renuncia al capricho, madurez y entrega. Ambos dan satisfacciones, obligan a caminar caminos que no se pueden desandar, pero ninguno es superior al otro.
Casos como el del padre Jacob Loos, un antiguo pastor protestante que celebra su misa en una pequeña capilla de Zwolle y allí da la comunión a su esposa y a sus hijos, abren el camino de una posibilidad: los casados sacerdotes. Hoy es corriente el de los casados diáconos y podría llegar el reclutamiento de casados para el sacerdocio, pero no el de los sacerdotes con licencia para casarse. Allí el celibato es un inamovible.
Sin embargo, Nicodemo, metropolita ortodoxo y el doctor Ramsey, que fue primado anglicano, coincidían en su admiración por el celibato de la Iglesia Católica. Con ocasión del Concilio se hicieron cálculos: el 20% de los pastores protestantes y el 45% de los ortodoxos elegían voluntariamente el celibato; quizás por la misma razón que los católicos.
Entendían que sus llamados a la fidelidad matrimonial y su testimonio sobre la existencia de una vida venidera, superior en todo a la actual, debían ser algo más que retórica de púlpito.
Para demostrar que la vida futura es superior, el mensajero tiene que convertirse en el mensaje y comenzar por derribar de hecho el mito de que el sexo es todo o casi todo, y que las delicias de la vida presente son prescindibles y pálidas ante la felicidad futura. Si eso no se prueba con vidas capaces de vencer la fuerza del sexo, la predicación de la Iglesia es vacía.
Tal vez pensaba en eso Benedicto XV en 1920 cuando afirmó que la Santa Sede nunca cedería en esta materia. O Juan XXIII cuando llamó alucinados a los que creían posible una abrogación del celibato. Algo parecido diría Benedicto XVI en nuestros días. La Iglesia está convencida de que la tiranía del sexo y la fe en la vida que vendrá crean la necesidad del testimonio de los célibes. Eso vuelve al cristianismo una cosa muy poco moderna. También de eso sabe la Iglesia.
Terra Magazine