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Bueno y malo en la memoria de los ex secuestrados

AP
Clara Rojas, quien duró más de seis años en poder del grupo guerrillero FARC, en la presentación de su libro Cautiva, en España.

Javier Darío Restrepo
Bogotá, Colombia

En la versión de Clara Rojas sobre su secuestro los secuestradores no son íntegramente malos y las víctimas asombran cuando se vuelven victimarios.

Sería fácil diagnosticarle síndrome de Estocolmo y así descalificar su relato, pero las cosas no son tan simples.

Al lector le sorprende esa enumeración de gestos y actitudes que hacen ver a los demás secuestrados con Clara, más insensibles y crueles que sus carceleros. Agobiada por la noticia de su embarazo y por la certeza de las penalidades que sobrevendrían, Clara esperaba encontrar apoyo moral y emocional en la mujer más cercana a ella, pero "Ingrid no se comportó como una hermana," que era lo que Clara requería. "Ninguno trató de ayudarme... les inquietaba que yo muriese y pudieran inculparlos". En cambio, "me hicieron una encerrona para saber quién es el padre... Nuestras familias pueden salir afectadas. Usted es una irresponsable¿. "Su intolerancia rayaba en la crueldad; llegaron a hacer apuestas sobre mi vida".

Lo que no hicieron los otros secuestrados, lo hicieron los secuestradores en un sorprendente cambio de papeles. "Era tal la situación que el comandante decidió separarme del grupo." En adelante, Clara tuvo un lugar aislado, tranquilo, lejos del ambiente tenso y de las incomodidades en el campamento de los secuestrados, tuvo la atención de la guerrillera enfermera y el apoyo de los guerrilleros que el día de las contracciones constituyeron un grupo de apoyo y acompañamiento que acampó al pie de su caleta: "recuerdo esa noche como algo especial, con toda esa gente ahí afuera, haciéndome compañía de una manera diferente".

En su recuerdo, el contraste entre guerrilleros y compañeros de secuestro es brutal, y tan sorprendente como la expresión de un guerrillero del M 19 que en los años 90 dijo al periodista, al término de un crudo relato sobre secuestros de su grupo: "creo que la mayoría de la gente agradece el trato y hasta queda encariñada con los secuestradores".

Sí, pero no hasta el punto de legitimar la crueldad. En los recuerdos de Clara es imborrable la huella que dejaron las cadenas; las que padeció ella, amarrada a un árbol "como un perro" y las que vio padecer a policías y militares secuestrados. "Verlos avanzar por entre la maleza era un espectáculo lamentable. Por la noche les ponían otra cadena para atarlos a un árbol, así que prácticamente no podían moverse".

Esa contradicción entre la bondad y la crueldad en las mismas personas, sólo muestra que en el secuestrador, como en todo hombre, alternan el rostro siniestro del mal y las luces de la bondad.

Como Clara, otros secuestrados han registrado esa doble y contradictoria faz. El policía secuestrado por el ELN, custodiado por una guerrillera que "empezó a preocuparse por mí. Me llevaba galletas y cigarrillos. Me levantó la moral. En realidad llegué a apreciarla".

El mismo secuestrado relataría más adelante que un guerrillero "al verme temblar de frío me ofreció un cigarrillo y otro el saco de lana de su compañera".

Otro secuestrado, este en manos de las FARC, tiene un recuerdo parecido, cuando mojado y tiritando tras una caminata bajo la lluvia," el guerrillero se quitó su saco de lana virgen, me lo pasó y después me dio un bluyín".

"Fue un momento muy emotivo! Dijo un guerrillero del M 19 al recordar al ganadero secuestrado que, al borde del llanto, le dijo: "hermano, mi señora tuvo una niña". Se lo acababan de informar en una llamada de supervivencia, por radio. "Yo siento lo que usted está sintiendo hermano. Yo también tengo una niña, tiene 2 meses y no la pude ver nacer," le dije.

En su diario, otro secuestrado, Gilberto Echeverri, consignó: "nos han tratado bien y con respeto, cosa que agradezco porque no han pisoteado nuestra dignidad". El ambiente doloroso de la navidad de 2002, no le impidió al ex ministro reconocer: "los muchachos son muy queridos y generosos con nosotros".

Pero no todos los secuestrados pueden afirmar lo mismo. María Cristina se indignaba al recordar: "nunca dejaron de vigilarme, ni siquiera cuando hacía mis necesidades. Una de las peores cosas que he vivido. Se pierde la dignidad en los actos más ínfimos y rutinarios. Sentía que me pisoteaban. Fue humillante".

"De día me mantenían amarrada a la cintura, en las noches me quitaban los zapatos y me ataban de pies y manos".

La crueldad del secuestrador no parece tener límites: "si usted hubiera visto a don Jaime de rodillas, suplicando por su vida, que él les daría los 30 millones, que no lo mataran. Pero no lo escucharon. Sentí el disparo y me oriné".

Sin embargo, no son situaciones que se dan así, en blanco de bondad y en negro de crueldad. Hay grises. Cuenta Clara que le oyó decir a Martín Sombra: "más de una mujer quiso quedarse con su niño. Hasta mi compañera alcanzó a insinuarme algo, pero no lo permití". Hablaba así el mismo hombre que se negó a liberarla cuando la vio embarazada, pero hizo lo necesario para que sobrevivieran ella y su hijo; la separó del niño, pero con el objetivo de facilitar el tratamiento de su brazo fracturado al nacer.

Son hechos que demuestran una verdad tan vieja como el hombre: nadie es totalmente bueno, ni íntegramente malo. Por eso resulta pretensiosa la expresión los buenos somos más. No hay buenos ni malos. En todo ser humano parecen convivir el verdugo y el hermano. Lo dicen sin sorpresa los ex secuestrados que vivieron para contar esa dura lección de humanidad. Han convivido con unos seres humanos que como aquel guerrillero del M 19 admiten que hagan lo que hagan "no pueden olvidar que son parte de un secuestro". Todas las sinrazones de la guerra no logran liberarlos del peso del crimen porque en ellos hay una bondad que se resiste a morir.

Documentos:

Clara Rojas: Cautiva, Norma, Bogotá, 2009-04-24

Varios autores: Rostros del Secuestro. Planeta. Bogotá. 1994.

Gilberto Echeverri M. Bitácora desde el cautiverio. Eafit, Medellín, 2006.

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