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"Los hechos están enseñando que más allá de la idea de la globalización supermercado, está la que revela que todos dependemos de todos", dice Restrepo.
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Javier Darío Restrepo
Bogotá, Colombia
El tsunami de 2004 en el océano Indico, aparentemente solo dejó pérdidas en Indonesia y Tailandia. Sin embargo los arqueólogos celebraron el hallazgo de un viejo templo que durante siglos había estado sepultado. Lo mismo está sucediendo con la crisis financiera mundial que ha puesto en evidencia recursos que parecían definitivamente sepultados y debilidades que apenas si se tenían en cuenta.
Las pérdidas
Lo más evidente han sido las debilidades del sistema financiero enquistadas en la conciencia de los ejecutivos, como las que hicieron posibles los excesos que el presidente Obama quiso conjurar al obligar a los altos directivos a tributar el 95% de los bonos de privilegio que ellos mismos se habían asignado. Esos abusos habían provocado ocho años atrás la quiebra de Enron y de otras compañías, y fueron la gota que desbordó la indignación de los contribuyentes de Estados Unidos cuando, parte de las ayudas gubernamentales para superar la crisis, resultó en las cuentas de los insaciables ejecutivos.
Un banco rescatado se gasta millones en fiestas en Los Ángeles, se leyó en alguna de las páginas web dedicadas a mantener abiertos los ojos de la ciudadanía; otros denunciaron costosos e inútiles torneos de golf, regalos sofisticados y caros de los departamentos de relaciones públicas, veladas de presidentes y gerentes de empresas, animadas por grupos musicales y cantantes exclusivos, flotillas de aviones privados y de yates de lujo y monumentales mansiones de ofensivas y ostentosas proporciones.
Los conciertos privados, como el del grupo sueco Abba en una dacha gubernamental, por el que se pagaron 29 mil dólares, también motivaron airadas protestas en Rusia. "Nuestro salario perdió la mitad, mientras sus amigos viajan a Londres a comprar viviendas de lujo y usted les da dinero," denunció un lector en un diario de Moscú al firmar una carta al presidente; en la capital rusa se multiplicaron las protestas por una crisis que no parecía tener costo alguno para los altos funcionarios de gobierno.
El mundo está redescubriendo que los costos sociales tienen que distribuirse equitativamente mediante un régimen universal de austeridad y que el dinero debe tener un uso inteligente. Los ejecutivos al mando de obras de inversión social de las grandes empresas, están pensando por fin que en sus prácticas caritativas en vez de dar pescados, han de dar redes, anzuelos y técnicas de pesca, es decir desarrollo social y económico.
Pero el más dramático de los hallazgos es el que registraron, consternados, los medios de comunicación al relatar la muerte de Adolf Merckle, uno de los 100 hombres más ricos del mundo. Cuando comprobó que sus empresas farmacéuticas y una cementera estaban a punto de colapsar, se tendió sobre los rieles del ferrocarril y esperó allí su muerte. Lo mismo que este millonario alemán, hizo una viuda de 80 años, desesperada porque iba a perder su casa en Estados Unidos. En Bilbao, los suicidios aumentaron en un 40 por ciento en los últimos meses y en una población rusa las autoridades reportaron 15 suicidios en un solo día. Los Estados Unidos están produciendo muertos por suicidio casi todos los días. La crisis ha dejado al descubierto que la estabilidad emocional está cada vez más ligada a la de los negocios y que el dinero importa más que la vida.
Las ganancias
Las escuelas de negocios que están revisando sus currículos, sienten que están ganando. En vez del predominio de lo científico, distante de lo real, y de profesionales al servicio de los accionistas, están descubriendo un nuevo profesional que proyecta gestiones a largo plazo, que tiene en cuenta los riesgos y la correspondiente gestión y los impactos sociales y éticos de una empresa. Son administradores a largo y mediano plazo y no simples agentes de los propietarios. Los seminarios para abordar la crisis, están mostrando un nuevo perfil de los asesores que responderán con eficacia a las demandas de las empresas post-crisis.
Igual desarrollo se está dando en los seminarios de ventas. El cliente sigue teniendo la razón, pero además tiene que ser conservado. Las empresas que producen ropa, las ensambladoras de autos, o la industria de cosméticos saben que más que vendedores, deben preparar asesores; y de los restaurantes de lujo están desapareciendo los meseros estirados y arrogantes, reemplazados por amigos del cliente, dueños de una cordialidad respetuosa que hacen sentir a los comensales, valorados y como en casa. Algún restaurante para ejecutivos en Praga, después de la comida pasa la cuenta en blanco, para que sus clientes paguen lo que crean oportuno.
Por su parte, en las expresiones de la opinión pública es notorio el cambio hacia una exigencia y fiscalización mayores del manejo de los dineros públicos. Los medios de comunicación se han encargado de estimular esa tendencia con sus investigaciones y denuncias. Además, cada ciudadano, con una cámara en su mano y la posibilidad de difundir imágenes y datos por Internet, se siente un vigilante de los dineros públicos. Lo que antes de la crisis era un hobby, ahora, tras el colapso financiero, es un mecanismo de defensa.
Aunque en Colombia se dio el paradójico caso de que en medio de la crisis, fue la actividad bancaria la que reportó las mayores utilidades, a mediano plazo las cosas podrían cambiar a juzgar por la reacción que ha producido la crisis en las empresas colombianas que obtuvieron unas tasas de interés más favorables que las de los préstamos bancarios. Emitieron bonos que en los últimos cuatro meses llegaron a la alta cifra de 2.7 billones; una alternativa a los préstamos farragosos y caros de los bancos, y una notificación de que la banca podría ser prescindible si no corrige los errores que la hicieron corresponsable en la crisis, y si no acorta las distancias que la separan del ciudadano común que prefiere entregar su dinero al mercado extra bancario.
La crisis ha enseñado humildad. Así como en los restaurantes y almacenes, la altivez ha llegado a ser un pésimo negocio, en las relaciones entre países se impone una mayor flexibilidad. Lo demuestra la política internacional del presidente Obama y le será necesaria a países como Ecuador y Venezuela que, según Michael Reid, el editor de The Economist, "van a tener dificultades porque han gastado bastante sus reservas de petróleo, han ahuyentado al sector privado y tienen pocas probabilidades de conseguir créditos afuera".
En los momentos de crisis nadie puede sentirse aislado en una arrogante burbuja de autosuficiencia. Todos necesitan de todos cuando los recursos escasean o se han puesto en peligro. Y los hechos están enseñando que más allá de la idea de la globalización supermercado, está la que revela que todos dependemos de todos.
Terra Magazine