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Colombia le niega su oportunidad al perdón

EFE
Mauricio Funes, presidente electo de El Salvador.

Javier Darío Restrepo
Bogotá, Colombia

El triunfo del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) en El Salvador fue una nueva oportunidad para el perdón. En los últimos 20 años la pugna política había sido la continuación de la guerra por otros medios, los de la política. El día de las elecciones una parte de la historia de El Salvador quedó atrás. El presidente Mauricio Funes tendió la mano al partido Arena y pidió a sus opositores su colaboración para un gobierno de unidad.

Fue la culminación de un proceso que iniciaron hace 20 años hombres como Jaime Hill. Este empresario, tras cuatro meses de secuestro en manos del Ejército Revolucionario del Pueblo, ERP, se propuso responder con una moneda peor y pagó 60 mil dólares a un sicario para que asesinara en Nueva York a Joaquín Villalobos y a Ana Guadalupe Martínez, los líderes del grupo secuestrador. El propósito no se cumplió porque un amigo convenció a Hill de su error y le ofreció un plan alternativo en los días posteriores a los acuerdos de paz: recibir en su mansión a sus secuestradores. La audacia de la propuesta convenció al empresario y de ese cara a cara resultó un proyecto que hasta entonces era impensable: asociar los capitales de varios empresarios para convertir a los guerrilleros en medianos y grandes hombres de empresa.

El gobierno conjunto de Funes con sus opositores sigue la misma lógica que entonces enunció Hill: "hoy no somos ni guerrilleros, ni millonarios, somos salvadoreños que pensamos en el país".

Las razones prácticas

Había razones prácticas detrás de esa decisión: los 75 mil muertos de esos años de guerra podrían haber aumentado dramáticamente si, en vez de esa actitud de reconciliación, se hubiera persistido en la venganza. En un país destrozado por la guerra, cualquier intento de reconstrucción habría fracasado dentro del ambiente espeso y viciado de la venganza, y en vez de elecciones como la del domingo 15, habrían continuado las matanzas.

Individualmente, el que perdona y el perdonado ganan. Maruja Echavarría, una mujer antioqueña que perdió seis hijos, asesinados por la guerrilla, sintió sobre todo la muerte de su hija Derly. Afiló el machete con que pensaba hacer picadillo al asesino, al que finalmente vio en un patio de la prisión, desde la ventana de un salón en donde asistía a una terapia de grupo; entonces quiso tenerlo al frente. Cuando le vio la cara no hubo necesidad de palabras, el asesino se arrodilló y le pidió perdón. Llorando, ella lo abrazó y le expresó su voluntad de perdonar. "Sentí un alivio muy grande", dijo al darle la razón a quien la había disuadido de su propósito de venganza: "usted lo mata y ¿qué gana?, le dijo. Ir a la cárcel y dejar en el desamparo a sus nietos", los tres hijos de su hija Derly.

"Sentí como si se hubieran roto unas cadenas", fue la expresión de Juan Sebastián Herrera, al perdonar al paramilitar del Bloque Nutibara, Mauricio Díaz, que había intentado asesinarlo. "Todo sería más difícil con resentimiento", dijo Adriana, la esposa del profesor Luis Fernando Montoya, al cumplir la orden que le dio inmediatamente después del atentado que lo dejó medio muerto: "Hay que perdonar", le dijo.

En Colombia no se puede

A pesar de la multiplicación de casos como estos, en Colombia no parece cercana una hora como la que hoy vive El Salvador.

El FMLN y su candidato habrían sido condenados aquí como terroristas, en la puja electoral. La radicalización de la opinión política se funda en la idea de que en Colombia solo hay buenos y malos y que los buenos son más, el 82%. De los malos, según la opinión extendida, no se pueden esperar sino trampas y traiciones y, como con las culebras venenosas, se los debe extirpar golpeándolos por la cabeza. Es un clima espiritual e intelectual adverso a una actitud de reconciliación, como la que ha cambiado la historia de El Salvador.

Sin embargo la palabra "perdón" hace parte del lenguaje político y judicial. La ex guerrillera Karina pide perdón a sus víctimas al ser declarada gestora de paz; también pide perdón el ministro de Defensa ante las víctimas de un abuso policial; la misma policía se disculpó en un acto público por la muerte de una niña de 14 años a quien un agente suyo le disparó frente a su casa. "Que lo hagan de corazón y no por aparentar" dijo la madre poco convencida. "Es solo el 5 por ciento, aún me deben el 95 por ciento de reparación", dijo uno de los parientes de las 12 víctimas de La Rochela después de las disculpas públicas del gobierno. "Son palabras que se lleva el viento" dijo Alberto Mazos, familiar de uno de los 9 muertos de Villa Tina en Medellín.

El perdón solicitado por los agresores directos o indirectos, ha entrado a hacer parte de la jerga política o legal, pero no es la actitud que permitió la reconciliación en Sudáfrica o que manifestaron las urnas en El Salvador.

Cuando sí se puede

Sin embargo, aparecen episodios aislados como el de Jaime Jaramillo Panesso, miembro de la Comisión Nacional de Reparación: su hijo Fidel Jaime fue asesinado por al espalda por hombres al mando de la guerrillera Karina. Al revivir el episodio, el padre afirmó estremecido por el recuerdo: "yo la perdono y pienso que el tiempo cierra las heridas" y alegó su razón para perdonar: "los intereses particulares deben estar sujetos al bien supremo de la República". Todavía fue más allá y con una obstinada fe en las posibilidades del ser humano: dijo que cree que está bien que Karina sea gestora de paz.

A la generosidad del que perdona deben corresponder la sinceridad del agresor y su voluntad de reparar. Una ex dirigente de las Brigadas Rojas de Italia, Adriana Faranda, al recordar los encuentros intensos y conmovedores con las víctimas de sus actos de terrorismo comprendió que para los ofendidos habían sido ocasión de desahogo y para ellos, los ofensores, una ayuda: "nos reforzó en nuestra convicción de eliminar la violencia. Y nos dio esperanza". Cuando recuperó la facultad legal de comprar y vender, la ex guerrillera vendió la casa que tenía y entregó el dinero a las víctimas a través de una organización caritativa. El arrepentimiento sin reparación es incompleto.

El voto de los salvadoreños fue un acto de fe en las posibilidades de los que hace 20 años eran mirados como una amenaza nacional, y una oportunidad que se le dio a la reparación. Ese domingo de elecciones fue un acto colectivo de envidiable lucidez del pueblo salvadoreño.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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