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Sería más tranquilizador para el país y para el honor de las Fuerzas Armadas, admitir que aunque el de los falsos positivos es un viejo mal, se puede enfrentar con un cambio de mente, dice Restrepo.
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Javier Darío Restrepo
Bogotá, Colombia
La fotografía habla: al cadáver del estudiante de comunicación le han ladeado la cabeza para acomodar la culata del fusil debajo de la barbilla y apoyada sobre el hombro derecho. El índice de la mano derecha se ve estirado hacia el gatillo, como si el muerto fuera a disparar o hubiese disparado. El brazo izquierdo está doblado y cerca de la mano aparece una pistola. Casi tocando el muslo hay una granada.
El periódico El Heraldo, de Barranquilla, publica la foto sin una sola observación crítica; para el redactor no hay duda: el universitario, enfrentado a la policía, ha muerto provisto de un pequeño arsenal, en el curso de un operativo de captura de un dirigente de las FARC. En ese 9 de julio de 1987 ya había falsos positivos.
No es necesario desclasificar papeles del Colombian Documentation Project para comprobar que la de asesinar inocentes para aparentar victorias sobre el enemigo, es una vieja maña de un sector de las Fuerzas Armadas.
Falsos positivos de ayer
Sólo han cambiado las modalidades y las motivaciones. Hoy se hace por dinero y por ascensos, antes era por odio o por técnica deficiente.
En una vieja columna publicada el 5 de enero de 1987 en el diario El Mundo, de Medellín, examiné la noticia de la muerte de tres jóvenes: Luz Carime Angel, Juan Ricardo Jiménez y Jorge Eduardo Carvajalino en un parqueadero en donde se refugiaban después de una persecución de Inteligencia Militar. De entre la maraña de informaciones falsas de los militares resultó que "la verdad monda y lironda es que miembros de la Inteligencia Militar perseguían a miembros del M 19. Utilizaron ametralladoras para matar a personas indefensas. Pero los periodistas amigos de los militares intentaron imponer la versión oficial de un encuentro armado con la guerrilla".
En ese mismo año tuve delante al alias Luis Arturo Ramírez, un antiguo militar que se había convertido en dirigente de los paramilitares del Magdalena Medio. Le pregunté por la muerte de 400 campesinos de esa región:
"De golpe han muerto guerrilleros. Quien los ha dado de baja es el ejército y pueden haber sido más de 400", dijo el hombre sin dudar. La información oficial hablaba de guerrilleros muertos por las Fuerzas Armadas.
El de 1987 fue un año cruel, por odio cayeron muertos amnistiados, guerrilleros en proceso de negociación o simples militantes políticos de la Unión Patriótica. Al examinar el fenómeno, la Comisión de Estudios sobre la Violencia citó al grupo de 59 oficiales y suboficiales de las Fuerzas Militares que había sido "denunciado por la Procuraduría, por su complicidad con grupos de asesinos". Y agregaba: "los mandos militares en vez de colaborar en la investigación, se solidarizaron con los acusados". Eran los falsos positivos del fanatismo político, que en alguna columna (18-05-87 El Mundo) describí como el comienzo de una guerra sucia.
Me equivocaba. Antes, en 1983, el procurador Carlos Jiménez Gòmez, en un informe sobre el MAS, una tenebrosa organización de asesinos, había publicado la lista de 163 personas pertenecientes a esa organización: "entre esos nombres había 59 de militares activos". No importaba el medio si contribuía al logro de un fin: la derrota del enemigo.
En una crónica publicada en mayo de 1992 recogí el testimonio de un campesino cuya vivienda había sido destruida en un bombardeo. Nunca se supo por qué ni hubo indemnización alguna. El cadáver de una niña desapareció y a su mujer y sus hijas las retuvieron en la sede de la brigada, incomunicadas, y en el hospital militar sin posibilidad de comunicación con el afligido campesino. Un vecino suyo testimonió la llegada de 300 unidades de la Brigada Móvil que comenzaron a disparar alrededor de su vivienda. De esa operación resultaron averiadas 30 casas, cinco con destrucción total. En la guerra paralela de la información, la operación apareció como un combate contra la guerrilla y así se explicó el ametrallamiento de casas, sembrados y ganados.
En ese año de 1992 transcribí la blanda expresión del ex ministro José Manuel Arias Carrizosa, entonces presidente de Augura: "más vale que el ejercicio de la autoridad sea con las armas oficiales". Era una casi complaciente reacción ante las masacres de ese año que habían contado con el apoyo de mandos de las Fuerzas Armadas que, entonces estaban implicados en procesos penales.
En Urabá, la noticia de la apertura de una zona de libre comercio había provocado oleadas de desempleados que luego se convirtieron en un grave problema social que, militares y paramilitares, afrontaron combatiendo, con todas las formas de lucha, cuanto diera la apariencia de izquierda o de organización subversiva. Fue otra expresión de los falsos positivos.
El precio de la guerra
Ha sido una larga historia la de este proceso corruptor. Es parte del precio que deben pagar las instituciones dedicadas a combatir la violencia y la corrupción.
En efecto, cualquiera sea el motivo, el acto de matar o la predisposición para hacerlo, pervierten la condición humana. Es la condena de los guerreros, salvo que se tome la guerra como "el escenario moral donde se manifiestan públicamente las grandes virtudes" de que hablaba Michel Ignatieff en El honor del guerrero.
Condicionar ese escenario equivale a domesticar la fiera que deja suelta la guerra. A esto tienden todos los códigos de honor de los guerreros y la ética profesional del militar.
Pero otra cosa sucede cuando la guerra se sale de las manos del Estado y va a las de los señores de la guerra; entonces "se desintegran los valores de contención propios de la profesión militar", (Ignatieff) y aparecen todas las expresiones de la crueldad, la mentira y el deshonor, propios de los falsos positivos.
Por eso, en vez de la apologética del Ministro de Defensa ante la desclasificación de los informes de la CIA, sería más tranquilizador para el país y para el honor de las Fuerzas Armadas, admitir que aunque el de los falsos positivos es un viejo mal, se puede enfrentar con un cambio de mente, tarea ambiciosa y lenta, en nada parecida a una campaña publicitaria o de agitación electoral.
Terra Magazine