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Un relato de Beto Ortiz: Bangkok, las noches felinas

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Ortiz: "Bangkok ostenta el aroma del sexo, del dinero y de la muerte".

Beto Ortiz
Lima, Perú

Quizás porque su cuerpo desnudo cuelga de cabeza desde lo alto de un temible péndulo plateado es que su hermosa, procaz e interminable cabellera se ha precipitado esta noche sobre nosotros como si fuera una lluvia negra, torvo presagio de sabe Buda qué tormentas. Su nombre es Darawadee, pero yo todavía lo ignoro. Son como las once y media de la noche y aún no decido si esto es un cabaré, un lupanar o un circo. Allá afuera, el asfalto de las calles de Pat Pong se disuelve en el aceite hirviente del deseo. Un deseo polígloto, o mejor, poliglotón. Un deseo que se las arregla para explicarse haciendo señas con las manos o que te habla en lenguas y, por supuesto, te hace hablar. Son como las once y media de la noche de hoy, 31 de diciembre de 1999, y los suaves tailandeses, con el ladino candor de sus mortíferas sonrisas, nos persuaden de que no hay mejor forma de recibir al nuevo milenio que con un wonderful fuck como si fuera el apocalipsis. Burdo ardid publicitario de zona roja: Pat Pong y sus happy hours para occidentales en angustia: All-you-can-fuck for only $49.99.

Pero relájense, que aquí al Año Nuevo se le llama songkran y se le espera en abril, y, según el calendario chino, creo que andamos por el 2975, así que acá, motivos para recontracagarse en el puto milenio es lo que sobra. Pero ya hacia Pat Pong avanza una lúbrica procesión de predadores de toda laya que ha mordido, babeante, la carnada. Avanzan a trompicones, sudando, rozando o, de frente, manoseando sin la menor contemplación, respirándole en la nuca al prójimo en medio de la compacta humareda de las fritangas -jugosos y rojísimos crustáceos ensartados en satay-, el dulce y benéfico aroma de la leche de coco fresco y la imposible saliva de las aves en forma de sopa de nidos de alondra, un brebaje milagroso que se bebe a sorbos tímidos y sincopados mientras el terco zafarrancho de silbadores y bombardas insiste en recordarnos tan boba efemérides al otro lado de las aguas.

Sólo para esperar sin ansias la llegada del tercer milenio es que elegí este escenario repleto de neones colorados. Se llama "Twilight" y ya decidí que es un circo. Tiene contorsionistas y faquiresas que no pienso describir. Imagínenselos. También ilusionistas que parten a la gente en cuatro y, por supuesto, animales: unas veces, perros blancos inmensos y otras, metiches y anatómicos peces. Otro vaso de mekong, sabiamente cabeceado con el popular tónico Liprovitán D, y soy capaz de llamar a mi mesa a la mujer barbuda que me hace ojitos (ojitos, literalmente, china hereje), con esa letal cruzada de piernas -bien depiladas- desde la barra. No es exagerada la mala fama del mekong, un fiero aguardiente de arroz que se vende en botellas enormes que los parroquianos -al no poder terminarlas- encargan a su cantinero de confianza, sellándolas con esparadrapos rotulados con su nombre. Para la próxima. En un exceso de entusiasmo, lo han bautizado "whisky tailandés". Y aunque whisky no es, nadie le quita que, eso sí, es la auténtica contra para la mala vida, la vacuna contra la soledad -la evita, no la cura-, la mejor anestesia previa a los tatuajes y el santo remedio para el único dolor más horrible que existe sobre la tierra después del amor no correspondido: el dolor de muela.

* * *

Darawadee se balancea de un extremo a otro de la bóveda del escenario en su trapecio enloquecido: haces de luz púrpura persiguen sin tregua sus brazos delgados y blanquísimos, que, adornados con largas cintas de seda aguamarina, flamean y danzan al son de invisibles xilófonos de bambú. De pronto, hete aquí que aparece de la nada esta rara especie de trapecista kamikaze que, sin más vestuario que su estela translúcida de sedas escarlata, se lanza al vacío desde un trampolín y se prende como una certera araña de otro cuerpo voluptuoso e idéntico al suyo que se columpia boca abajo. Entonces, sin dejar de oscilar a cinco metros por encima de nuestras cabezas, se enfrascan en un gimnástico 69 perfectamente sincronizado que es agradecido con vivas por la multinacional platea.

Tan inusitado despliegue de sexo aéreo es el delirio, la peor pesadilla de un puritano. Porque Darawadee y Bangjang, el dúo de gemelos siameses, se prodigan en toda suerte de lances y piruetas, hacen el amor volando en el trapecio y ya todos tenemos el cuello adormecido de tanto sexo ajeno que nos cae del cielo como maná, y ya nadie se acuerda de salir a la puerta a esperar al tercer milenio. Big cheers for our siamese duet!, guapea el locutor en off en su masticado inglés de chifa y siguen las porras para los sensacionales dióscuros de Bangkok. Llegaron al mundo el mismo día y nacieron de los mismos padres, pero los cuerpos de Darawadee y Bangjang no estuvieron siempre tan impecablemente adheridos como ahora lucen, para aplauso y estupor de la muchachada (no es para menos, aquello parece la absurda cópula de un sólo cuerpo consigo mismo en el espejo).

No siempre fue así. Sólo es su manera de ganarse la vida. Total, todo queda en familia. El resto del tiempo se separan, cosa que los pobrecitos Chang y Eng, sus predecesores, jamás pudieron hacer. Aunque ciertamente, luego de ser descubiertos por el comerciante inglés Robert Hunter en 1824, Chang y Eng recorrieron los más renombrados circos de América y alcanzaron celebridad mundial como "los fabulosos siameses". Siameses porque venían de Siam, que ya se sabe que así se llamaba antaño este reino. Siameses, entonces, no son sólo dos seres humanos indivisiblemente pegados, como no son sólo unos bellísimos gatos de raza que también se acoplan con gran barahúnda y análoga agilidad en las noches de luna. Siameses son, pues, todos los tailandeses sin excepción. Incluso aquellos que sí pueden despegarse.

Enjoy but never love, leo en la pared mientras meo en un urinario atiborrado de lucecitas navideñas. Anything goes!! (o sea: "todo vale"). Pago la cuenta y, mientras espero el vuelto, expect the unexpected, el show está en breve intermedio y en calidad de solitaria telonera del gran estelar, una sensual katoey dancer sorprende a los forasteros con un acto de rutina: como si fuera una monjita alucinada, se arranca a danzar haciendo equilibrio con ocho largas velas encendidas en cada mano para, al final de la canción "When the doves cry", de Prince, juntarlas todas y volcar sobre su alabastrina piel, infinitamente acariciada, un temible chorro de la esperma ardiente de las velas. Nada más cruel que la muda contemplación de su cuerpo inmóvil y doliente, cubierto de cera que se endurece y se cuartea cual chocolate caliente sobre helado de vainilla. Vista así, como un muñeco inanimado, no convoca ninguna pasión. Su resplandor se camufla astutamente como el de aquel ciclópeo Buda de oro macizo que después adoraríamos juntos en el templo de Wat Traimit, una efigie que estuvo, durante siglos, cubierta de una tosca capa de yeso para que Birmania no sospechara su belleza y la robara.

Pienso que alguien debería hacer algo pronto para rescatarla de allí y no se me ocurre mejor cosa que acercármele, dejarle una buena propina y balbucear una de las frases que he aprendido, khun loa mak, logrando hacer que se ría desde dentro de su demencial crisálida de cera. Mientras espero a la salida del sex circus, unos alemanes obesos y rosáceos bailan tomados de los brazos una versión teutona del jipi-jai. Están borrachísimos y felices, chisporroteantes, los condenados, y tanta dicha constituye una bofetada a la tristeza. A la serena tristeza de Tum, el bailarín katoey que, vuelto a su luminosa identidad secreta, me inicia en la celebración del más simple y perfecto ritual de buenos augurios para tiempos nuevos. El altar es una esquina. En ella, una espigada anciana, luciendo inconfundible sombrero-plato de campesina arrocera del sur, vende a los embriagados transeúntes unas jaulas de madera repletas de pajaritos que, cruelmente apachurrados los unos contra los otros, pían desesperados con las alitas acalambradas por el hacinamiento. Tum y yo nos acercamos decididos a pagar cualquier precio por su libertad. Make a wish, me dice, "pide un deseo". Lo hago y abro la jaula, eufórico: "¡Huyan, pajarracos, lárguense, a volar!" Y los pobres vuelan a duras penas, en torpe y bulliciosa desbandada, sin terminar de convencerse de que esa puerta está abierta de verdad. Más dichosos que todos los borrachos de Pat Pong juntos. Huelga decir que en esa primera madrugada del siglo, otro deseo -más alto- me fue gloriosamente concedido. Bendita sea la gratitud de los gorriones.

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Dicen los viajeros que Bombay tiene el aroma del dinero y Calcuta rezuma el de la muerte. Pero sólo Bangkok ostenta el aroma del sexo, del dinero y de la muerte. Su prestigio de paraíso o infierno sexual comenzó con la guerra. A la soldadesca gringa, harta en Vietnam de sangre y onanismo, le quedaba a tiro de piedra esta comarca poblada por graciosas señoritas de excelsa piel, cabellos brillantes, cárdenos labios y prodigiosas manos para la caricia y el masaje con aceites perfumados. Algunos ex combatientes se quedaron para toda la vida a pasear prótesis, cicatrices y muñones con una fresca e intercambiable diosezuela empujándoles la silla de ruedas repleta de stickers de "God Bless America". Otros, orlados de gloria y condecoraciones, regresaron años después, convertidos en "Hell Angels" para hacer rugir sus Harley Davidson en esta insana urbe con más motos que automóviles y más anhidrido que oxígeno.

Mas la flora intestinal de la eterna metrópoli del pecado es bastante más compleja: matrimonios aburridos de Europa, gourmets del sexo, hordas de locas, sadomasocos y pederastas. Pero esta aviesa propensión a la malcriadez y el desbarajuste no es novedosa. Ya en el año 1638, Thomas Herbert, un aventurero inglés que recorrió todo el Asia de punta a punta, escribía: "Los siameses son sodomitas redomados, muy a menudo culpables de un pecado tan odioso que abomina la naturaleza. Por eso, para evitar esta calamidad, la reina ha ordenado que a todo niño varón que nazca deberá colocársele una pequeñísima campana de oro cerrándole el prepucio. Los muchachos no sólo se acostumbran a ella sino que la terminan apreciando como un ornamento, a tal punto que son pocos los que no tienen puestas, por lo menos, tres o cuatro a modo de discretas joyas. Así cuando él quiera casarse y haya escogido mujer, ésta, en un emotivo rito nupcial, acudirá al lecho con una poción opiácea que lo inducirá a un profundo sueño y durante éste, retirará la campana para liberar el sexo de su hombre". Aleluya, aleluya.

Amanece el primer día de enero y en los majestuosos templos coronados por puntiagudas cúpulas doradas, los jóvenes monjes, rapados y tan sólo cubiertos por la elegante humildad de sus túnicas azafrán, elevan al cielo intergalácticas plegarias que, en sánscrito, invocan a la condescendencia y la armonía. Es la hora de la limosna y en fila india salen a recorrer los mercados multicolores en pos de la generosidad de los fieles budistas que, agradeciendo ese recogimiento que habrá de salvarnos a todos, los colman de frutas desconocidas y pescados inverosímiles. Frutas llamadas mangostán, durián o rambután, frutas con púas como erizos, con olor a queso gorgonzola y sabor a chirimoya o con ácida cáscara heliotropo, frutas exquisitas como farangs, unas guayabas blancas y aterciopeladas. Tan blancas que a todos los extranjeros carapálidas nos llaman así: "farangs". Que, dicen, proviene también de la palabra "France".

Todos los muchachos de Tailandia han de pasar, en algún momento de su vida, por un monasterio budista theravada. Aunque sólo sea por tres o cuatro meses, abandonarlo todo para entregarse al cultivo de las tierras del espíritu es entendido como un sacrificio, pero también como una inversión que atraerá prosperidades futuras. Sonará extremo, pero algo parecido podría decirse de la prostitución que, en pocos lugares como aquí, es asumida masivamente por chicas y chicos -sin ápice de culpa ni rubor- como una legítima fuente alternativa de billete, quizás porque no vulnera ninguno de los diez mandamientos budistas que prohíben, por ejemplo, comer a deshoras o acumular riquezas, pero no se hacen problemas con esa invención de cristianos que son los pecados de la carne.

En Bangkok, alquilar por horas a los desatados turistas la apetecible juventud de sus cuerpos no es motivo de vergüenza para nadie, y una noche puede generar, entre muertos y heridos, un ingreso promedio de 3800 bahts, es decir, el equivalente a cien dólares, una pequeña fortuna si tenemos en cuenta que una cocinera de restaurante o un empleado de mantenimiento de hotel cinco estrellas no gana más de treinta bahts al día, o sea, algo menos de un dólar. Para los estudiantes, es cosa de rutina encontrarse con compañeros de clase o amigas del barrio acompañando a gringos y gringas en los esplendentes antros nocturnos y, lejos de esconderse o barajarla, se saludan efusivamente y, ante el alegre desconcierto de sus eventuales presas, hacen traviesas bromas en thai sobre las pingües ganancias que les deparará esta próspera industria independiente que ninguna ley terrena ni celestial prohíbe.

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"Happy new year, farangs", me saluda Tum que acaba de despertarse, y por supuesto recuerda todo menos mi nombre. Ni falta que hace. Desde la terraza del piso diecisiete del Hotel Shangri-lá, las polutas aguas del río Chao-Pra-Ya, carretera silente y arteria aorta de Bangkok, lucen torrentosas e infinitamente más tornasoladas de lo que son en realidad. "What's your name?", me pregunta otra vez, haciendo memoria y, al creer recordarlo, exclama con la más tailandesa de las sonrisas: "I know: Bo-te!, your name is Bote!" No hay nada qué hacer al respecto. My name is Bote. Good morning, Bangkok. Son las ocho de la mañana y me sorprendo a la vez con dos primeros descubrimientos.

Descubrimiento 1: No sé de dónde salió, pero tengo un malai colgado del cuello y eso constituye turbador augurio de inminentes armonías: estos collares de flores -jazmines en botón, orquídeas y rosas- son una ancestral declaración de paz con el universo. Con ellos se adornan los altares y los espejos retrovisores, la cama de un familiar enfermo o el traje de un recién casado. Ahora bien, un malai al cuello de un farangs es, más que providencial, infalible. Infalible pero efímero talismán. Descubrimiento 2: Los tailandeses tienen un no sé qué de panteras o de aves. Aparte de ese envidiable instinto animal de libertad, los tailandeses tienen espíritu de garzas majestuosas o de súbitos gatos. La sigilosa elegancia con que caminan, la inimitable levedad de sus etéreos movimientos y, sobre todo, ese modo tan perfectamente silvestre de encaramarse en el capó de un auto, en el brazo de un sofá o en los bordes del inodoro, como grullas, resulta inexplicable: siempre acuclillados, agazapados como tigres al acecho o como pájaros a punto de desplegar las alas, levantar vuelo y perderse para siempre en lontananza.

Good morning, Bangkok, city of angels. Son las ocho de la mañana, y Tum y yo abandonamos el lujo asiático del hotel para sumergirnos juntos en la hecatombe. Es la hora del rush hour horror, el horror de la hora punta, el hórrido tráfico, uno de los peores tormentos que atesora Bangkok: millones de autitos trenzados en un maremágnum de bocinas que se entremezcla con el rugir de los motores de las motos y los tuk-tuks, esos moto-taxis tripulados por filibusteros que no creen ni en sus madres y producen millares de muertes por año y, por segundo, aterradores nubarrones negros de toxicidad suficiente como para matar a un asmático de una sola inhalada. Para no caer fulminados en una esquina, los policías de tránsito y no pocos peatones han optado por caminar, cual si fueran cirujanos o bandidos del lejano oeste, protegidos por asépticas mascarillas que filtran las emanaciones de sulfuro y de carbono.

Esto es el futuro: una maraña de gentes en el clímax del anonimato y un calor criminal. Una asfixia que te hace tambalearte en las cornisas de la desesperación. Hay algo aciago en este aire que brilla por su ausencia. Hay algo en este aire que te produce una combustión espontánea, que te incendia. Nadie sabe qué, pero hay algo en la atmósfera que te impele a hacer cosas que jamás harías en ninguna otra parte de la tierra, a hacer lo que siempre intuiste, lo que siempre evitaste, a llegar a todos los extremos, a traspasar todos los límites, a distinguir las fronteras sólo después de haberlas violentado. Éste es el futuro tan temido. A veces, los atolladeros de tránsito son tan severos e inextricables que la velocidad de los vehículos desciende al escalofriante promedio de nueve kilómetros por hora, entonces, en demencia, cientos optan por abandonar sus autos en el remolino y seguir a pie, mientras otros no tienen más remedio que pasarse el resto del día allí encallados. Los locutores de la radio aconsejan llevar siempre agua potable y alimentos secos a bordo: uno sabe a qué hora se sube a su auto, pero nunca sabe a qué hora habrá de bajar.

Cuando llegué al aeropuerto había un letrero que rezaba: "Control sanitario para viajeros provenientes de países exóticos". Para las autoridades de salud de esta muy sabia monarquía, Sudamérica es considerada exótica y por eso debo ponerme a la cola de los vacunados por malaria y fiebre amarilla. Mis controles de sanidad están tan perfectamente en regla que casi estoy apto para postular a un prostíbulo. Y, aunque, en realidad de lo que habría que asustarse aquí no es de esos males tropicales sino, más bien del VIH (porque, eso sí, aquí hay bastante más sida que smog), no sé por qué me felicito de mis certificados de inmunización mientras, escoltados por nubes de mosquitos, surcamos las fétidas aguas del mercado flotante de Damnoen Saduak, una extraña mezcla de La Parada con Venecia a sólo dos horas de la capital.

Allí, a bordo de escuálidas canoas, los pobladores de la aldea lo ofertan absolutamente todo: desde esas figuras chinescas caladas en cuero de cebú con que los niños arman sus teatros de sombras hasta humeantes y bien despachadas porciones de tom yam kung, inmisericorde sopa de curry verde cuyos inhumanos niveles de picante convierten su improbable ingestión en un sañudo rito masoquista. Aquí, como en toda esta nación de mercaderes natos, no es necesario dominar ninguna lengua: el único idioma es el regateo y no hay más palabras posibles que las digitales cifras de las calculadoras de bolsillo. El vendedor teclea un precio tentativo, el comprador lo borra y escribe su oferta y así sucesivamente, hasta que alguno de los dos cede y terminan por entenderse a la perfección. Las palabras salen sobrando.

No. No habíamos venido hasta aquí para hacer shopping. Estamos navegando estos canales estrechos e insalubres sólo porque Tum me ha prometido presentarme a dos de sus más nobles y leales compañeros de batalla. Y yo, dudando que llegaríamos a encontrarlos, he exigido acudir primero, antes de osar siquiera emprender el viaje, a ensayar novedosas plegarias ante el milagroso Buda echado de Wat Pho. Para entrar, viles mortales, en el recinto sagrado, es menester dejar los zapatos y las miserias del corazón afuera, en el rellano de la puerta. Una vez dentro, enmudecemos empequeñecidos por la inalcanzable placidez de ese dios resplandeciente que se tiende a lo largo de sus casi cincuenta metros con la cabeza apoyada en una mano, como un dorado veraneante que posara para la cámara. Arrodillado con delator estilo apostólico y romano, me atrevo a dejar a sus pies gigantescos, la franciscana ofrenda de mi fe amateur.

Al país que fueres, haz lo que vieres: así que deposito varas de incienso que exaltan la fragancia de la vida, níveos capullos de flor de loto en tributo a su belleza y, por supuesto, velas encendidas que celebran la maravilla de su brevedad. Otros devotos, menos impuros y, sin duda, más agradecidos, encienden fervorosas teas de aceite o agasajan a la divinidad con regalos previamente arrancados a los otrora sacros elefantes. Tras una agobiante travesía por aquella irreal aldea al ras del agua, finalmente hemos arribado a destino. Tum se baja de la barcaza de un brinco y golpea con el puño la pared de una choza de madera sin puertas y, para mi asombro, se aparecen ante mis ojos sus estilizados colegas, los indescriptibles gemelos voladores de anoche: Darawadee y Bangjang.

Mientras ensayo mentalmente la pronunciación de sus raros nombres, ellos me saludan con ceremonioso respeto, ejecutando el tradicional wai que la ocasión amerita: juntando las manos como hacen los niños cristianos al rezar y llevándoselas luego a la altura de los labios. En Tailandia, es la reverencia que cabe ante una persona mayor. Por mi parte, junto las manos a la altura del pecho, que es el modo de saludar a alguien más joven. Si fuéramos iguales en edad y jerarquía, todos nos saludaríamos juntando las manos al mentón y sólo las pondríamos a la altura de la frente si estamos delante de un monje, del mismísimo rey Bhumipol o de alguna imagen de Buda en un templo. Cualquier saludo occidental -apretón de manos, abrazo o beso- hubiera sido igualmente bien recibido, siempre y cuando se respete una regla crucial: jamás rozarles la cabeza con las manos. Es lo primero que se aprende: con los tailandeses y las tailandesas los tocamientos son permitidos y hasta bienvenidos, pero excepto en la cabeza. Es la única parte del cuerpo que está vedada porque es la que está más lejos de los dominios de lo terreno y, estratégicamente, más cerca de Dios.

Como si el cúmulo de impresiones sensoriales de las últimas veinticuatro horas no fuera suficiente, los gemelos fantásticos, me presentan a un tercer miembro de la familia: Samart. Aunque un año mayor y con el cabello bastante más corto, es muy parecido a ellos y hasta pasaría por un trillizo si no fuera porque es casi imperceptiblemente más hermoso. Samart lleva colgado del cuello un inquietante dije de plata que, desde que lo vi, ha capturado mi atención. Se trata de un misterioso Buda coronado por siete cobras que, dispuestas una al lado de la otra, forman todas juntas una especie de atemorizante sombrilla ofidia. Le pregunto qué significa y me cuenta que ha sido su protección durante sus ásperos días de batalla en la mítica arena del Lumpini Stadium, catedral de un deporte fascinante que es lucha, danza y religión al mismo tiempo: el milenario arte adolescente del muay thai, mundialmente conocido como boxeo tailandés. Al pie del cuadrilátero de lucha, oboes, pinais, congas y címbalos elevan al cielo una penetrante sinfonía ritual que se extenderá, frenética, a lo largo de todo el combate: en las tribunas ruge la multitud, hay barras bravas pero también palcos privilegiados donde los mafiosos chinos hacen correr, en segundos, millones en apuestas. Más que un pugilato, aquello es mitad ballet, mitad pelea de gallos.

En medio del vaho a eucalipto de los camerinos, los entrenadores frotan con mentoladas embrocaciones los cuerpos de sus guerreros que, más que peleadores curtidos parecen lánguidos modelos de Calvin Klein. Para resistir dolores de la patada, los preparan desde que cumplen doce años y antes de llegar a los veinte ya se están jubilando, pero si consiguen destacar en esta popularísima disciplina, se vuelven megaestrellas, ídolos, dioses. Eso es lo que son cuando se emplazan al centro de la lona, con el mongkun ceñido en la frente, los pies descalzos y cantidades de malais que los hinchas han ido colgándoles del cuello a su paso. Son dioses y, como tales, los fieles del muay thai los veneran con cerrada ovación mientras, al son de esa música de gaitas enloquecidas, ejecutan el "tributo al maestro", un baile en cámara lenta previo a la lucha en el que, sin duda, se inspiraron las célebres coreografías de Karate Kid.

Ya constituidos en nocturna y multidisciplinaria tribu, Tum, Darawadee, Bangjang, Samart y yo nos dirigimos a la efervescente estación de buses para emprender viaje hacia lo que podríamos bautizar como Nueva Babilonia, el balneario de Pattaya, el luminoso emporio del desenfreno. Si junto con Soi Cowboy y Nana Plaza, a primera vista Pat Pong podría parecer lo más truculento que los sicalípticos extranjeros en Asia eran capaces de crear, Pattaya subvierte todos los límites y traspone todas las alambradas de la imaginación. Es la Disneylandia del sexo. Una espectacular Las Vegas del exceso y la perversión. "Are you hungry?", le pregunto a Samart, y me responde: "Up to you". Ésa es la respuesta favorita de los thai. Como tú quieras. Depende de ti. Es la desprendida respuesta a todas las preguntas. ¿Tienes hambre? Up to you. No, Samart, no depende de mí, depende de ti, ¿tienes hambre? La respuesta es otra pregunta: I hungry, you happy? Sí, Samart, me haría muy feliz que tengas hambre porque yo sí. Okey, I hungry. En nuestra media lengua, nos entendemos sin problemas: a comer. Y para aclimatarse, nada mejor que la premonitoria lujuria de las langostas. No son demasiado caras y, acompañadas de una ardiente salsa de curry rojo con mucho prik, y de una aromosa piña que trae dentro una excelsa combinación de arroz con coco, nám-plaa y nueces, garantizan al ganoso comensal que se ceba en ellas gastronómicos multiorgasmos.

Tras el festín, recorremos la playa de cabo a rabo. Antes que caiga la noche, nos abandonamos a inocentes esparcimientos como los rodeos de elefantes, las peleas de escarabajos y las granjas de mariposas y de cobras. En el sobrecogedor santuario de los cocodrilos nos divertimos como monos improvisando un reñido campeonato de lanzamiento de espinazos de pollo de a treinta baht el kilo tratando de acertar en las fauces abiertas de los inmensos saurios. A la salida, la salvaje pandilla me plantea un reto electrizante: echado ante una selva pintada a mano en un telón que le sirve de escenario, un imponente tigre de bengala bosteza, aburrido, exhibiendo los traumáticos colmillos y, disuadiendo, de paso, a los eventuales incautos. Lo reconozco de inmediato, es Shere-Khan -¿se acuerdan? -, el archienemigo del buen Mowgli de El libro de las selvas vírgenes de Kipling. Es Shere-Khan, lo juro y está apenas sujeto por el cuello con una escuálida cadenita de perro. El desafío consiste en posar abrazado a él como si fuera un peluche. Pero no es de mentiras, es un tigre vivito y coleando, una bestia de cuatro metros y quinientos kilos que puede, perfectamente, sacarme la cabeza de raíz con el más desganado de sus zarpazos. "Are you a man or not?", carbonean, entre risotadas. Sólo hay un modo de esclarecer tan grave y crucial dilema: respirar hondo y rezar a mis nuevos dioses para que el sacrificio por obtener tal souvenir no consista en terminar mis días convertido en un capítulo más de ¿Por qué atacan los animales? Smile. Say whisky. Grrrrrr. Click , click.

Nadie sabe cómo ni por qué en el bulevar de Boyztown suenan a todo volumen las sagradas notas de "Borriquito como tú". Entramos a comprar cervezas Singha en un Seven Eleven, donde aprendo que nunca hay que fiarse de los condones orientales. Son talla extra small y ya se sabe que los chinos no suelen pasar de los diez centímetros de envergadura. Durex o nada. Me sorprendo al comprobar la venta libre e indiscriminada de chicle globo en Tailandia. Semanas atrás en Singapur, Lee Kuan Yew había estado a un pelo de meterme en prisión por delito contra la salud pública: posesión ilícita de medio paquetito de freshen-up con corazón líquido (en Singapur, comprar, poseer, masticar un chicle es un delito castigado con pena de cárcel). También compramos ungüentos antibióticos para aplacar el escozor de los tatuajes recientes. Otro six-pack de la cerveza oficial y salimos a zambullirnos en el desvarío. En las vitrinas se lucen polos y gorras con el sabio lema de los viejos zorros de Pattaya: "life fucked us so we fuck life". Un letrero en la puerta de los movidísimos hoteles pone sobre aviso a posibles robacunas: "No child sex", please. Como quien dice No fumar o Prohibido estacionarse.

Primer show anunciado en llamativas marquesinas: "The Smoking Cunt", es decir, la vaginita fumadora. No hace aritos con el humo pero fuma, por igual, Salem mentolados o caros habanos Cohiba. Edificante. También puede agarrar con firmeza un grueso marcador de tinta roja y escribir un autógrafo en perfecto inglés sobre tu camisa, pero para eso debes depositar un billete (monedas no), sólo billetes, en la ranura. Segundo show: "Nanthida and the kinky fish". Saquen su cuenta cuál es el aro por el que tienen que pasar los pobres peces amaestrados. Algunos mueren en plena acrobacia mientras la doncella subacuática hace burbujitas sin dejar de sonreír desde su estanque engalanado de holoturias. Tercer show: "The soap dominatrix". En una casa de masajes gigantesca como un casino, unas chinazas en cadenas y cueros te esperan remojándose en marmóreas pozas de jabón para enfrascarse contigo en resbalosas grescas que suelen terminar a latigazos.

Tal oferta cultural es embriagadora, pero corres el riesgo de pasarte de vueltas, en una palabra: de empalagarte. Dejo a mi flamante corte retozando entre colinas de espuma y emerjo en pos de una bocanada de oxígeno a la superficie. Salgo a la calle. En las puertas de los sórdidos locales, fumando apoyados en sus motos, las chicas y los chicos tienen todos un número que les cuelga de la muñeca. No es su precio, pero bien podría serlo en esta playa de ficción donde el escándalo no existe. En la calle, los parroquianos que transitan a tu lado dejan flotando estelas de todos los idiomas excepto el castellano. Aquí nadie lo habla en absoluto, sólo la música insólita de feria provinciana: borriquito como tú, que no sabe ni la U, borriquito como tú, yo sé más que tú. Desde la brumosa carretilla de una vivandera, una marcial formación de patos laqueados colgados de cabeza me contemplan como sorprendidos de verme solo en este rojo planeta donde lo que sobra es compañía. Y, a través de los cristales de una joyería envidio por un instante la breve felicidad de un anciano -¿holandés, brasileño, neoyorquino?- que le regala una esmeralda inmensa como una manzana a una preciosa y fugaz novia que, durante siete segundos, se enamora de él para toda la vida.

Enciendo un cigarro de clavo de olor, me subo a un tuk-tuk y los abandono para siempre. Sa wad di. Hasta la vista, babies. Me voy con su música a otra parte. Sopla una brisa premonitoria: como banderas de seda que flamearan a gran velocidad frente a tu cara mientras el ácido aroma de Pattaya se impregna -sin piedad, con tinta china- en la memoria de mi piel. La medianoche adviene y lo único que me provoca ahora es no tener jamás que regresar por donde vine. Es medianoche en Tailandia y busco amor como en todas las noches de mi vida.

Beto Ortiz es escritor y periodista. Conocida figura de la TV peruana, ha conducido y dirigido polémicos programas televisivos. Su columna Pandemonio -que aparece desde 1995- es una de las más leídas en el diario Perú 21. Es autor de libros de ficción y de crónicas. Entre 2004 y 2006 vivió como asilado político en los Estados Unidos.

Las opiniones expresadas aquí son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente están de acuerdo con los criterios editoriales de Terra Magazine.

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