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Cómo saber si él es gay o no

AFP
Una pareja gay en un festejo el día de los enamorados en el Parque del Amor, Miraflores, Lima.

Beto Ortiz
Lima, Perú

¿Es cierto que los gays viven soñando con ser mujeres? Si sabemos tan bien qué hacer y qué no hacer con ella es, precisamente, porque tenemos una, señora. Se equivoca usted con gran estrépito. El hecho de que, eventualmente, fantaseemos con su cónyuge no significa, en modo alguno, que queramos ser usted. Ni en nuestras alucinaciones más salvajes quisiéramos cambiar nuestro pequeño Willy por su estuche de peluche. Nos rehusamos a ello con el mismo entusiasmo con que usted celebra la suerte de no haber nacido coreógrafo de vedettes. Además, no es por compadecerlas, pero aquello de tener que estar con la regla, el cólico, el tampón, la Stayfree con alas, el genio atravesado, la píldora del día siguiente, la cera depiladora, la T de cobre y toda esa madre junta la verdad que ha de ser tamaña inflamación tetal. No, thanks.

¿No es una pena que haya chicos tan bonitos que se pasan al otro equipo? ¡Qué desperdicio! No se apene tanto, señora que, como decían las abuelas, siempre hay un roto para un descosido. "Too cute to be straight" -se dice en inglés-, demasiado bonito como para no ser gay, así que de desperdicio, nada. La belleza, ya se sabe, siempre es digna de toda sospecha. No sólo la propia sino, sobre todo, la de la esposa. Esos que se casan con las súper barbies perfectitas, mmmhhh, qué quiere que le diga. Insisto: usted no se apene, que lo que es una pequeña pena para unos puede ser, en cambio, un penón para los demás. Tenga usted por seguro que siempre habrá quién le saque estupendo provecho al material y ya se sabe que a quien Dios se la dio, que con su pan se lo coma.

Que un joven sea educado o extravagante no significa que sea... así. ¿O sí? Educado también es mi perro Harry, pero mejor ni intente ponerle lacito porque le arranca el dedo de un mordisco. ¿Cuándo fue que la educación se volvió sinónimo de afeminamiento? No sé si se han dado cuenta, pero últimamente decir que un hombre "es una dama" constituye elogio y no denuesto. ¿Y por qué a una mujer relamida no la halagamos con un "oiga, caballero"? Conozco maricas más ordinarios que el peor chiste de Jorge Porcel y, si quieren, se los presento para que vean ustedes como toda su teoría de la distinción se les va derechito al carajo. Refinamiento es una cosa, mariconería es otra. Demuestre su cultura y no confunda. Ahora bien, ¿cómo estuvo eso de seguir llamándonos "raros"? De raros, nada, señora, todito lo contrario. Más numerositos de lo que usted y el rapero Eminem quisieran. Raro será el que no ha probado todavía. Pero usted, tranquila, nunca se deje abochornar y ante la inminencia del menor escándalo, opte siempre por esa genial salida a la que echó mano la mamá de un amigo cosmetólogo la tarde aquella en que su colorido retoño se apareció, en pleno té de tías, regiamente ataviado con blusón de flores y pantalones acampanados: "Discúlpenlo, chicas, lo que pasa es que él... ¡es hippie!".

¿No será que no se lo han sabido hacer como Dios manda? ¡Espera a que le toque una hembra de verdad, para que veas cómo la peina!, habría que agregar. Mire, señora, a este gallo le ha tocado en la vida más de un soberano hembrón en suerte y aquí lo tienen, terco, rebelde y en sus trece. El que nace pa' barrigón, aunque lo fajen de chico...

A mí que no me vengan con esa de que "ven acá que yo te curo, papito", que ésa es más antigua que la no menos infalible "¿y cómo sabes que no te gusta si no has probado?". Ya sé que ahora me han salido con la modita esta, tan publicitada, de la bisexualidad pero, ¿saben qué?, yo soy chapado a la antigua, así que a mí nadie me venga a complicar la existencia con sus novedades. Las cosas son simples: se es o no se es. Punto. Nada de medias tintas conmigo. ¡Bi-se-xua-li-dad! Pero, ¿qué degeneraciones son estas? ¡Esas son cosas de forajidos rocanroleros!

¿Cuál es el problema de tener un amigo íntimo? El problema es que uno no encuentra las palabras adecuadas para nombrarlo, señora. Cuando Starsky & Hutch se decían "pareja" el uno al otro, sonaba de lo más cool, pero, por alguna razón, nunca es lo mismo cuando el que lo dice es Juan Gabriel. Es imposible decir "mi pareja" y no sonar como una señorona divorciada y vuelta a casar que ya no podrá volver a decir "mi marido" por más que quiera. Y, bueno, lo de llamar "novio" al galifardo de turno se oye tan ridículo que, valgan verdades, trato de decirlo todas las veces que puedo aunque solo sea por reírme más seguido. Personalmente me inclino más (no te inclines tanto) por el combativo "mi compañero" porque es mucho más exacto pero, dada la actual coyuntura, la palabrita -ya saben- suena, sin duda, a castrismo trasnochado, a chavismo, a evo-moralismo.

¿Tiene algo de malo estudiar ballet? En principio, nada. Ni tampoco aprender repostería ni jugar voley. Y últimamente ni siquiera escribir poesía. A esos extremos de perdición hemos llegado. Ya ni en los oficios más musculados y viriles se está a salvo. Pero tampoco hay que tener tanto miedo de explorar nuestro lado femenino: ¿por qué no pasarnos la tarde de hoy planchándole la ropa de cama al prójimo, por ejemplo? Combatamos el machismo. O vayamos quizás un poquito más allá: aceptemos con hidalguía que sucumbimos alguna vez a la inofensiva tentación de una fonomimia de Paulina Rubio desmelenada gimiendo frente al espejo la más torturada de sus rancheras: "Aunque vengas de rodillas y me implores y me piiiidas...". No hay que alarmarse. Total, así es la vida del artista.

¿Es cierto que los del tercer sexo son tan promiscuos que se acuestan con medio mundo? La mayoría de mis amigos heterosexuales debutaron antes de los dieciocho y ahora que están casados -y se aburren- la ejercitan mucho más y mejor en un solo candente viernes de bulín de lo que este sufridito escriba la ha alcanzado a atisbar siquiera en todo este invierno tan crudo. Y con mis amigas mejor ni aventuro estadísticas porque, en el fondo, soy un caballero. La vida es demasiado corta para ser todo lo promiscuo que uno siempre soñó sobre todo cuando se ha perdido tanto tiempo en la pelotuda represión, pero a qué llorar sobre la leche no derramada. Para qué le digo que no, si sí. Medio mundo se acuesta con el otro medio mundo, señora. Qué triste sería esta vida si así no fuera.

¿Y qué de cierto hay en que, al caer la noche, los del otro equipo se ponen las medias nylon , los tacones y el rubor? La verdad es que, salvo honrosas excepciones, la mayoría es, más bien, bastante ahombradita. Prefiere -como yo- salir a la calle sin afeitarse, con el mismo jean de ayer y carece hasta de la elemental coquetería de ponerse siquiera el más sencillo portaligas de encaje negro. Ya hasta eso se ha perdido. Ahora anda a verlos: si hasta tiran pollos por la calle y todo. Trolos, los de mis tiempos, compadre.

Pero, ¿cómo hago entonces para identificarlos? ¡Si a veces ni se le nota! Ay, seññññora. Usted es la reina de las cornudas y tampoco se le nota. ¿Y por qué? Porque ese es el truco, ¿no es cierto? Que no se nos note. Usted respire hondo y disimule que está pasando recontra piola. Usted ponga su mejor cara de digna y ya está. Que la procesión vaya por dentro, ¿no es cierto? Justamente. ¿Ya vio lo bien que nos entendimos con el ejemplito?

Pero, ¿cómo es posible que un hombre casado y con hijitos sea del otro lado? Pues pasa exactamente lo mismo que con el nene que termina abogacía para darle gusto a la mamita y luego poder realizarse como decorador de interiores. Cumplo con recordarle, señito, que en esta parte del globo se vive y se ha vivido siempre para aparentar. La existencia de los seres se organiza en torno a sus poseras, marketeras, clasemedieras relaciones públicas. Y el primer requisito para complacer a la tribuna consiste, pues, en sacar tu certificado de normalidad, fundando -como todo el mundo- tu propia bonita familia, célula básica de la soledad. Pero, ¿cómo?, ¿ustedes¿funcionan? Funcionamos, señora, funcionamos. Cualquiera puede. Cuando se sabe apretar el botón correcto el motor enciende. Total, nadie es de fierro. Además cuando está todo tan oscuro uno tampoco se fija mucho en los detalles. ¡Si yo le contara! Ejem. En fin. Que quede claro entonces que ese es el requisito: una vez que te has casado y te has reproducido convenientemente, listo el pollo, ya puedes volver a poner tu colección de discos de Alaska y Dinarama. Y a quién le importa lo que yo haga. Y a quién le importa lo que yo diga. Y cuando te vean reinar en la pista de baile, varón, lo negarán en todos los idiomas: "¡Pero si es casado! ¡Pero tiene hijos!" (por supuesto, como Michael Jackson, tesoro).

Pero, eso sí, a mi hijo que ni me lo miren. ¡Porque los mato! Tranquila, Yocasta, que oponiéndose así con tanta fiereza a lo nuestro ya se está pareciendo usted peligrosamente a mi chaparrita Verónica, mi guapa suegra, la señora madre de mi novio Christian Castro. Serénese un poquito y déjelo al chico que mate sus pulgas solo. Que viva su vida, oiga. Ya está grandecito, no quiera usted ser la eterna notaria de nuestro esplendoroso destino, por el amor de Dios. Pero, bueno, ya se sabe que ellas siempre van a ser así. Dominantes y posesivas. Hay que saber sobrellevar a la suegra con beatífica paciencia. Pero entonces, ¿quién es el hombre? Los dos, preciosuras, los dos. Si de eso se ha tratado todo este asunto desde que el mundo es mundo. ¿No me entendieron nada? No importa. Vuelvan al principio y lean de nuevo. No se preocupen. Es normal.

Beto Ortiz es escritor y periodista peruano. Conocida figura de la TV peruana, ha conducido y dirigido polémicos programas televisivos. Su columna Pandemonio -que aparece desde 1995- es una de las más leídas en el diario Perú 21. Es autor de libros de ficción y de crónicas. Entre 2004 y 2006 vivió como asilado político en los Estados Unidos.

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