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Wikimedia/Gentileza
Muchísima gente siente pánico de la soledad, sin poder entenderla como una bendición.
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Beto Ortiz
Lima, Perú
Me he metido en un convento. Desde hace tres días, todo lo que escucho son perennes cantos gregorianos y el sonido del agua cayendo incesantemente en una pileta tallada en piedra hace 400 años bajo cuyo helado chorro los novicios aplacaban el furioso crepitar de su lujuria. He hecho voto de tiniebla y de silencio. Hace tres días que no hablo con nadie y, lo que es mejor, hace tres días que nadie habla conmigo. Aleluya. Había olvidado lo sencilla y suave que puede resultar la existencia cuando uno resuelve clausurar, hasta nuevo aviso, el fiero hocico. Me había olvidado por completo de la música extraña que encierra este silencio esférico y perfecto. Conozco gente que le tiene pánico absoluto. Solitarios y solitarias que necesitan prender la radio a todo volumen desde que llegan a su casa vacía, solamente para sentirse acompañados o, peor aún, aquellos que no pueden dormir si no es con el televisor encendido y se despiertan sobresaltados en el momento en que lo apagas. Al silencio le temen tanto o más que a la propia oscuridad, esa negra bendición que nadie agradece porque todos creen que en su vientre se incuban viscosas y heladas culebras, porque calculan que ha de parecerse a la muerte, esa negra bendición que nadie agradece.
Cerrando con picaporte los viejos postigos de esta apacible ermita con vista a los cerros, los tejados y el azul se puede obtener una tiniebla espesa en la cual zambullirse plácidamente como en un pozo tibio de curativas aguas termales o, mejor, de imposible líquido amniótico. Nada hay de temible en este acolchado y cómodo vacío. No hay espectros ni fantasmas que pululen por aquí y, si aparecen, son ahuyentados con eficiencia por la gigantesca y poderosa Virgen de la Escuela Cusqueña que, junto a sus arcángeles valientes, domina mis sueños desde el inmenso cuadro que corona mi cabecera. Digo "mis sueños" y es un decir, porque en realidad se me hace difícil saber si estoy dormido o despierto. ¿No les ha pasado que, justo cuando están a punto de dormirse, justo en la alambrada que separa a la vigilia de los terrenos baldíos de la inconciencia, ocurre algo súbito e inesperado, no sé, un rumor, un movimiento, un aliento, una presencia al lado nuestro y uno se queda, para siempre, con la duda de si aquello que recuerda entre la bruma ocurrió verdaderamente o se soñó? Pues es eso lo que acontece.
Es mediodía y, afuera, un sol fatuo y vanidoso hace pomposo alarde de su dominguera algarabía. Pero nadie sabe que aquí dentro bulle una noche desconocida. Una noche ominosa en la que es menester quedarse dormido para poder confundir con éxito los aliados con los enemigos, los abrazos con los cuchillos, los vivos con los muertos. Como ya dije, no sé si estaré soñando o simplemente confundiendo escenas desordenadas como, si al terminar el revelado, un montón de negativos propios y ajenos se hubieran regado en un descuido por todo el piso del cuarto oscuro y, en ese caos rojo y marciano, ya no supiera distinguir cuáles eran los que se salvaban.
Cuando no existe luz en absoluto, desaparecen los límites y ya no se sabe dónde termina el cuerpo de uno y dónde comienza el de los demás, dónde terminas tú y dónde comienza el espacio. Es entonces que pasa esto de que les hablo y que, como es evidente, no sé muy bien cómo describir. Uno está apenas empezando a sumergirse en la tan ansiada hibernación, casi se diría que con medio cuerpo metido de cabeza en una nube pero con los pies todavía bien clavados en la tierra. Es entonces que sucede: nadie sabe cómo y casi nadie puede recordarlo después. Es como si te metieran dentro de una bolsa plástica cuyo contenido fueran tus deseos más furibundos y tus más amenazantes miedos. Comienza como un aire caliente y pesado que prensa el techo contra tus sábanas, las sábanas contra el pecho, la espalda contra tu cama y tu cama contra la áspera corteza del planeta.
Es entonces que comienzas a tener por fin lo que todo el mundo anda buscando: compañía. Dulce compañía. Es entonces que, como en todas las clínicas y en todas las cárceles, comienza la anhelada hora de las visitas. Y sientes que se abre tu puerta y alguien entra y camina hacia ti y se sienta cerca, muy cerca de tí, en el mismísimo borde de tu cama. No lo escuchas. No lo ves ni lo puedes tocar, pero lo sientes. Y no sabes si aquello que hace retumbar tu aturdido corazón como una cacerola repleta de bombardas será, por fin, la paz tan prestigiosa o acaso su vulgar gemela, la desesperanza.
Como si fueras un recién nacido o un enfermo terminal, se asoman a contemplarte en tu lecho blanco y vaporoso. Se te acerca, sereno y fresco en su belleza, un amor trunco que se quedó fosilizado en alguna playa de otro tiempo y se vuelve a despedir y, esta vez sí, con un beso verdadero. Se te acercan hermanos nonatos, desconocidos, a reclamarte que no los hayas echado de menos aunque no sepas ni siquiera cómo se hubieran llamado de haber nacido. Se te acerca, también, el más avezado y cruel de tus demonios que es, como siempre, el más hermoso de todos y te dice que ya no hay nada qué perder y tú le crees y tu alma demencial vuelve a infestarse otra vez de una mediocre armonía. Se te acerca, con la mochila reventando de rencor, el ingrato, el herido, el envidioso, el ofendido. Se te acerca la que, sin dejar de hacerte toda suerte de gracias y mieles, te abandonó. Se te acerca el que abusaste, el que abusó. Se te acercan todas las cartas que dejaste sin responder, todas las manos que quedaron extendidas, todos los puentes que incendiaste. Se te acercan todos aquellos a los que alguna vez en tu vida dejaste con el motor en marcha y la mesa servida, las reservas hechas y los boletos comprados, todos aquellos a quienes alguna vez dejaste vestidos y alborotados. Se te acerca, siempre al rescate, un ángel, justo a tiempo, tu extrañada Angelina de la guarda que es, en realidad, una anciana difunta que te recorre con dulzura el rostro con la yema de los dedos y te conmina a soñar, precisamente, con los angelitos: mira que ya vamos quedando pocos, sinvergüenza. Se te acercan los mutilados de todas tus guerras, todos tus huérfanos y tus viudas, todos tus muertos. Se te acerca, innumerable, en procesión, toda la gran hermandad de los traidores que fundaste.
Es entonces que caes en la cuenta, por fin, de esa salvaje paz que se aproxima. Cuando no hay más sonido que el de la propia respiración, el latido bajo la almohada y los feroces ríos de sangre que arrastran a su paso, aguas servidas, llantas viejas, aceite quemado y latas oxidadas por dentro nuestro. Cuando es posible escuchar todo esto fuerte y claro, con completa nitidez, significa que ya puede uno empezar a jactarse de estar próximo a la soledad más plena, ese talento del que todos sospechan, ese calumniado don, ese tatuaje indisimulable que hermana a todos los que lo ostentan, ese halo turbio e imperceptible que nos avergüenza sin remedio, esa tierna maldición de la que todos huyen, esa bendición que nadie agradece. Aquella que Nuestra Señora protege, noche y día, con su manto de dorada y majestuosa serenidad. Y en el cielo una voz repetía: quién más sola que tú, sólo Dios.
Terra Magazine