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Instalaciones de Cildo Meireles y González-Foerster dominan la Tate Modern

Las instalaciones poético-políticas del brasileño Cildo Meireles y un gigantesco "assemblage" posmoderno e influido por la ciencia ficción de la francesa Dominique Gonzalez-Foerster se han apoderado de la Tate Modern.

Las obras de la serie Unilever son siempre el secreto mejor guardado de esa galería, pero quienes visitaron la Tate en días pasados pudieron ver asomar, por encima de las pesadas cortinas de la espaciosas Sala de Turbinas, unas gigantescas esculturas de Alexander Calder y Louise Bourgeois.

Se trata de reproducciones aumentadas en un 25 por ciento en su tamaño original de la famosa Araña ("Mamá") de la nonagenaria Bourgeois y de la igualmente monumental escultura "Flamingo", de Calder, cuyo original se levanta en la Federal Plaza, de Chicago.

Esas y otras esculturas de Henry Moore (Sheep Piece), Maurizio Cattelan (un gigantesco esqueleto de gato titulado Felix), y de Claes Oldenburg y Coosje van Bruggen (el corazón de una manzana), forman parte de la instalación "TH.2055", de la artista francesa.

En el espacio que ocupaba hasta hace poco la grieta, mientras tanto tapada, de la colombiana Doris Salcedo, González-Foerster se ha imaginado la Sala de las Turbinas como un especie de refugio de los londinenses frente a un nuevo diluvio universal.

La artista ha instalado junto a esas esculturas doscientos catres entre los que se han distribuido libros cuidadosamente elegidos, entre ellos "El mal de Montano", de Enrique Vila-Matas, "Hiroshima Mon Amour", de Marguerite Duras, "Ficciones", de Jorge Luis Borges, "2666", de Roberto Bolaño, o "Fahrenheit 451", de Ray Bradbury.

Al mismo tiempo en una gran pantalla se proyecta una película titulada "El Último Filme", que, en imitación de las esculturas, es también un "assemblage", aunque esta vez de películas de Jean-Luc Godard, Francois Truffaut, Tarkovsky, Resnais, Antonioni, Peter Watkins o Chris Marker.

Junto a esa artista nacida en Estrasburgo (Francia) en 1965 y residente entre París y Río de Janeiro, la Tate Modernn presenta también hasta el 11 de noviembre una gran retrospectiva de Cildo Meireles (Río de Janiero, 1948) que, en opinión del director de la galería, Vicente Todolí, sitúa finalmente al artista brasileño "donde se merece".

A diferencia del gigantismo de su colega francesa, Cildo Meireles, uno de los más destacados representantes latinoamericanos del llamado arte conceptual, juega en sus instalaciones con todo tipo de escalas en un intento de subvertir continuamente nuestra percepción de la realidad.

Su obra más pequeña es la titulada "Cruzeiro do Sul", una escultura liliputiense -"humiminimalista" la llama su creador-, consistente en un cubo de 9 milímetros, la mitad de madera de roble y la otra mitad de pino.

Esta escultura, que el visitante correría el peligro de pisar, ya que está en el suelo de una habitación totalmente vacía, si no fuera por un foco que la ilumina, quiere simbolizar la cosmogonía de los habitantes primitivos de América, para quienes el frotamiento de esas dos maderas producía el fuego, origen del mundo.

Otras instalaciones son, por el contrario, monumentales, como la titulada "Babel", una torre de aparatos de radio de distintos modelos, tamaños y épocas, todos ellos sintonizados con diferentes emisoras, lo que produce una auténtica algarabía.

Está también su espectacular "A través", un laberinto de barreras de todo tipo, desde alambradas o vallas hasta simples cortinas de ducha por el que el visitante tiene que abrirse camino, pisando un suelo de cristal, que se van astillando a su paso, hasta llegar a un acuario lleno de pececillos blancos y a un enorme ovillo de celofán.

"Misiones (Como construir catedrales)", de 1987, creada para una exposición sobre la historia de su país, se refiere a las siete misiones fundadas por los jesuitas en Brasil, Paraguay y Argentina para catequizar a los indios.

Para su realización, el artista ha utilizado aproximadamente 600.000 monedas, con las que ha tapizado el suelo, y una especie de dosel de dos mil huesos, con una columna de 80 hostias entre aquél y éste.

En "Desvio para o Vermelho" (Desvío para Rojo), Meireles ha pintado de rojo todos los objetos de una habitación mientras en el pasillo hay como un gran charco de pintura roja que sale de un frasco y en una sala adyacente, casi totalmente a oscuras, sale agua roja del grifo de un lavabo suspendido en el aire.

Son igualmente destacables las instalaciones tituladas "Fontes", con un millar de relojes de pared, todos haciendo tictac, medio millón de números de vinilo esparcidos por el suelo y unas seis mil reglas de carpintero colgando del techo -clara referencia a la cuarta dimensión del espacio-tiempo- o "Eureka/Blindhotland", en la que el artista emplea bolas de distinta densidad que engañan sobre el peso.

EFE

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